Fragmento:
—Dos caídas esta semana —respondió Lola, quitando la pólvora de debajo de sus uñas con la punta de la navaja—. La sección del Caracol. Dicen que fue por humanos, no por muertos… gritos de madrugada, pero nadie quiere ir a ver si queda algo.
Duración: 09:55
19 de Noviembre de 2026.
Las hojas caídas hacían remolinos de color rojo y marrón en las esquinas de la Plaza de España, mezclándose con la ceniza y el polvo que durante tantos meses el viento arrastraba sin descanso por Sevilla. A veces, desde las arcadas aún en pie, se escuchaban ráfagas de ametralladoras a lo lejos, probablemente de algún asentamiento resguardando su cosecha de las bandas que seguían merodeando entre los barrios desiertos. Hacía tiempo que los zombis no eran mayoría, pero cualquier humano superviviente en aquel mundo sabía que un solo mordisco aún podía significar el desastre. La enfermedad resistía, viva en la carne de los recién caídos, y en los oscuros túneles del Metro, decían, aún gemían docenas de muertos que jamás verían la luz.
El sol de la tarde se escurría suave entre los muros agrietados del Real Alcázar, donde Ramón había aprendido a construir trampas y a usar una ballesta fabricada con piezas de coches viejos—uno de los muchos oficios nuevos del Sevilla pos-apocalíptico. A sus 27 años, era ya un veterano del trueno y la escasez, un superviviente de mirada desconfiada incluso ante los suyos. Giró al escuchar tras de sí el golpeteo de madera y metal: era Lola, su compañera de patrulla, con el cabello recogido en una trenza corta y una escopeta a la espalda.
—La noria está girando —anunció, sin molestarse en saludar. Ramón asintió. Esa era la señal de que el canal improvisado seguía trayendo agua suficiente para las huertas reforzadas del parque de María Luisa. En aquellos días, el flujo de agua era un lujo y una bendición.
—¿Cómo va el muro? —preguntó Ramón, señalando con la barbilla hacia el sur, donde el boulevard de las Delicias cortaba la ciudad como una cicatriz entre el Guadalquivir y los barrios en ruinas.
—Dos caídas esta semana —respondió Lola, quitando la pólvora de debajo de sus uñas con la punta de la navaja—. La sección del Caracol. Dicen que fue por humanos, no por muertos… gritos de madrugada, pero nadie quiere ir a ver si queda algo.
Ramón lo sabía: el hambre y la desesperación hacían que los vivos, en ocasiones, fueran más letales que los zombis envejecidos. La última emboscada había dejado dos miembros de la comunidad amputados y a un tercero enterrado bajo una cruz improvisada en la iglesia de Santa Ana.
—Mañana habrá consejo —dijo él—. Quieren discutir si montar más guardias o levantar otra barrera con coches.
Lola no respondió al instante, sus ojos estaban puestos en la Torre del Oro, lejanas las siluetas de los centinelas apenas visibles entre las zarzas y los paneles de chatarra.
Durante el consejo de aquella noche, bajo la bóveda de piedra de la Catedral, las voces resonaban entre las columnas. Habían tapiado casi todos los accesos y encendían hogueras en los altares laterales, no por blasfemia, sino por simple supervivencia. Alrededor, veinte adultos —hombres y mujeres— debatían con la urgencia de los que saben que cualquier desacuerdo puede ser fatal.
—El grupo de los Remedios va a exigir semillas a cambio de dejar pasar comida de los puertos —advirtió el nuevo jefe de la guardia, un ex-maestro que había matado a su primer zombi con la barra de una cortina de ducha—. Y nos faltan manos para la cosecha de invierno.
—¡No podemos ceder! Esas semillas pueden suponer el doble de alimentos la próxima primavera, pero si nos cortan el paso, muchos morirán de hambre antes —replicó Sor Aurora, la monja anciana que oficiaba los ritos y cuidaba de los huérfanos.
Después de mucho tira y afloja, acordaron intercambiar armas caseras y municiones viejas por el derecho de paso en Puente de Triana, y reservar sus semillas con la esperanza de otra estación fértil. Ramón y Lola recibieron la tarea más ingrata: patrullar al amanecer por los callejones entre la plaza del Altozano y la calle Betis, una zona que se había vuelto peligrosa tras el último ataque de los saqueadores.
Al romper el alba del 20 de noviembre, Sevilla vibraba en un silencio extraño. El Guadalquivir, más sucio que nunca, arrastraba ramas y plásticos. Las barcazas improvisadas que alguna vez transportaron suministros ahora dormían volcadas en la orilla sur, corroídas de abandono.
Caminando con paso sigiloso, Ramón y Lola inspeccionaban cada sombra, cada esquina. Portaban palos con clavos y cuchillos atados a palos de escoba, y un viejo revólver con tres balas, uno de los últimos recuerdos de una armería saqueada en los primeros días de la plaga.
—¿Echas de menos algo? —preguntó Lola de repente, mientras pasaban frente al Mercado de Triana, convertido en un refugio fortificado.
Ramón pensó. Echaba de menos muchas cosas: la música, los bares llenos, el olor del café y el bullicio de las procesiones por la primavera. Pero se encogió de hombros.
—Echo de menos el miedo que teníamos antes. Era miedo… ¿cómo decirlo?… humano. Ahora, no sé si llamarlo miedo o solo… costumbre.
Lola sonrió por primera vez en días, sus dientes brillando en la penumbra bajo una cornisa ennegrecida por el humo.
De repente, un estallido acústico les puso en alerta: un disparo. Venía del callejón de la Almedina. Ramón pegó la espalda contra la pared y se deslizó hasta la esquina. Asomó con cuidado y vio un espectáculo familiar: dos cuerpos en el suelo —uno humano, el otro apenas una sombra putrefacta— y una figura encapuchada rebuscando entre lo que quedaba del difunto vivo.
Lola cargó la escopeta muy despacio.
—No es de los nuestros —murmuró Ramón—. Pero lleva brazalete azul. Los del Polígono Sur.
El forastero vio a los patrulleros y levantó las manos. Era una muchacha joven, demacrada, con mirada feroz y manchas de sangre seca hasta el codo.
—Trato —gritó en voz baja, mostrando que no buscaba pelea—. Tengo azúcar, necesito antibiótico. Vengo sola; me atacó este cabrón. ¡No busco líos!
En otros tiempos, Ramón habría negado sin dudarlo. Pero el mundo ya no era blanco y negro, y el azúcar era un bien escaso.
Marcharon juntos hasta el bordillo del puente. Lola inspeccionó a la chica; no estaba mordida. Sacaron una caja de pastillas del botiquín de la comunidad y cambiaron por una botellita de azúcar cristalizado, extraída de alguna factoría abandonada de San Pablo.
—¿Cuántos sois en el Polígono? —preguntó Ramón, curioso.
—Unos cuarenta, tras la última fiebre. Todos nos estamos muriendo, lento. Si encuentran un remedio, más allá, en los hospitales… ya no lo comparten. Vivimos día a día —respondió ella, aceptando el trueque con desconfianza, agradecida y asustada a partes iguales.
Antes de despedirse, señaló hacia el casco antiguo.
—Avisadle a vuestra gente: los desolladores cruzaron el canal anoche. Han montado una barricada con coches cerca de Santa Justa. Pelean entre ellos, pero si os ven cerca, disparan primero y preguntan después.
Las amenazas humanas no dejaban de crecer, y aunque los zombis eran ya una plaga agotada, la violencia seguía siendo una constante en los días cortos y fríos del final de noviembre.
Horas después, de regreso a la Catedral, Ramón y Lola hallaron el consejo en estado de alarma. Dos niños habían desaparecido durante el reparto de agua. Nadie había visto ni oído nada. Se organizaron rápidamente grupos de búsqueda. Había demasiados rincones oscuros en la Sevilla abandonada para sentir esperanza.
El primer grupo peinó la Judería sin resultado. Otro se internó por la Avenida de la Constitución, vigilando los comercios tapiados donde el eco de pasos atraía a los pocos zombis aún activos.
Ramón y Lola fueron hacia la Maestranza, esquivando huesos y bolsas de basura. Al pasar junto a una vieja librería saqueada, escucharon un gemido sordo. Era el sonido grave, antiguo ya, pero inconfundible de un infectado.
—Ahí, entre los escombros —susurró Lola. Cargó la escopeta y Ramón tensó el arco. Tras una estantería caída, hallaron una pequeña cripta improvisada; dentro, entre libros polvorientos y telarañas, un zombi se arrastraba con torpeza hacia un bulto acurrucado: los dos niños, sujetando un cuchillo con manos temblorosas.
No hubo tiempo para vacilar. Lola disparó a bocajarro al muerto viviente, que levantó una nube de polvo y sangre negra antes de desplomarse. Ramón extrajo a los niños, ambos en shock pero ilesos. Habían sobrevivido atrincherándose tras el mobiliario y ahuyentando al infectado hasta quedar acorralados.
De vuelta hacia el corazón del refugio, ambos sintieron una nueva clase de cansancio, no el físico, sino ese agotamiento antiguo que viene de vivir siempre al borde del abismo.
Esa noche, sentados junto a una hoguera, Ramón confesó en un susurro: —Quizá lo que más echo de menos es dormir sin tener que soñar con muertos.
Lola asintió y, por un instante, le tomó la mano. Fuera, Sevilla dormía, velada por centinelas y cruzada por miles de cicatrices. Los tejados reflejaban el brillo apagado de la luna. Mañana buscarían la forma de reforzar el muro, de negociar con los forasteros y de cultivar lo poco que aún pudiera crecer en un suelo extenuado.
De vez en cuando alguna campana lejana, oxidada y apenas audible, sonaba por error: el viento meneaba el badajo de la Giralda como si alguien, en otro mundo, tocara a misa. Pero ya nadie respondía a ese llamado.
Nada era igual y, sin embargo, todo seguía: los muertos más quietos, los vivos más fríos, y Sevilla, la ciudad eterna, suspendida en un tiempo de miedo, barro y ceniza, a la espera de un nuevo domingo de resurrección que, alguna noche de estas, quizá por fin llegaría.
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