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Fragmento:


La mujer parecía enferma; tenía la piel enrojecida por el sol y tiritaba. Al llegar al control, levantó las manos y balbuceó en un catalán áspero:

Duración: 11:17

El Fin de la Isla
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Texto de ajuste de pausa.

21 de noviembre de 2025

La brisa marina aún traía olor a sal, pero ya no llegaba limpia ni fresca. En las horas tempranas de la mañana, el resplandor pálido del sol de noviembre acariciaba las murallas de la ciudad vieja de Palma de Mallorca, pero lo que solía ser un barrio vibrante, salpicado de turistas y risas, era ahora un laberinto silencioso de barricadas, torres de vigilancia y refugios improvisados. En el aire flotaban los ecos de disparos lejanos y, de tanto en tanto, el retumbar opaco de una alarma-sirena fabricada a mano. Era fácil perder la cuenta de los días desde que el mundo se había venido abajo, pero no el ritmo de los turnos en la muralla.

Celia se reunía cada mañana en el paseo de Dalt Murada con los otros tres miembros de su patrulla. Su puesto consistía en vigilar el acceso norte de la ciudad, donde las antiguas avenidas ahora servían de campos de visión despejada y letal. Desde allí todo cuanto se acercaba —sea humano, muerto o bestia asilvestrada— debía ser identificado y notificado de inmediato. Se habían impuesto códigos de señales fluviales, una combinación de banderas y bengalas, para conectar por línea visual las diferentes torres que protegían la ciudadela.

—Hay movimiento en la Rambla —susurró Toni, el más joven, apenas entrado en la veintena, mientras alzaba los prismáticos—. Tres figuras, parecen humanos.

Las patrullas estaban programadas para no disparar a menos que la amenaza fuera inminente. Los saqueadores —o “lobos”, como los llamaban— solían operar en pequeños grupos, aprovechando la escasez de municiones y la desconfianza reinante entre los asentamientos insulares. Pero esta vez, la señal fue diferente: los extraños avanzaban despacio, con cuidado, y portaban un banderín blanco atado a una lanza improvisada.

—Adelante, notifica —ordenó Celia a uno de sus compañeros—. Y Susi, prepárate, no te fíes.

Mientras la noticia corría de torre en torre, Celia descendió por una escalera de piedra desde las murallas. Atravesó la plaza de Cort, donde el ayuntamiento era un fortín precario con lonas y barricadas, y se internó hacia el mercado de Olivar. Allí se encontraba el centro de mando; una red de pasillos convertidos en oficinas, despachos y almacenes, iluminados por dinamos y lámparas de aceite.

Marcos, el jefe de la guarnición y antiguo policía, la recibió entre mapas, latas etiquetadas y transmisores de radio. Tenía los ojos rojizos, signos de largas noches en vela.

—¿Cuántos? —preguntó sin levantar la mirada.

—Tres, con bandera blanca. Avanzan lentos, parece que vienen en son de paz.

—No hay paz, solo treguas, o emboscadas —respondió él, con fatiga y desconfianza—. Que pase uno solo, con las manos abiertas.

Un procedimiento instaurado tras un incidente semanas atrás, cuando un grupo de supuestos refugiados intentó detonar un explosivo artesanal logrando nada más que su propia muerte y la rabia de los centinelas. Celia asintió e instruyó a dos chavales con radios de corto alcance para que trasmitieran el mensaje. Luego volvió a las murallas. Parcialmente cubierta por sacos y tablas, divisó cómo uno de los forasteros —una mujer, flaca y andrajosa— se adelantaba hacia la puerta principal, alias la “Puerta del Puerto”.

La mujer parecía enferma; tenía la piel enrojecida por el sol y tiritaba. Al llegar al control, levantó las manos y balbuceó en un catalán áspero:

—Venim de Inca... Em deixau passar, si us plau... Porto medicacions per a la nina.

Detrás de las murallas, decenas de ojos se asomaron. La pequeña comitiva traía consigo una niña pálida en brazos. Lloraba en silencio y la fiebre le marcaba la frente. Los guardias discutieron sobre qué hacer. Si facilitaban el acceso, corrían el riesgo de una emboscada, pero la compasión era un instinto duro de erradicar. Marcos bajó con Celia. Examinó a la mujer y a la niña a distancia. No parecían infectadas, ni portaban heridas sospechosas. Finalmente, autorizó el paso condicionado: la madre y la hija podrían acceder junto con un miembro de la patrulla, mientras los otros debían esperar fuera, a la vista.

En Palma, la vida había cambiado incluso más rápido que en la península. Al principio, muchos pensaron que el mar sería un muro natural, pero los infectados cruzaron en ferris abandonados, balsas y, peor aún, en aviones que ya llevaban dentro el germen de la plaga. La ciudad se fragmentó en pequeñas comunidades, muchas en continuo conflicto: los del Portixol, los del Arenal, incluso algunos supervivientes fortificados en castillos de hotel de la zona de Magaluf. Pero los accesos a los mercados, los pozos y la electricidad cada vez más escasa convirtieron al centro histórico, la zona amurallada, en el bastión más valioso y disputado de toda la isla.

Adentro, los supervivientes intentaban aferrarse a una rutina que recordaba vagamente a la normalidad: mercados de trueque de productos enlatados o secos, agua depurada con filtros caseros, hornos de leña y molinos manuales en patios traseros, un hospital improvisado en la iglesia de Santa Eulàlia. Era crucial el uso de señales: cada asentamiento mantenía un código para alertar de hordas o ataques humanos. La distancia relativa entre las barricadas y la dispersión de los grupos hacía la organización un reto diario.

Esa tarde, la notificación se emitió: dos ráfagas largas con el silbato metálico, que indicaban “peligro humano”. Eran señales que todos aprendían desde pequeños, como antes el semáforo o las campanas de misa. Celia y Toni cruzaron la plaza de Juan Carlos I a toda prisa. De la calle Unión llegaba el rumor del conflicto: saqueadores, tal vez del grupo de Llucmajor o incluso forasteros llegados del mar. Los combates humanos se volvieron el peor peligro a medida que los zombis se fueron deteriorando. Los vivos eran impredecibles, traicioneros, y la fama de la ciudad como lugar seguro atraía a tantos peregrinos como bandidos.

En el cruce con Jaume III, un improvisado punto de control móvil, los milicianos trataron de repeler a tres asaltantes armados con cuchillos y una escopeta oxidada. Era un combate brutal, a corta distancia, peleas sin reglas y sin piedad. Uno de los asaltantes cayó, otro escapó herido y el tercero fue reducido a golpes de bate y palos. Al final, lo llevaron ante Marcos, que ejercía la autoridad casi como un cacique, pero con la justa determinación que imponía la supervivencia.

—Ets mallorquí? —le preguntó, mientras la multitud observaba.

El joven asintió, humillado, cubierto de magulladuras, la ropa en jirones.

—Llavors saps el que hem de fer —respondió Marcos, grave—. O te unes al treball, o te n’has d’anar. Aquí no hi ha lloc pels llops.

El muchacho optó, resignado, por el trabajo forzado. La ciudad necesitaba manos, pero no criminales. Lo asignaron al mantenimiento de las defensas, bajo vigilancia.

Con el anochecer, Celia y su grupo volvieron a la muralla. Las luces de antorchas y pequeñas baterías recicladas iluminaban los caminos interiores. Por radio, desde el Castell de Bellver —convertido en puesto elevado de comunicación— llegó una alerta: una horda al sur, internándose por Son Rapinya. Comprendieron que habían sido afortunados ese día; el mayor peligro, por ahora, era humano.

Después de la cena —pan duro, aliñado con aceite rancio, dos tomates y un huevo hervido, un festín teniendo en cuenta lo habitual—, Celia se reunió con Susi en la cubierta de la Seu, la catedral gótica que, reforzada, servía de última línea de defensa. Bajo las bóvedas, asomadas a los vitrales llenos de polvo, las dos contemplaron un mar apacible y callado. Sus voces eran un susurro en la oscuridad.

—¿Recuerdas cuando en Navidad la plaza se llenaba de luces? —preguntó Susi con añoranza.

—Y de mercados, y de turistas bailando, y niños gritando —respondió Celia—. Es otro planeta ahora.

—La isla resiste, Celia. No sé cuánto, pero resiste.

A lo lejos, sobre el mar quieto, una barca iluminada con faroles intentaba acceder a la costa. Era parte de la caravana de víveres que desde Menorca traía medicinas, sal y noticias. Celia sonrió a medias. El trueque era la sangre de la nueva civilización isleña, y los contrabandistas, los nuevos héroes.

—¿Crees que esto cambiará alguna vez? —preguntó Susi.

—Puede que sí —dijo Celia, contemplando las siluetas de las palmeras recortadas sobre el cielo nocturno—. Pero si no, los que nacerán ahora no sabrán nada del mundo de antes. Crecerán y será esto lo normal. Tal vez sea mejor así, para ellos.

Las dos amigas se dieron la mano, juntas bajo las estrellas, rodeadas por el silencio expectante y los ecos de los tambores, señales rítmicas de otras comunidades al norte, en Sóller y Pollença, transmitiendo su propio mensaje: seguimos vivos.

Días después, con la llegada de diciembre y el frío del Mediterráneo, Palma avanzaba a empujones entre la desesperanza y la obstinación. Se intensificó el tráfico de señales entre los asentamientos, códigos de silbatos, espejos a la luz de la mañana, y ráfagas de lámparas. En una pequeña fortaleza levantada sobre el puerto, un grupo de cartógrafos improvisados —antiguos turistas, pescadores, un par de ingenieros— elaboraban mapas de las últimas rutas seguras, actualizando con tiza sobre pizarra cada aldea aliada y cada amenaza. El código de señales era la línea que los mantenía juntos.

Aunque la mayoría de la población de la isla había desaparecido, entre muertos y emigrados desesperados hacia el continente, la pequeña comunidad de Palma resistía gracias a la obstinación colectiva. Los molinos artesanales fabricados en los Ses Cases Noves proporcionaban harina. La presa pequeña en el Torrent de Sa Riera aseguraba agua, y los hornos repartidos por barrios compartían calor y pan. La electricidad, limitada a la energía de dínamos y generadores, solo iluminaba el centro.

A finales de ese mes, las nubes se volvieron grises. Las huidas de los saqueadores fueron menos frecuentes: el hambre y el frío eran los mayores enemigos de todos. La horda de Son Rapinya quedó atrapada entre alambradas y incendios provocados, y el ayuntamiento improvisó un servicio de recogida de cadáveres, confiando en que las bajas temperaturas ralentizaran la putrefacción y el peligro de infección.

El peligro nunca desapareció —un grupo de saqueadores siempre rondaba los límites, y los zombis aún estaban al acecho en algunas manzanas oscuras— pero en medio de esa precariedad y ese miedo, la isla tejía redes de señales y alianzas, y el eco de los tambores era un recordatorio de que, tras las murallas, los hombres y mujeres luchaban juntos para mantener viva la poca esperanza que quedaba.

Quizás un día, pensaba Celia mientras recostaba la frente contra la fría piedra de la muralla mayor rumbo al amanecer, las campanas volvieran a sonar, no como señal de alarma, sino de reunión, de celebración. Quizás un día volvería el bullicio y la vida auténtica a Palma de Mallorca. Pero hasta entonces, debían aferrarse al presente: defender las murallas, proteger a los suyos y mantener la llama de la civilización, aunque solo fuera con el débil resplandor de una lámpara de aceite sobre el mar embravecido, esperando la señal de otra comunidad hermana, en la oscura pero invicta noche del nuevo mundo.

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