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Portada del relato La Larga Noche sobre el Colorado
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Fragmento:


—Quiero que lleves a Martha y a León, los del rancho antiguo. Saben moverse. No te acerques demasiado. Solo vigilancia. Si ves algo extraño, regresas.

Duración: 12:41

La Larga Noche sobre el Colorado
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Texto de ajuste de pausa.

15 de Noviembre de 2028.

En la orilla sur del río Colorado, bajo un cielo teñido de rojo y naranja por la puesta de sol, el nuevo mercado de Barton Creek se extendía como una mancha ruidosa y viva en medio del silencio de las ruinas de Austin. El aire olía a madera quemada, a tierra húmeda tras la lluvia reciente, a miedo disimulado y a comida caliente. Más allá de las murallas improvisadas —pilares de autobuses volcados, chapas unidas con remaches y madera extraída de casas abandonadas—, la maleza y los álamos habían reclamado las avenidas, devorando el asfalto hasta hacerlo irreconocible.

Samuel Sánchez, con la espalda encorvada por los años y las fatigas, avanzó entre los tenderetes vigilando las mercancías y, sobre todo, las personas. Llevaba trece años sobreviviendo en lo que antes fue la capital de Texas. El logo difuso de los Longhorns aún se adivinaba en la chaqueta militar que portaba pese a los remiendos. Sus botas —un regalo de un comerciante de San Antonio— crujían en la grava y el barro recién pisado de la feria.

Cerca de la entrada, dos jóvenes de piel curtida por el sol, rifles cruzados en la espalda, saludaron a Samuel con una inclinación respetuosa. Llevaban un tatuaje distintivo: el mapa estilizado de Travis County sobre el bíceps, símbolo de la “Confederación Central”, la alianza formada aquel año entre Austin, Round Rock y varios viejos pueblos ribereños para resistir tanto a los zombis rezagados como a los saqueadores de la I-35.

—El Capitán quiere verte en la empalizada, Sam —dijo uno de los jóvenes, mirando fugazmente hacia el oeste, donde empezaban a oírse los primeros aullidos de coyotes en el crepúsculo.

Samuel asintió. No preguntó motivos. El Capitán Granger mandaba desde hacía cinco años, con mano dura pero sensata, y solía convocarlo cuando los problemas verdaderos, los que no se arreglaban con balas ni con el intercambio de latas, apremiaban. De camino a la empalizada —el muro principal reforzado que separaba el mercado de la ciudad-zombi—, Samuel echó un vistazo general a la vida recuperada de Austin.

El primer mercado de Barton Creek había surgido cuatro primaveras atrás, cuando las “ferias protegidas” empezaron a proliferar por el sur de Estados Unidos. Aquí, comerciantes de distante Temple o de pequeños enclaves como Marble Falls llegaban en viejos camiones movidos a etanol, o incluso en carretas tiradas por mulas y caballos que parecían esculpidos en granito. Cambiaban tabaco de Mississippi, chiles secos, armas artesanales, componentes eléctricos sacados de la vieja UT Austin, medicina elaborada a partir de plantas. Las transacciones duras eran vigiladas por las milicias y debían sellarse antes del atardecer, cuando el peligro —el verdadero, el que caminaba erosionado y lento— se cernía.

La empalizada era alta y sólida, decorada con grafitis esperanzados y viejas placas homenajeando a “los caídos por el muro”. Un viejo cañón de museo, restaurado y operado a manivela, simulaba disuasión frente a posibles hordas. Junto a la garita, el Capitán Granger —una mujer de piel negra, pelo entrecano y uniforme mixto de Rangers y Sheriff— conversaba con tres emisarios nuevos.

Samuel llegó justo cuando Granger despedía a los forasteros. Uno de ellos, un adolescente con un colgante en forma de cruz y una muleta de metal, le sonrió. Habían llegado de Bastrop, en caravana, buscando pólvora y herramientas.

—Sam, gracias por venir rápido —dijo Granger, con una voz que aún sabía ser cálida pese a los años de mando y sangre—. Necesito tus ojos y algo de tu instinto viejo. Hay rumores de movimiento en el viejo Mopac. Y… han desaparecido tres recolectores cerca del campus norte.

Samuel asintió en silencio, el ceño fruncido. Desde hacía semanas, los zombis solo avanzaban de noche, en grupos dispersos. En los días recientes, sin embargo, una sensación incómoda se adueñaba del polvo y el viento. No miedo —o no solo—, sino una anticipación amarga, el rumor en el aire de que los humanos volvían a ser el peor peligro.

—¿Sabemos si fue una horda? ¿O carroñeros?

Granger negó con la cabeza.

—Uno de los carteros dice que vio fuego cerca de Braker Lane. ¿Zombis encendiendo fogatas? Ojalá. Esos son bandidos. Siguen las rutas atrás del Wal-Mart, usando la maleza como cobertura.

Samuel suspiró. Recordó las incursiones pasadas; a veces, los recién llegados eran familias asustadas. La mayoría —en estos días— eran grupos armados, escoria sin más ley que la fuerza. El miedo a morir por una mordida se había convertido en miedo a morir por una bala o por hambre.

—¿Quién irá conmigo?

—Quiero que lleves a Martha y a León, los del rancho antiguo. Saben moverse. No te acerques demasiado. Solo vigilancia. Si ves algo extraño, regresas.

Samuel aceptó y caminó de regreso al mercado. Encontró a Martha —una mujer angulosa, de cabello trenzado, mirada acerada y rifle Winchester antiguo— vendiendo huevos y queso cerca de una tienda de campaña donde hacían pan de trigo sarraceno. León, su hijo, controlaba los trueques; tenía apenas veinte años pero los brazos de un granjero y la desconfianza de un coyote.

En la frontera noroeste de Barton Creek, bajo las primeras estrellas, partieron en silencio, cruzando los residuos de lo que una vez fue Zilker Park, el viejo corazón verde de Austin. Allí crecían robles deformados, un columpio oxidado aún colgaba de un enorme árbol, y el aire era denso como sopa caliente.

—¿Recuerdas cuando el Austin City Limits era lo más peligroso del parque? —preguntó León, en voz baja—. Ahora es la maleza lo que suena a música.

Samuel sonrió tenuemente, pero en sus ojos se leía la fatiga de quien ha perdido no solo gente, sino épocas enteras.

Cruzaron hacia lo que fue la South Lamar, donde algunos edificios de apartamentos seguían en pie, llenos de ventanas huecas y puertas selladas con tablas. Los detuvieron dos postas armadas, revisaron los códigos y el viejo colgante de Samuel —una ficha de circuito con grabado— y los dejaron pasar.

La expedición avanzó en silencio, atentos al menor ruido. De vez en cuando, escuchaban ruidos lejanos de animales nocturnos, mensajes en clave lanzados entre vigías, y el eco deformado de una canción tejana que una niña cantaba al cuidarse la espalda en uno de los pasillos fortificados de una secundaria convertida en puesto de observación.

El campus norte tenía fama de estar maldito: demasiado cerca de la línea de infestación, pero lleno de laboratorios todavía intactos, bibliotecas saqueadas y jardines tomados por la maleza y el olvido. Allí, los zombis habían sido numerosos en otros años, pero conforme sus cuerpos se deterioraron, muchos quedaron atrapados en montones sobre el asfalto, inmóviles salvo por espasmos perezosos. Ahora, los verdaderos peligros eran trampas humanas: lazos camuflados, anzuelos de pesca en las ramas, clavos oxidados en puertas invisibles.

Samuel tomó la delantera. A Martha le encomendó la retaguardia y a León la vigilancia lateral. El grupo se desplazó lento, casi arrastrándose, mientras la luna ascendía entre las ramas, proyectando figuras fantasmagóricas sobre los coches y los restos de esculturas modernas ahora derruidas.

En el borde del campus, junto a los antiguos dormitorios, encontraron las primeras evidencias: cenizas frescas, cáscaras de nuez y restos de trapos chamuscados. El olor intermitente de la grasa quemada flotaba en el aire.

—Hay humanos cerca —susurró Martha, apuntando a un contenedor de basura volcado—. Y no parecen hambrientos: se ve queso, pan. Esto fue hecho al mediodía o temprano.

Entonces, León hizo una señal. Samuel se acercó agazapado, y juntos observaron desde la maleza. Tres figuras se movían en el patio del edificio principal: dos hombres y una mujer, todos armados con machetes y pistolas viejas, rebuscando entre mochilas. No parecían bandidos comunes; vestían ropas de distintos enclaves y hablaban en inglés y español mezclado.

Martha susurró:

—No parecen de los asaltantes, pero la confianza mató a muchos. ¿Quién vigila el lado norte?

León apuntó hacia un ventanal cubierto. Dos sombras más, quizá silenciosas, cubrían el flanco opuesto.

Samuel meditó una fracción de segundo y decidió tomar la iniciativa.

—No disparemos primero. Si son otros supervivientes buscando refugio, podríamos invitarles a Barton Creek. Pero si levantan las armas, retrocedemos en silencio.

Se acercó con cautela, la mano en alto, rifle colgado a la espalda.

—¡Somos de Barton Creek! —dijo en tono bajo pero firme—. No queremos bronca. ¿Quiénes son?

Las figuras se tensaron un instante. Una de ellas —un hombre rubio, delgado y con una cicatriz oscura en la mejilla— levantó las manos.

—Buscamos a alguien desaparecido. Vimos movimiento en Zilker y pensamos que podríamos hallar suministros aquí. No somos bandidos —espetó, la voz temblorosa pero decidida.

Samuel sopesó sus palabras. Martha y León aguardaban tensos. Nadie disparó, nadie hincó rodilla. En los albores de esta nueva sociedad, la desconfianza —heredada de demasiadas traiciones— pesaba como plomo.

El grupo visitante explicó que venían de Manor, un asentamiento asediado por bandidos a principios del otoño. Su líder, una mujer endurecida llamada Rosa, negociaba rutas hacia el sur con la esperanza de unirse a la Confederación Central. Samuel vio honestidad en sus gestos y, aun así, decidió mantener la distancia.

—Tenemos protocolos —dijo Samuel, sin ánimo de discutir—. Deberán esperar en el puesto de inspección, y sus armas quedarán bajo custodia hasta que se les dé paso.

Rosa asintió.

—Cualquier sitio seguro sirve. Solo queremos quedarnos unos días, trabajar en algo, ganar comida y pólvora.

El regreso fue tenso pero sin incidentes. Samuel y los suyos guiaron al grupo de Manor hasta la empalizada, donde Granger —alertada por señales de linterna— los recibió bajo la luz de una antorcha.

En esa pequeña tregua, Samuel se quedó observando el horizonte. Más allá del anillo de fortificaciones, el viejo Austin parecía respirar, entre la vegetación y los edificios desmoronados. Alguna vez, hacía ya dos décadas, se había sentido aquí invencible: barrios de comida vietnamita, festivales de música, noches de cielo limpio. Ahora, todo era recuperación lenta, esfuerzo diario y peligro.

Pero en la feria, entre negociaciones y miradas recelosas, algo palpitaba con fuerza. Una niña de trenzas, hija de campesinos del sur, corría entre los tenderetes, riendo. Un anciano tallaba juguetes de madera reciclada para celebrar la llegada de las lluvias de otoño. Un grupo de jóvenes ensayaba una vieja canción country, adaptando la letra para celebrar el maíz y no la carretera.

Mientras vigilaba el cambio de guardia, Samuel pensó en el futuro. Quizá los zombis fueran sólo el principio. Quizá el verdadero enemigo fuese la memoria: la tendencia a olvidar que la vida —la buena vida— dependía de gestos tan sencillos como prestar una taza de sal o compartir un trozo de pan de trigo sarraceno.

Al regresar a su pequeña vivienda, dentro del muro, Samuel se permitió encender una lámpara manual y escribir unas líneas:

“15 de Noviembre de 2028. Hoy, una vez más, Austin sigue resistiendo. Entre peligros y nuevos rostros, la esperanza enterrada vuelve a germinar. Quienes sobrevivimos somos contadores de historias y guardianes de mercados. Quizá, cuando todo esto termine, si alguna vez termina, diremos a nuestros nietos que aquí —en el viejo río, entre las murallas y la música, pese al miedo— fue donde supimos que la vida valía ser defendida.”

Afuera, la larga noche tejana caía sobre el Colorado, cargada de promesas rotas y esperanzas persistentes. Pero, al menos por hoy, el mercado de Barton Creek seguiría en pie. Y, bajo el vigilante resplandor de las fogatas, Austin aún era territorio humano.

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