Fragmento:
Formo parte —por mi experiencia docente, por la confianza que otros tuvieron en mí— del consejo de la Almudaina, que juega a ser algo entre el cabildo medieval y la asamblea popular. Gente llegada de todos los barrios de Palma, y algunos incluso de Sóller, Pollença o las aldeas del interior, representan a los distintos grupos. Nos sentamos, cada noche, en la sala abovedada junto a los restos de tapices raídos, repartiendo información, comida y turnos de guardia. Hoy, mientras la radio escupe voces nerviosas y llovizna contra las aspilleras, discutimos cómo preparar la resistencia ante una posible invasión. La horda que viene desde Arenal no será la primera: hace dos inviernos, la llamada “noche de las bestias”, llegaron casi cien muertos hasta el Parc de la Mar y solo con fuego, explosivos improvisados y el coraje de la gente logramos salvarnos.
Duración: 13:34
18 de noviembre de 2026.
El aire es frío en la bahía al anochecer, mucho más que cualquier otro noviembre que recuerde en mi vida anterior. Desde las alturas de la Almudaina, ahora convertida en fortaleza y albergue, distingo las hogueras dispersas en la Plaza Mayor, allá abajo — pequeños puntos de luz cercados tras barricadas, donde en otros tiempos se apretaban turistas conocidos y desconocidos, riendo entre vasos de sangría y tapas. Hoy el fuego es el mayor lujo, casi tan importante como el pan y las balas. Soy Damià Monserrat, y desde hace más de seis años sobrevivo en una ciudad que apenas se parece a la que una vez amé. Palma de Mallorca, corazón ahora de una de las pocas regiones insulares capaces de resistir al mundo colapsado y sus amenazas, tanto de los humanos como de los no-muertos.
Cuando me ofrecí hace años a quedarme en la Almudaina, protegida bajo las banderas maltrechas de viejas monarquías borradas, huía del hambre y del miedo. Yo, antes maestro rural en la Sierra de Tramuntana, terminé entre estos muros de piedra convencido de que sería cuestión de semanas el retomar el control, reactivar los ferris, volver al mercado y al bullicio. Pero la plaga siguió golpeando, la escasez se instaló como un invierno eterno, y los zombis —a los que aquí llamamos sencillamente muertos— no solo no se marcharon, sino que durante mucho tiempo definieron cada una de nuestras decisiones.
Así llegamos a este otoño. La isla está rodeada de trampas y guardias — hombres y mujeres que cargan vieja escopeta, lanza improvisada o hachas de pescador como las que antaño colgaban en bodegas familiares. El mar, frontera natural, es ahora uno de nuestros mayores aliados: pocos zombis pueden cruzarlo, y los humanos hostiles que llegan en barcas suelen encontrar, antes que nada, una almenara encendida y una docena de escopetas apuntando desde lo alto del castillo. Sin embargo, las amenazas no cesan. Hace dos noches una patrulla de Santa Eugenia apareció arrastrando a una joven herida; dijeron haber repelido el ataque de un grupo de forasteros armados venidos desde la costa este. Fueron repelidos, pero a costa de dos muertos y tres heridos, y el rumor de que hay más bandas asolando Inca y Manacor corre por los pasillos como un viento helado.
Esta noche, sin embargo, la preocupación que domina al consejo es otra. Las radios, que zumban en una frecuencia incierta desde Formentera y a veces captan voces lejanas de Ciutadella, han recogido alerta de una horda en movimiento, detectada cerca de Arenal. Quizás vienen empujados por la escasez o quizá ha habido alguna incursión fallida en los viejos supermercados de Son Ferriol, donde aún se apilan carritos oxidados y cajas reventadas por la lluvia y la putrefacción. Nadie sabe cuántos quedan. Los zombis deteriorados yacen todavía por docenas en los descampados, incapaces siquiera de gatear, pero los cuerpos frescos renacidos por nuevas infecciones son siempre una incógnita. La infección nunca desapareció, solo se volvió menos visible.
Formo parte —por mi experiencia docente, por la confianza que otros tuvieron en mí— del consejo de la Almudaina, que juega a ser algo entre el cabildo medieval y la asamblea popular. Gente llegada de todos los barrios de Palma, y algunos incluso de Sóller, Pollença o las aldeas del interior, representan a los distintos grupos. Nos sentamos, cada noche, en la sala abovedada junto a los restos de tapices raídos, repartiendo información, comida y turnos de guardia. Hoy, mientras la radio escupe voces nerviosas y llovizna contra las aspilleras, discutimos cómo preparar la resistencia ante una posible invasión. La horda que viene desde Arenal no será la primera: hace dos inviernos, la llamada “noche de las bestias”, llegaron casi cien muertos hasta el Parc de la Mar y solo con fuego, explosivos improvisados y el coraje de la gente logramos salvarnos.
Es difícil de narrar a quien no lo vio cómo se ve una ciudad en estado de sitio año tras año. Los zombis son una plaga, sí. Pero también, y sobre todo ahora, lo son el hambre, la desconfianza, y la certeza de que el viejo mundo no va a volver. Ni la Catedral —nuestra Seu, conciencia de la ciudad— ni el puerto, ni siquiera la policía o los hospitales funcionan como antes. Muchos de los edificios icónicos ya son ruinas o han sido saqueados. El Liceu Francès, donde mi hija aprendió francés antes del colapso, fue quemado durante una turba el tercer año, y ahora es solo un esqueleto de ventanas vacías. El Parc de la Mar, antes espejo para los turistas, se ha convertido en campo de cultivo protegido por estacas y alambre. Empezamos con simples huertos, luego conseguimos semillas del banco de germoplasma en el Sóller, cruzando la sierra con dos mulas y una esperanza terca. Fue un viaje de días, donde regularmente tuvimos que desalojar a muertos caminantes de un antiguo área de servicio.
Mientras escribo estas líneas, el consejo ha terminado de asignar los turnos: yo estaré en las murallas con el grupo de defensa sureste, cerca de la Torre del Homenaje, junto a Clara —una ex enfermera, ahora jefa de milicia— y Guillem, joven pescador que ha aprendido a disparar mejor que la mayoría de los viejos soldados. Se ha vuelto fundamental defender el perímetro mientras el resto prepara los hornillos y reparte la última harina recogida en los molinos de Es Pla. Gracias a las alianzas con varios asentamientos rurales, los traen semanalmente en carretas tiradas por caballos decrépitos, salvados casi milagrosamente del hambre. El comercio es todavía peligroso; bandidos y saqueadores acechan caminos y pasos entre colinas, buscando cargar lo poco que uno pueda ganar en trueque.
La radio, esa reliquia, ha vuelto a convertirse en herramienta de vida o muerte. Hoy hemos recibido señales desde Deià: avisan del paso de un grupo de forasteros por la carretera de Valldemossa, pero parecen evitar las poblaciones: sospechan de las trampas. En Sóller, una comunidad de casi cien personas vive refugiada en la estación de tren, que intentan reparar para usar como base de intercambio de mercancías, y en ocasiones se arriesgan a cruzar los túneles para recoger sal de la costa. Formentera y Menorca se comunican raramente, pero los mensajes, aunque interferidos, son un soplo de esperanza: aún hay quien recuerda la civilización.
Al salir al patio interior de la Almudaina, el aire lleva restos de hollín y sal, con ecos de gritos distantes. Palma entera, a estas horas, se defiende tras mil pequeños refugios: la iglesia de Sant Francesc, con su bocina de alerta; la estación de buses de Plaza de España, reforzada con viejos autobuses y barrotes arrancados de tiendas cerradas desde hace seis años; incluso algunas terrazas del Passeig de Sagrera, reconvertidas en puestos de observación. Corren rumores de que en Sa Pobla, la comunidad más alejada del litoral norte, han completado una empalizada de madera y han conseguido una bomba manual para extraer agua potable del subsuelo: oro puro.
Las historias de horror aún circulan cada vez que se apaga la luz o el viento apaga una hoguera. Recuerdo la primera vez que vi caer la ciudad: la estampida en la calle de San Miguel, la turba asaltando supermercados, los muertos saliendo de los callejones al grito aterrorizado de los vivos. Durante meses no éramos más que bandas de supervivientes corriendo, escondiéndonos en farmacias, casas protegidas por tablones o el sótano de algún hotel. La democracia desapareció con los primeros saqueos: después, el poder perteneció a quien tenía armas y a los que sabían organizar turnos de vigilancia. Ahora, todo es distinto, pero no por ello más fácil.
Cuando llega la medianoche, la alarma recorre el edificio. En los tejados yacemos a la espera; las linternas sólo se encienden por breves ráfagas, para no atraer la atención de saqueadores. Entre los arbustos, cerca de la muralla sur, Clara murmura su nombre y el mío, organizando la vigilancia. El mar es una sombra negra y silenciosa, mientras lejos, rumbo a Arenal, un punto anaranjado parece crecer. No hay descanso: todo impulso y previsión se ahogan en el pánico y la rutina. Recordamos de memoria los procedimientos: señales con silbato, protocolos para reclutar refuerzos, qué hacer si la muralla cede y hay que replegarse a las partes más altas.
Los zombis —mejor dicho, los últimos zombis peligrosos, pues muchos carecen ya de fuerza— se arrastran por la ciudad en pequeñas hordas que de vez en cuando se alimentan de algún infortunado perdido durante la noche. Cuando aparecen en número, nos defendemos con fuego y armamento de fabricación local: cócteles molotov, garrotes recubiertos de clavos, viejos rifles reparados mil veces con piezas canibalizadas de talleres mecánicos y armerías abandonadas. Gracias al taller de armas improvisado en los antiguos sótanos bajo la plaza, se han conseguido fabricar cuchillas toscas, ballestas y hasta algo parecido a pólvora, vital para los cartuchos de escopeta.
Lo peor llegó el año pasado, cuando una horda arrasó hasta el Borne y solo la bravura de una decena de defensores evitó el colapso del refugio principal. No sólo derrotamos a los caminantes, sino que perdimos a cuatro buenos compañeros y muchas provisiones. Quien mira la ciudad desde arriba vería una Palma agujereada: la zona del Polígon de Son Castelló es tierra de nadie, solo apta para quienes buscan desesperados piezas de maquinaria o algún bidón de gasolina. No queda rastro del esplendor comercial o turístico; solo escombros y árboles salvajes que han empezado a tomar lo que queda.
Y, sin embargo, nos negamos a morir. Hemos aprendido a cultivar, a distribuir lo poco que hay, a construir pequeños molinos e incluso reparar generadores de energía cuando cae la noche y la memoria eléctrica de la ciudad reaparece como un eco lejano. Niños que hoy tienen más de cuatro años jamás han visto un coche encendido circular por las avenidas, ni han saboreado caramelos, ni han conocido la palabra escuela como algo cotidiano. Les enseñamos en aulas improvisadas: a leer y escribir, sí, pero sobre todo a distinguir peligro de oportunidad, hongos comestibles de venenosos, el arte de esconderse y defenderse.
El consejo de la Almudaina intenta mantener una apariencia de esperanza. Repartimos extensos libros copiando manuales rescatados de la Biblioteca de Can Sales, textos básicos de horticultura, medicina de campo, ingeniería y hasta mapas hechos a mano de las calles de Palma y los caminos rurales. Mi labor como antiguo maestro es enseñar a los hijos de los supervivientes, junto con un pequeño grupo de viejos colegas. Los niños leen historias de un tiempo anterior, cuentos de dragones y viajes espaciales, pero su realidad es la defensa contra los verdaderos monstruos: los muertos caminantes y quienes —aún vivos— han elegido vivir de la rapiña y la violencia.
Las alianzas con los asentamientos de Sóller, Pollença, Inca y la zona de Es Pla han permitido contactos periódicos. A veces nos reunimos en ferias de intercambio bajo estricta vigilancia: trueques de semillas, medicinas —principalmente antibióticos producidos en laboratorios improvisados—, ropa y herramientas. La aparición de acuerdos armados entre los asentamientos ha reducido la amenaza del saqueo, pero no la ha eliminado del todo. Hace apenas un mes, en una feria cercana a Campos, un grupo hostil mató a tres comerciantes y se llevó un carro entero de harina. Ahora viajamos protegidos, aprendiendo a sospechar incluso de quienes parecen amigos. Hemos creado códigos de señales luminosas desde los campanarios y molinos para alertar de hordas o bandidos.
En esta tarde se discute sobre organizar patrullas conjuntas, crear rutas seguras entre comunidades y consensuar normas para la convivencia. No es el renacimiento de la democracia, pero sí un intento de evitar el caos absoluto. En la Almudaina, bajo el techo gótico, no somos ni señores feudales ni dictadores sino —como muchos otros en el mundo— simples personas intentando resistir y plantar, buscar vida en medio de la muerte. La esperanza no es un lujo. Es una necesidad.
Miro Palma desde la muralla y veo una ciudad malherida, sí, pero aún viva. Ya no es la postal de turismo y mar, ni la urbe ruidosa que nunca dormía: ahora es un puñado de fuegos en la oscuridad, hogares diminutos y fuertes improvisados donde la gente, mi gente, ansía sobrevivir un día más. Nos aferraremos a los muros, al aprendizaje y a la memoria, hasta que el último viento gélido de este noviembre se lleve los restos de nuestros miedos.
Sé que mañana, si sobrevivimos a la noche y a la amenaza del Arenal, reanudaremos la vida: reparando cañerías, cosechando hortalizas, inventado cuentos para niños huérfanos o simplemente viendo amanecer desde la colina de los nuevos muros, allí donde una vez solo paseaban turistas y enamorados. Palma nunca volverá a ser la de antes, pero bajo la sombra de la Almudaina, entre los ecos de la Catedral y la vieja Lonja, resistimos, amamos y recordamos. Que eso sea una victoria. Aunque sea la más vulnerable de todas.
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