19 de enero de 2030.
El sol apenas había asomado entre el cielo de ceniza que cubría la llanura sur de Madrid, pero en Fuenlabrada la luz tenía una cualidad distinta, más limpia y menos atemorizante que hacía unos años. La ciudad, que alguna vez fue tan solo un conglomerado de barrios obreros, polígonos industriales y ruidoso tapiz de autopistas, se había convertido en una de las Nuevas Ciudades, los raros enclaves fortificados y prósperos de la humanidad renaciente en la península. Su perímetro de muro bajo —hecho de piezas de hormigón, chatarra y chapas de antiguos talleres de automoción— serpenteaba protegiendo a unas cinco mil almas; hacía solo tres años, probablemente la mitad.
Ana Torres se despertó con el murmullo del generador al otro lado del patio comunal. Los motores eléctricos —el verdadero oro de la nueva era— suministraban luz de vez en cuando, principalmente por la noche, para mantener alejados a los pocos zombis extraviados en los cinturones industriales y para alimentar la modesta vida social que había regresado a lo que fue Plaza España.
El calendario se había vuelto importante, tanto como los nombres. Era necesario recordarle al mundo, y a ellos mismos, que el tiempo —aun estancado entre ruinas y reconstrucción— seguía corriendo. Ya no era el tiempo del miedo ciego. Ana arrastró los pies sobre la fría loseta y, tras apartar la tela que hacía de cortina en la estrecha ventana, miró cómo la gente se agolpaba en la plaza fortificada. Los turnos se repartían al alba; los niños y jóvenes cargaban cestas de trigo seco para los molinos que ellos, los mayores, fabricaban y protegían con recelo.
La comunidad había sido conquistada poco a poco, ladrillo a ladrillo, zombi a zombi. Las primeras cosechas del año anterior les habían devuelto cierta esperanza, no por la abundancia —que brillaba por su ausencia— sino porque ningún brote espontáneo de infección había segado a una familia entera. Ana ajustó su chaquetón raído y cruzó el corto pasillo, saludando a su madre, que ya clasificaba semillas en una caja de madera marcada “Banco Genético 2027”.
—¿Saldrás hoy?, le preguntó la anciana, sin levantar la vista de la tarea.
—Buscaré si han soltado un puesto en los molinos —Ana respondió, frotando sus manos enguantadas—. Y después, nos toca limpiar la acequia. Dicen que el agua arrastró algo raro desde el río seco.
El mundo se reconstruía desde los detalles: la rueda del molino, el canal para regar, el pequeño hospital evacuado de zombis y poco a poco equipado por enfermeras del viejo mundo. El recuerdo de los primeros días —las autobuses ardiendo en la A-42, los gritos, la estampida de las familias hacia pueblos remotos, el miedo irracional al vecino— había sido reemplazado por una memoria más tranquila, un rumor de trabajo constante y vigilias de madrugada, cuando la radio de los centinelas escupía advertencias o rumores de otras comunidades.
El Consejo de Fuenlabrada, formado por carpinteros, agricultores, antiguos profesores y dos médicos jóvenes, convocó asamblea al mediodía en las gradas del antiguo polideportivo. Ana vio cómo el alcalde de facto, un hombre ancho de nombre Guillermo Plaza, subía al estrado y se ajustaba un micrófono conectado al altavoz de una vieja furgoneta Nissan.
—Hoy celebramos el aniversario de la reconquista de La Serna, gritó, la voz temblorosa por la vitalidad tanto como por el frío seco—. Hace tres años desalojamos la última horda de esos demonios. Hoy somos más, producimos más, vivimos más seguros.
El público, bien abrigado, aplaudió sin entusiasmo; no era un pueblo dado a las ovaciones, pero sí sabían lo que habían ganado y lo que habían perdido. El gerente del molino, una mujer menuda llamada Estrella, pasó lista de los alimentos racionados, distribuyó módulos para reparaciones y anunció un intercambio de semillas con Humanes, el enclave vecino.
Después de la asamblea, Ana se quedó a ayudar en la ‘guardería’. Ahora, la palabra adquiría otro matiz: velar por que los chiquillos no se metieran en las áreas no despejadas, que no tocaran la chatarra oxidada, que no cayeran en las acequias o, peor aún, tentaran a las patrullas de frontera con juegos demasiado cerca de las zonas que, según los vigías, aún apestaban a muerte.
Uno de los niños, Rubén, la abordó con la naturalidad nerviosa de los que han crecido sólo con relatos de terror y supervivencia:
—¿De verdad saldrán esta noche? Dicen que hay luces en el polígono, Ana.
—Seguramente sean los del otro lado —los vigías de Alcorcón o quizá las bandas que aún merodean entre naves y solares vacíos, sopesó Ana—. Cuando veas luces fuera de los muros, avisas. No debemos salir.
La tarde caía sobre la ciudad como una manta espesa. Las ventanas tapiadas con palets proyectaban líneas oblicuas de luz. Ana abandonó la guardería y se unió a la brigada que patrullaba el perímetro: la ruta recorría desde el centro comercial Loranca hasta los rieles de MetroSur, ahora convertidas en ‘tierra de nadie’, que separaban Fuenlabrada de los restos de Leganés.
A la patrulla la acompañaba Jacobo, un muchacho de veinte años con una cicatriz en el pómulo, memoria viva de una escaramuza contra saqueadores el otoño anterior.
—Mi abuela cuenta que en estas fechas los Reyes Magos llenaban plazas así —dijo Jacobo, mientras repasaba con un palo puntiagudo los arbustos creciendo entre los adoquines—. Ahora solo cambiamos pan por balas.
—Hace tiempo que no pienso en esas cosas —Ana confesó—. La idea de una cabalgata… Es casi divertida.
Ambos rieron, pero la risa sonó hueca contra el viento helado y el aire inmóvil.
A solo un kilómetro de la muralla, donde las fábricas de pinturas y metales habían sido abandonadas a los zombis y a las bandas nómadas, un eco distante resonaba. Pero donde antes rondaba el terror, ahora predominaban la vigilancia y la rutina. Solo en las noches de viento —cuando la radio militar interceptaba mensajes cifrados sobre avistamientos de hordas en las autopistas— regresaba el pánico antiguo.
En un recoveco, cerca del colegio Alhucema, la patrulla de Ana recogió un silbido. Se agruparon, armados con lanzas improvisadas, palas viejas y una escopeta de caza —de las últimas en funcionamiento, con más remaches que cañón original—. Pronto apareció un muchacho desaliñado, cubierto de polvo, con un brazalete blanco: un mensajero de la ruta de comercio.
—Vengo desde Parla. El convoy necesita refugio. Hubo un incidente en la vía de Torrejón.
El Consejo fue informado al anochecer. Guillermo y Estrella recibieron a los visitantes en el viejo ayuntamiento, convertido en cuartel general. Ana ayudó a distribuir mantas y comida entre los recién llegados: dos mujeres, dos niños y un anciano con tobillo vendado. Relataron que una banda —tal vez Griñón, tal vez los del Alcampo de Móstoles— había saboteado el puente en la antigua M-506. Solo lograron escapar porque una pequeña horda, rezagada y lenta, se cruzó con los saqueadores y propició la huida.
—Cuando empezaron a pelearse entre ellos supe que todavía teníamos una oportunidad, contó la mujer mayor, sujetando temblorosa una taza de café negro, bebida de lujo reservada para diplomáticos y médicos. El caos, aún después de tantos años, era tan valioso como un muro bien construido.
Esa quietud efímera de la noche, rota solo por las patrullas y el llanto de los niños pequeños, era el nuevo premio de los supervivientes. Un chico arrojó un bote al fuego del patio.
—¿Dónde estaba ese refugio?, preguntó Ana.
—En la nave de herramientas de la estación, dijo el anciano, casi sin voz. Allí nos escondimos hasta que la radio avisó de que la zona estaba limpia.
A la mañana siguiente, Ana se acercó a la torre del antiguo campo de fútbol. Desde allí se divisaba, al sur, el tapiz irregular de Fuenlabrada: los bloques de pisos yermados, los campos incipientes que se esforzaban por subsistir; al oeste, la línea gris y fantasmagórica de la gran ciudad de Madrid, aún un pozo de zombis y bandas errantes.
—Vamos mejorando —dijo Estrella, que había subido sin que Ana lo notara—. Este año plantaremos más maíz. Dicen que las semillas nuevas funcionarán mejor.
—¿Crees que Madrid pueda volver a ser un hogar?
La mujer no contestó al principio. Se apoyó en la baranda oxidada, observando el horizonte impreciso y los jirones de niebla baja.
—Madrid será una leyenda para nuestros nietos, Ana. Nosotros haremos lo que podamos aquí, y quizá, algún día, ellos crucen ese río muerto y lo hagan suyo.
Sonrieron, pese a todo. A lo lejos, unas figuras minúsculas despejaban una cuneta infestada con antorchas y redes; la zanja que separaba a Fuenlabrada de lo desconocido era tan simbólica como real.
Por la tarde, la plaza bullía con el trueque de siempre. Había montado un pequeño teatro, como antes hacían los jubilados, y representaron títeres con mensajes de esperanza: historias de un futuro donde la electricidad volvería, donde las avenidas serían limpias y donde, quizás, los zombis solo fueran un cuento para asustar a los niños rebeldes. El público —gente de todas las edades, hombres y mujeres tullidos, niños extrañamente alegres— reía sobre los adoquines.
Sin embargo, nadie olvidaba las patrullas. Al caer la noche, un relámpago de linternas recorrió el final de la avenida Europa: otra patrulla, otros refugiados, otra historia de peligro y de viaje. Los perros en la muralla ladraron, mitad alerta, mitad esperanza. Un tambor improvisado marcó la alarma: avistamiento, pero no ataque. Había aprendido a distinguir entre la histeria y la vigilancia; ahora, el miedo era selectivo y racional.
Ana volvió a casa exhausta. Su madre, sentada frente a una lámpara de queroseno, tejía una bufanda roja para la nieta recién nacida.
—¿Sigues pensando en salir a mirar Madrid algún día?
—Quizás, mamá. Pero aquí está bien. Aquí sabemos quiénes somos.
La vieja la miró, dulce y pesarosa.
—Aquí sobrevivimos. Algún día viviréis.
El día terminó con el rumor de los generadores, ya bajo mínimos, y el crepitar suave de la leña. Afuera, una nevada comenzaba a caer sobre la ciudad fortificada, cubriendo de blanco las huellas de quienes reconstruían, día a día, el futuro. El viento traía ecos del viejo mundo —caretas de Reyes Magos olvidadas, letras de villancicos y sabor a churros y chocolate— pero en Fuenlabrada la vida seguía, obstinada, entre muros y desafíos. Algunos, como Ana y los suyos, habían aprendido que la esperanza era, en el fondo, la costumbre de no rendirse.
Allí, bajo la fina nevada, la ciudad comenzó otro día más en la larga reconstrucción de la humanidad. Un ciclo aguardaba: si el grano crecía, si la siguiente horda pasaba de largo, si el trueque prosperaba y la siguiente generación crecía con más historias que miedos, entonces, tal vez, el invierno sería, por fin, solo una estación.
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