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Portada del relato Orlando: El Último Destello
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Fragmento:


—Cuatro días, si racionamos bien. Después… si no pescamos algo, o no logramos cazar otra ardilla…

Duración: 11:28

Orlando: El Último Destello
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Texto de ajuste de pausa.

22 de diciembre de 2020

Solo aquellas madrugadas en las que el frío del invierno permeaba incluso las paredes de concreto, podía convencerse María de que el horror había ralentizado su paso. Afuera, el aire de Orlando era cortante bajo la penumbra azulada y los restos de lo que había sido una nevada extraña—una bruma helada, niebla, pero nunca nieve real—envolvían la ciudad. En las últimas semanas, los informes de horda zombi en las afueras de Pine Hills y al sur de Lake Apopka parecían menos frecuentes. El temor, sin embargo, nunca abandonaba del todo.

El parque donde María y veinte personas más resistían a duras penas estaba atrincherado con lo que sus manos pudieron encontrar: mesas de picnic, vallas arrancadas de Disney Springs, planchas de madera recuperadas de casas saqueadas en Winter Park. Lake Eola nunca estuvo tan silencioso. El cisne blanco, último de su tipo en el lago, flotaba entre basura y bolsas que el viento arrastraba lentamente; era una silueta fantasmal entre árboles sin hojas y quioscos saqueados.

El invierno había llegado para salvarlos y condenarlos a la vez. Muchos zombis, especialmente los más viejos, vagaban torpemente, atascados entre coches abandonados o congelados momentáneamente en un letargo extraño. El frío debilitaba a los infectados pero también mellaba a los vivos. El grupo de María comenzaba a quedarse sin comida rápidamente, y los casos de hipotermia, tos persistente y fiebre reaparecían.

Aquella mañana, María se despertó envuelta en la manta militar que Andrés había traído en una expedición arriesgada a una bodega del downtown. Hacía meses que el centro de Orlando estaba perdido: era una trampa mortal, nido de ralentizadas hordas y bandas de saqueadores. Andrés no había regresado solo con la manta; había conseguido un par de latas de maíz, alcohol embotellado y, sobre todo, noticias. Decía haber escuchado transmisiones militares en la radio de onda corta: “siguen luchando en Oviedo, parece que hay un convoy de la Guardia Nacional en la I-4, pero la mitad de los soldados desertaron”.

A las seis, María salió de la tienda improvisada y caminó entre las carpas bajo el cobertizo de un antiguo vendedor ambulante. Moviéndose con sigilo, esquivó los charcos helados y observó a los niños dormidos —los únicos que aún, de alguna forma, podían sumergirse en el sueño y soñar con un mañana menos hostil.

El grupo se había organizado en turnos estrictos. Desde la caída total de la luz eléctrica, la vigilancia nocturna era tarea fundamental. El miedo no era sólo a los zombis, sino a los hombres desesperados. En las últimas semanas, desde el colapso hospitalario en todo Europa y América y la instauración de la ley marcial global, todo policía, guardia de seguridad o vigilante había desaparecido. En su ausencia, Orlando se había llenado de bandas con nombres improvisados y sin escrúpulos, que saqueaban en busca de medicinas, armas y mujeres.

Durante la ronda, Andrés se le acercó. Tenía las mejillas, normalmente bronceadas, pálidas por el frío, y las manos metidas en unos guantes rotos. Se detuvo con la mirada angustiada.

—María, los ví anoche al otro lado del lago. Tres. Iban lentos, pero uno llevaba algo parecido a un uniforme. No estoy seguro… podría haber sido de la policía.

María sólo asintió, porque le dolía aceptar que seguirían apareciendo. Incluso ahora, cada vez que divisaban una silueta tambaleante en la niebla, el corazón del grupo se paralizaba. Ya no gritaban; sólo caminaban hacia atrás, con un hacha o una barra de metal lista.

—¿Cuántas raciones quedan? —preguntó Andrés.

—Cuatro días, si racionamos bien. Después… si no pescamos algo, o no logramos cazar otra ardilla…

—No queda nada en el Publix de la esquina, lo saquearon hace dos días —interrumpió Andrés, con un suspiro resignado.

—El hospital, el Orlando Health… —musitó María—¿recuerdas el cuarto piso? Los suministros de emergencia…

Andrés la miró como si hubiera sugerido cruzar el infierno.

—Está a dos kilómetros. Tendríamos que rodear la peatonal de Orange Avenue. Puede haber docenas de ellos ahí. O peores…

La discusión, sin embargo, fue interrumpida por el grito seco de una mujer. Era Lucía, la joven madre dominicana. Su hijo, Esteban, de seis años, había tenido fiebre interminente desde diciembre. El pequeño deliraba en su saco de dormir. María y Andrés corrieron hacia la tienda, encontrando a Lucía de rodillas, las manos crispadas.

María se apresuró, rebuscando lo último en la caja de medicina. Quedaba sólo media caja de paracetamol infantil. “Fiebre y frío”, pensó. “Nada más”. Sabía que si Esteban no se recuperaba, si la fiebre se convertía en infección, Lucía podía convertirse tanto en peligro para el grupo como su hijo. Nadie lo decía, pero todos lo pensaban: los síntomas de la plaga —fiebre, colapso nervioso, cambios de humor— eran intraducibles en un mundo donde toda enfermedad contagiaba sospechas.

María administró el último comprimido con un susurro suave. Abrazó a Lucía, sentándose junto a ella y cubriéndola con otro abrigo. Afuera, el cielo amanecía de ese gris metálico tan propio del invierno. María sintió la quietud antes de una tormenta.

Ése día, decidieron que alguien buscaría medicinas. Los adultos se reunieron bajo el quiosco, con un mapa extendido sobre madera. Carlos, un ex guía turístico, propuso seguir por Rosalind hasta el hospital, evitando los tramos más cercanos a Lake Eola Heights, infestados por vagabundos antes y después del brote. Irían María, Andrés y Carlos. Los demás quedarían para reforzar las barricadas y repartir las raciones.

La calle Rosalind era una sucesión espectral de coches vacíos y tiendas selladas con grafitis: “NO PASAR”, “PLAGA”, “HUYE SI PUEDES”. Avanzaron despacio, barriendo cada esquina. Al pasar cerca de la antigua librería pública, vieron la sombra de un zombi atorado en la puerta giratoria. Al notar sus pasos, el ser intentó girar, pero sólo consiguió tambalearse en el mismo sitio. Andrés levantó el hacha, pero María lo detuvo. “Dejémoslo, la puerta lo retiene”.

Continuaron, cruzaron la avenida Livingston y se internaron en los senderos que bordeaban el hospital Orlando Health. El edificio, de vidrios rotos y sirenas mudas, parecía un castillo gótico surgido en un bosque apocalíptico. En la entrada principal había marcas de disparos antiguos y manchones de sangre oxidada.

Entraron arrastrando los pies en silencio. El vestíbulo estaba vacío, salvo por el eco de algún remoto golpe. María lideró, recordando la ubicación de la antigua farmacia y los pisos de emergencia. Atravesaron pasillos recubiertos de papeles, camillas volcadas y alambres de teléfono descolgados. En la segunda planta, se toparon con un par de zombis, pero estaban tan debilitados que apenas levantaban los pies. Los tres se deshicieron de los cuerpos, con asco y rapidez.

En el cuarto piso, justo donde María recordaba, encontraron el botiquín de emergencia. Aunque gran parte del contenido había sido saqueado, descubrieron dos cajas de antibióticos, jeringas y algunos parches térmicos. Recogieron todo lo útil. En una esquina, en una sala de televisión improvisada, hallaron el cadáver de una anciana, intacto. A su lado había una carta a medias escrita: “Si sobrevives, cuida de todos… todos, hasta el final”.

El regreso fue tenso. En las calles, la temperatura bajaba. El invierno había protegido con su manto frío, pero también parecía detener todo lo verde. De regreso al parque, María sentía que cada paso era un adiós a aquel lugar tan reconocible. Vio la cúpula de Cinderella Castle a lo lejos, oscurecida, irreconocible. Por un momento pensó en los días felices, cuando Orlando era sinónimo de sueños, no de pesadillas.

Al llegar, Esteban deliraba. Le administraron el antibiótico e improvisaron una manta térmica con los parches. Se turnaron para cuidarlo toda la noche. Andrés, exhausto, se acercó a María con una botella de ron barato que había encontrado en el hospital. Brindaron en silencio, mirando por la ventana rota.

—¿Por qué seguimos? —preguntó él, la voz rota, mayor de lo que era en realidad.

—Por esto —respondió ella. Señaló a Lucía y a Esteban dormidos. Por la posibilidad absurda de que, cuando despertaran, todo hubiese sido solo una pesadilla.

Así pasaron los días, cada vez más grises y silenciosos. Una noche, llegó una transmisión en la radio de onda corta. Era en español, débil: “Supervivientes en Altamonte Springs… tenemos pan… traigan medicinas… estamos armados”. Aquello encendió el debate entre los adultos. ¿Abandonar el parque y emprender la travesía? ¿Arriesgarse a cruzar I-4 entre hordas y patrullas de saqueadores? Nadie, ni siquiera los niños, dormía tranquilo. El miedo había cambiado de forma: ya no era sólo la amenaza caníbal e inmediata de los zombis, sino la propia desesperanza, el peso de tener que elegir entre morir aquí o allá.

La última mañana de diciembre, María miró el lago nuevamente. Las aguas, antes tan vivas, ahora sólo contenían eco y un silencio brutal. Sin embargo, esa todavía calma escondía pequeñas señales de vida: el cisne volvía a aparecer, y una pareja de patos, ajenos al horror humano, chapoteaban entre juncos. Quizá, pensó ella, la naturaleza sabía renacer incluso sobre los cadáveres apilados en el asfalto.

Cuando Andrés propuso partir hacia el norte con la radio como guía, la mayoría estuvo de acuerdo. Solo Lucía dudaba, temerosa de que su niño no soportara el viaje. Decidieron que, si Esteban mejoraba al caer la noche, partirían al amanecer.

El grupo empacó lo poco que quedaba: mantas, la comida hallada y las medicinas. Regresaron una vez más a la fuente del lago: allí, María dejó una carta improvisada. La sujetó entre dos piedras, para que cualquiera que llegara supiera que aún había vida, que alguien alguna vez trató de sobrevivir allí.

“Sobrevivimos juntos, hasta el final”, escribió. “Si encuentras esto, no pierdas la esperanza. Sigue hacia el norte. Escucha la radio. No eres el único”.

El amanecer del 23 de diciembre llegó nítido y frío. Con Esteban aferrado de la mano de Lucía, el grupo marchó hacia el norte, cruzando las calles vacías de Orlando, con los parques cubiertos de bruma y las ruinas de lo que una vez fue magia. Si el mundo antiguo habría de renacer, pensó María, sería en ese trayecto. O tal vez al otro lado de la radio, donde otra comunidad temblorosa los esperaba.

Lo importante, se repetía ella con cada paso, era no olvidar. Porque, aunque Orlando había perdido su fulgor, el último destello aún podía encenderse entre las ruinas, y quizás, en algún recoveco del invierno, el futuro seguiría siendo posible.

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