Fragmento:
Adriana se deslizó entre mercachifles y centinelas que improvisaban partidas de dados con viejas fichas de casino. El bullicio hacía olvidar, por unos minutos, la noche en la ciudad rodeada de ruinas. Esa mezcla de miedo y fiesta era lo más cercano que tenían a los antiguos carnavales. La humanidad se adaptaba.
Duración: 10:56
14 de Noviembre de 2028
La luna, grande y dorada, flotaba sobre la bahía de Biscayne, distorsionada por los restos de vapor y hollín que a veces arrastraban los vientos nocturnos. La antigua autopista I-95, ahora un campo invadido por asfalto cuarteado y vegetación salvaje, serpenteaba hasta perderse en la sombra de edificios desmoronados. Desde lo alto de una de las viejas torres de la Brickell Avenue, Adriana ajustaba su catalejo artesanal —dos lentes recuperadas de un yate y un cilindro de PVC— y escudriñaba las afueras del Market District, el nuevo corazón comercial de una Miami reconstruida a medias.
El sonido de la sentinela era constante: “Un tren, vuelven carretas, cerca del puente”. Adriana tomaba nota en su cuaderno con una disciplina que había heredado de su madre, una oficial de policía desaparecida durante los peores años del gran caos. Ella pertenecía a la primera generación que no conocía centros comerciales abarrotados ni agua potable saliendo por el grifo, pero sí las reglas del trueque y las noches sin electricidad. Allá abajo, entre garajes plagados de murales desteñidos, las caravanas de mulas y caballos cruzaban la ciudad amurallada bajo la férrea vigilancia de las milicias del Market District.
Al norte, el Inland Pass era la principal entrada, protegida por dos torres levantadas con contenedores de carga y cemento recuperado. Desde allí, los vigías respondían con fuego a cualquier movimiento entre los rastrojos. Aún quedaban zombis en los túneles, lo suficiente para que los soldados despilfarraran algunas balas de vez en cuando por pura prevención; pero, como todos sabían, el peligro real volvía a ser humano. Las bandas nómadas, desplazadas de otras ciudades o de los pantanos resbaladizos del oeste, acosaban los asentamientos para conseguir lo que no podían cultivar ni manufacturar.
Adriana bajó la escalera interna, roída de óxido, y comprobó que el generador lograba mantener encendida la hilera de lámparas LED sobre el pasillo. Escuchó risas y voces, y supo que la noche en el refugio sería animada. Bajó hasta la sexta planta, donde ya se había montado una mesa de trueque improvisada. El aire olía a sopa de pescado —ración de supervivencia hecha con tilapias de cultivo propio— y a carburante. Los niños correteaban buscando caramelos viejos que un mercader había traído desde Homestead, el extremo del sur que aún era cultivable en algunos tramos.
—¿Noticias? —preguntó Orlando, el jefe de la torre, un cubano enorme de barba de mangle y brazo mecánico.
—Nada de hordas —respondió Adriana—. Un par de sombras al oeste. Podrían ser saqueadores o exploradores de Little Haiti, pero no parecían grupos grandes. Ninguna señal del tren del mediodía.
—¿Y la caravana de palmitos?
—Entró hace una hora. León, el mayoral, vino en persona a dejar dos sacos. Piden pólvora o herramientas de hierro.
Orlando mascó chicle, costumbre que conservaba aunque ahora el precio de unos centímetros de goma era equivalente a una noche de guardia. Observó su cuaderno de registros y suspiró.
—Mañana te toca recorrer la zona del mar, ¿lo sabes?
Adriana asintió. La costa había cambiado: las playas de antes, con turistas, bares y patrullas de policía, eran ahora una frontera hostil, acantilados descendentes de escombros sobre los que el mar batía con marea alta y restos de algas negruzcas. Afuera, en el límite sur, los pescadores costeros luchaban contra zombis enterrados en la arena y, sobre todo, contra bandas de saqueadores que se movían durante la niebla del amanecer, cuando la visibilidad era mínima.
—Ten, —Orlando le entregó un brazalete de cuero con una placa metálica grabada—. Todos los patrulleros deben llevar esto: es la señal de la alianza de Biscayne. Si topas con otro grupo y no llevas la insignia te pueden pegar un tiro antes de preguntar.
Adriana se deslizó entre mercachifles y centinelas que improvisaban partidas de dados con viejas fichas de casino. El bullicio hacía olvidar, por unos minutos, la noche en la ciudad rodeada de ruinas. Esa mezcla de miedo y fiesta era lo más cercano que tenían a los antiguos carnavales. La humanidad se adaptaba.
Cerca de la medianoche, la siguió Alex, un chico delgado y callado que solía encargarse de reparar radios quemadas y relojes de cuerda.
—¿Te han puesto de centinela en South Beach? —preguntó mientras pelaba una naranja.
—Me toca revisar la línea costera hasta la vieja Collins Avenue. Dicen que los de Coconut Grove han perdido un bote —respondió ella—. O hubo fuego amigo. Ya sabes, esas historias nunca terminan bien.
—¿Irías sola? ¿O te acompaño?
Adriana lo miró con una ceja alzada. Alex era hábil con herramientas y una buena compañía para caminar las calles vacías, pero apenas sabía disparar, y detestaba la violencia. Quizá por eso le caía bien, pero la lógica enseñaba a no arriesgar más vidas cuando no había necesidad.
—Puedo cuidarme sola, pero si quieres estirar las piernas... tráete tu radio de corto alcance. Las tormentas están afectando las señales.
Amanecía cuando ambos cruzaron Ocean Drive, esquivando las carcasas oxidadas de viejos Ferraris y Teslas. Las palmeras dobladas por huracanes formaban siluetas fantasmales frente al mar. El Atlántico estaba encabronado por la tormenta de anoche, y en la arena aún se distinguían huellas recientes.
—¿Sabes? —dijo Alex—. Mi madre me contó una vez sobre las noches en que Miami era un festival de luces y sonidos. Ahora, si escuchamos un motor es para escondernos, no para bailar.
Adriana sonrió, aunque no tenían tiempo para nostalgia. El edificio del antiguo hotel Fontainebleau, ahora una fortaleza de concreto y barricadas, asomaba al norte. Desde allí podrían divisar alguna patrulla hostil o el regreso del bote perdido.
Se agacharon cuando avistaron movimiento tras las rocas: dos siluetas arrastraban algo, parecían humanas, pero sus gestos eran erráticos. Tras una rápida señal, Adriana desenfundó su viejo revólver Taurus, reparado tantas veces que cada ciclo de tambor sonaba diferente. Alex ajustó su radio:
—Mayday, punto rocoso sur, avistamiento.
Las criaturas se arrastraban torpemente. No eran zombis frescos: sus movimientos eran lentos y sus ropas apenas un harapo pegado a los huesos. Por la radio chirrió la voz de un operador desde el distrito:
—Si no atacan, ignoren. Sin contacto innecesario. Recuerden, la plaga es una plaga, pero no vale perder balas por muertos lentos.
Cuando estaban a solo 30 metros, uno de los zombis topó con la raíz de un manglar y acabó por desplomarse, señal de que el deterioro avanzado los hacía apenas una molestia. Alex bajó la radio y suspiró:
—Más que monstruos, parecen accidentes del tiempo.
No había drama ni terror, solo desgana. La amenaza real, sabían, era el saqueo o la traición. El Market District era la meta para casi todos los nómadas del sur de Florida; el mercado ofrecía lo único que valía la pena: comida, medicinas y trenes improvisados que ahora recorrían un par de kilómetros sobre dudosos rieles.
En su caminata hacia el centro, divisaron una columna de humo. Era inusual: los asentamientos cuidaban que no hubiera fogatas visibles desde fuera de las murallas. Corrieron hacia la fuente y encontraron una caravana abatida —tres acémilas yacían muertas, y dos cuerpos humanos mostraban balazos recientes. Uno de ellos llevaba la insignia de South Dade.
Alex se inclinó y encontró una bolsa con semillas de tomate, un bien que podía alimentar a una familia por meses. Pero la mayoría del cargamento había sido saqueado.
—Esto no es obra de zombis —observó Adriana—. Aquí hubo ejecución rápida. Gente que sabía a lo que venía.
—¿Rescatamos lo que queda o...?
La decisión era pragmática. Tras marcar la ubicación en una hoja, Adriana desgarró una manga de la camisa de uno de los muertos y la ató a una rama, señal de “restos peligrosos”, antes de cargar un saco ligero de semillas y una bolsita de medicinas.
En la radio, la alarma:
—Atención, grupo de saqueadores avistado cerca de Coconut Walk. Refuerzos hacia Collins. Repito, refuerzos hacia Collins. Peligro humano, armas largas.
Ya no eran los años de huir de los muertos. Ahora, el verdadero infierno estaba anclado en el alma humana. Se dirigieron rápido hacia el refugio. El sol apenas acariciaba los tejados cuando divisaron una patrulla amiga: tres hombres y una mujer, armados con rifles recortados.
—¿Algún herido? —preguntó el jefe de la patrulla.
—Encontramos una caravana asaltada. Balas, ejecuciones limpias —dijo Adriana—. Recuperamos algunas semillas. Los saqueadores pueden estar cerca.
La patrulla asintió. Uno de sus hombres, cubierto hasta los ojos por una venda militar, sentenció:
—Quizá sea La Banda de los Innombrables. Tiran primero y saquean después. Llevan semanas moviéndose entre los cayos y la costa.
Se movieron en bloque hacia el Market District. Para entonces, la ciudad comenzaba a despertar. Humo de fogones, olor a pan de yuca y a pescado; chirridos de carros de caballos y aullidos de perros guardianes. Adriana rememoró un instante su infancia, cuando aún se escuchaban canciones de reggaetón desde balcones luminosos.
Adentro, el consejo del distrito deliberaba: refugio, negociación, reparto de semillas. El jefe Orlando llamó a los patrulleros:
—Esta noche se reforzarán las rutas costeras y el control de entradas. Los saqueadores cambiarán pronto de lugar si no encuentran botín. Cada bolsa de semillas debe valer su peso en oro.
Los trueques eran brutales: una caja de balas compraba una semana de comida, una medicina valía el doble si curaba infecciones. Los talleres, entre contenedores y lonas raídas, producían herraduras, cuchillos y pólvora en pequeñas cantidades.
Al caer la noche, mientras los vigilantes regresaban a las torres, se apagaron las luces LED y las historias ocuparon el salón comunal, llenando la oscuridad. Alex arreglaba una radio para un niño mientras Adriana, empapada en sudor, compartía ron destilado con los soldados.
En silencio, cada sobreviviente reconocía su rol en la ruina y la reconstrucción. Algunos platicaban sobre el día en que el sol será más que una amenaza, cuando Miami vuelva a ser un puerto seguro.
Porque la verdadera reconstrucción, pensó Adriana mientras veía titilar las lucecitas de un ferry improvisado más allá de la bahía, no era solo salvar vidas: era no olvidar el sueño de una ciudad junto al mar, incluso si el mar llevaba consigo los fantasmas de la última marea.
Copyrights © 2025 zombieworld.es. Todos los derechos reservados.