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Fragmento:


He salido al amanecer con Joaquín y Kim, dos de mis compañeros más antiguos. Nuestra misión era simple: asegurar que la zona del Embarcadero, cercana al viejo Ferry Building, siga libre de zombis y, sobre todo, de saqueadores forasteros. No podemos permitirnos perder acceso a la bahía, ahora que el comercio fluvial renace lentamente.

Duración: 11:06

El último resplandor en la bahía
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2029

Diario de Gabriel Torres

Amanecí envuelto en el sonido de la creciente bruma, el mismo eco que me ha acompañado durante los años, como un susurro antiguo que parece recordarme lo que fue y lo que podría haber sido. San Francisco, otrora un remolino incesante de tecnología, arte y diversidad, ahora duerme bajo la sombra de sus edificios esqueléticos y la persistente vigilancia de los muros improvisados. Por momentos, la bruma y el silencio son un bálsamo. Pero basta con mirar hacia el Golden Gate, plagado de vegetación salvaje y óxido, para entender que el pasado ya no existe.

Hoy ha sido un día especialmente difícil. Decidí escribir para no olvidar quién soy. Para evitar que los recuerdos se distorsionen bajo el peso de la costumbre y la supervivencia. Han pasado más de nueve años desde que la ciudad se quebró. Los zombis, que alguna vez fueron nuestro peor temor, han quedado relegados a un puñado de cadáveres tambaleantes en los túneles del BART o amontonados en zonas de sombra. El verdadero peligro ahora somos nosotros mismos. Hay saqueadores, sí—pero también comerciantes, idealistas, guardianes armados y niños que apenas pueden distinguir entre un cuento antiguo y la verdad.

Nuestro asentamiento se extiende por la zona de Telegraph Hill. Hemos fortificado varios edificios; la Coit Tower se usa como torre de vigilancia y, en su interior, como depósito para semillas y provisiones. San Francisco no es lo que fue, pero lo prefiero así antes que muerto. A veces es difícil recordar la ciudad en verano, llena de turistas y olor a café recién hecho. Hoy, la cafetería en la que antes serví capuchinos a ejecutivos y mochileros está llena de leña y sacos de alimentos secos. Las notas musicales siguen colgando de los muros, pero ya no suenan.

He salido al amanecer con Joaquín y Kim, dos de mis compañeros más antiguos. Nuestra misión era simple: asegurar que la zona del Embarcadero, cercana al viejo Ferry Building, siga libre de zombis y, sobre todo, de saqueadores forasteros. No podemos permitirnos perder acceso a la bahía, ahora que el comercio fluvial renace lentamente.

En el camino cruzamos Lombard Street, donde las curvas ahora son un laberinto de barricadas. No hay flores; solo zarzas y algún esqueleto vestido aún con chaqueta de visitante. Kim me preguntó si pensé alguna vez que viviríamos hasta ver el día en que los zombis fueran el menor de los problemas. No supe qué responderle. A veces siento que sobreviví demasiado tiempo.

Llegamos al Embarcadero poco antes del mediodía, cuando la niebla comenzaba a receder y el sol se filtraba apenas sobre los estandartes improvisados. El Ferry Building es uno de los centros de comercio y reunión entre asentamientos de la bahía. Hoy hay feria: cajas de conserva, pilas de leña, ropa fabricada de retales, algún barril de sal seca para preservar pescado. Son intercambiados con un sistema de señales, saludos, y cruce de miradas. Aquí ya nadie lleva armas a la vista, pero todos estamos armados, aunque sea con cuchillos viejos o cachiporras hechas de tuberías municipales.

En la plaza nos encontramos con May, una de las líderes de Mission District—alta, de cabello entrecano, ojos que jamás parpadean. Ella negocia por medicinas y semillas, mientras varios vigías sobrevuelan la zona con drones reacondicionados. Vi uno de los pequeños quadcopters, apenas zumbando sobre nuestras cabezas. Pienso en los viejos días, cuando los drones repartían comida a domicilio, y sonrío con amargura.

Escuché un rumor en el mercado: la Confederación de la Península, con base en Palo Alto y Menlo Park, está negociando la reapertura parcial de la antigua línea de tren que conecta el sur de la bahía con Oakland. Hablan de reparar dos puentes menores para hacer circular pequeños vagones tirados por caballos. Dentro de poco, dicen, podrán traer metales, sal y hasta cerámica de la otra orilla. Quizás sí tengamos un futuro donde el comercio no implique arriesgar la vida cada dos kilómetros.

Joaquín y Kim intercambiaron parte de nuestra última cosecha de papas y semillas de chía por una caja de máscaras antigas, varias de ellas fabricadas con impresoras 3D recuperadas. Jamás imaginé que el legado de Silicon Valley sería la producción de filtros de aire y pequeños repuestos para armas artesanales. Kim negoció durante horas una vieja radio militar. No funcionan bien, pero es suficiente para comunicarnos si llega alguna alerta de hordas de zombis rezagados o de las bandas más violentas que pululan por el este, cerca de las ruinas de Berkeley.

A la tarde regresamos por North Beach, vigilando las calles aún plagadas de recuerdos y grafitis de resistencia. Pasamos al lado del antiguo City Lights Booksellers & Publishers. La librería aún resiste, aunque las estanterías ahora suelen albergar manuales de primeros auxilios y guías de agricultura. La poesía, dice un letrero, sigue siendo bien recibida, pero solo si ayuda a sobrevivir. Kim recogió un pequeño tomo de Ferlinghetti y lo guardó entre sus ropas, como si fuera oro.

De vuelta en Telegraph Hill, tocamos las campanas con el código convenido: tres toques, pausa, dos toques, pausa larga. Es la señal de que todo está en orden. Sonamos las campanas todos los días, a la misma hora, para avisar a los vigías del otro lado de la bahía. Es raro cómo un simple sonido puede convertirse en un ritual imprescindible, un eco de civilización en medio del vacío.

Por la noche, cuando la bruma volvió a asomarse desde el mar, me permití descansar. He cerrajo bien la puerta y encendido una pequeña lámpara de aceite. Desde mi ventana puedo divisar la silueta del Golden Gate. Ya no cruzan autos ni ciclistas, pero hay luces titilando: señales de algún grupo moviéndose en el lado norte. No sé si sentir miedo o esperanza. Puede que sean saqueadores, pero tal vez sean sobrevivientes buscando refugio.

Extraño la música, extraño el bullicio. A veces, por las noches, puedo oír fragmentos de una vieja canción; algún tocadiscos acciona entre cortos de energía. Somos pocos, pero la fiesta persiste en los corazones que se niegan a morir.

Me resulta inevitable pensar en el pasado. Al principio, cuando los zombis dominaban las calles, lo único importante era sobrevivir al siguiente día. Ahora, nuestra lucha es a largo plazo. Nos enfrentamos a la reconstrucción, a la memoria, a la esperanza de que este caos pueda convertirse en algo parecido a una sociedad, distinta, sí, pero no menos humana.

Hoy supe de una noticia: en Oakland iniciaron una pequeña hidroeléctrica usando parte del equipamiento de una planta olvidada. Incluso lograron iluminar una calle entera durante una noche completa. No parece un gran logro, pero para nosotros es el equivalente a un festival de luces. Los niños cuentan historias de ciudades que alguna vez brillaron por las noches y sueñan con revivir ese milagro.

Nuestra comunidad registra los nacimientos, los cultivos, e incluso los robos y disputas. No hemos recuperado la justicia que conocíamos antes, pero tratamos de resolver los conflictos con reuniones abiertas y juicios sencillos. El exjuez Owens, que sobrevivió a la primera oleada de zombis, lidera esas sesiones como una especie de nuevo sabio local. Nadie sabe hasta cuándo podrá con la tarea. Algunos temen que, al crecer, los niños nunca entiendan qué era una ciudad libre ni qué significaba caminar sin miedo.

Mi hermano Daniel tiene dos hijos pequeños. Les contamos historias del tranvía recorriendo Market Street, de los barcos al atardecer. No entienden bien los conceptos, pero dibujan puentes, olas y bicicletas en cualquier trozo de papel que encuentran. Para ellos, la vida siempre fue así: muros, cultivos, noches de guardia y las jaulas donde aún mantenemos gallinas y conejos.

Algunos dicen que la verdadera reconstrucción apenas comienza. Todavía hay zombis en los sótanos de grandes almacenes y túneles de metro, pero cada vez más nos dedicamos a limpiar casas, plantar en azoteas y construir molinos para recuperar algo de energía autónoma. Las viejas escuelas se usan como almacenes, pero ya comenzaron clases informales para niños y jóvenes. En los patios, se oyen voces recitando alfabetos y tablas de multiplicar. Daniel suele decir que el día que volvamos a ver fútbol en un campo improvisado, sabremos que todo cambió realmente.

Por la noche, el consejo del asentamiento se reunió para decidir sobre la llegada de un grupo de refugiados desde Daly City. No hay espacio fácil, ni recursos de sobra, pero se votó por aceptar a cuatro familias, con la condición de que ayuden en la reconstrucción de los huertos verticales. Recuerdo las primeras semanas, cuando no dejábamos que nadie nuevo se acercara; ahora preferimos arriesgarnos antes que perder la humanidad.

La frontera entre ciudades antes era invisible. Hoy cada kilómetro es una expedición. Los mapas dibujados a mano son tesoros, y los exploradores guardan rencor a las calles tapadas por coches abandonados y vegetación. De vez en cuando surgen rumores de tesoros ocultos: un depósito con medicinas en la Clínica Zuckerberg, una caja fuerte en Chinatown repleta de oro y recuerdos. Pero la mayoría hemos dejado atrás la obsesión por el saqueo. Sobrevivir significa encontrar sentido en los días, en las horas, en el simple hecho de plantar una semilla y verla crecer.

Afuera cae una llovizna, ligera pero fría, y pienso en quienes viven aún bajo lonas o refugios improvisados, sobre todo más al sur, cerca de los pantanos industriales donde la infección aún ronda como una amenaza latente. No estamos a salvo, ni por asomo. San Francisco sigue siendo un sitio peligroso, pero ahora creemos que vale la pena defenderlo. Nadie aquí olvida que la ciudad fue levantada sobre ruinas antes, renaciendo siempre tras cada golpe: incendios, terremotos, pandemias. Ahora, el enemigo es más lento, más putrefacto, pero no menos real.

Termino esta página con esperanza y miedo. Soy testigo de pequeños milagros: la recuperación de una acequia para riego, el nacimiento de una niña llamada Hope, la reparación de una antena de radio que ahora transmite noticias entre Marin y San Mateo. Y también del horror: los gritos de auxilio, los saqueos, la parálisis ante la muerte que aún ronda.

Me pregunto si algún día, cuando hayamos domado la plaga y reconstruido el puente del Golden Gate para algo más que señales de advertencia, volveremos a abarrotar Union Square, a reír sin mirar primero sobre el hombro. Puede que no. Pero si yo sobrevivo, quiero escribirlo todo, para que alguien sepa que, entre la ruina, fue posible reír, amar, y soñar.

Gabriel Torres.

San Francisco, 14 de noviembre de 2029.

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