21 de noviembre de 2027
La niebla del Guadalquivir se arremolinaba en las primeras horas de la mañana, envolviendo la ciudad de Sevilla en un manto grisáceo tan denso como los recuerdos de tiempos mejores. Por la avenida de Torneo, donde antaño circulaban coches y turistas, solo quedaban escombros, viejos vehículos convertidos en barricadas y, de vez en cuando, el eco de pasos apresurados que desaparecían en la bruma. El río, que había sido la arteria vital de la ciudad, ahora era poco más que una frontera natural entre zonas seguras y las ruinas aún infestadas de la vieja Sevilla.
José Antonio, de treinta y cuatro años, vigilaba con ojos atentos desde la almena del muro, en lo que antes había sido la entrada a la calle Arjona. El último turno no había dado problemas, solo algunos merodeadores humanos a los que reconocieron y dejaron pasar bajo tributo de harapos y una bolsa de alubias. Los zombis eran ahora una rareza; solo aparecían de vez en cuando, arrastrando los pies hinchados y la carne deshecha, peligrosos solo para los incautos o los imprudentes. Los verdaderos problemas los daban los grupos nómadas que intentaban saquear o las bandas armadas de Dos Hermanas y La Algaba que probaban suerte en las noches sin luna.
El sol despuntaba entre nubes sucias cuando sonó la campana de la Torre del Oro, reconvertida en atalaya de señales. Dos campanadas: peligro menor, pero presencia de gente armada en las inmediaciones. José Antonio descendió a toda velocidad, su escopeta de dos cañones colgando a la espalda. Cruzó la calle, flanqueado por barricadas construidas con puertas arrancadas, colchones y acero reforzado, hasta llegar a la plaza improvisada entre lo que quedaba de la estación de autobuses de Plaza de Armas y el Mercado del Arenal.
Allí, una veintena de supervivientes aguardaban junto a los tenderetes. Era día de feria de trueque, un acontecimiento cada vez menos frecuente desde que los caminos hacia Sanlúcar y Carmona habían sido cerrados por las incursiones de saqueadores. Había ganado escaso —principalmente cabras y gallinas—, algo de pan cocido en hornos de barro y, lo más preciado, polvo de pólvora y cebollas tiernas, recién cosechadas en un huerto improvisado junto a las antiguas vías del tren.
José Antonio se dirigió al consejo, compuesto por antiguos profesores, un par de agricultores de la Vega, una enfermera y una viuda testaruda que manejaba el mercado con puño de hierro. Todos lo miraban con el ceño fruncido. El aire denso olía a sudor, tierra y miedo.
—¿Cuántos son esta vez? —preguntó la enfermera, Inmaculada, ajustándose el pañuelo que le cubría el cabello canoso.
—Tres, tal vez cuatro —respondió José Antonio—. Van armados, pero no parecen tener intención de atacar de inmediato. Son de La Algaba. Reconocí los harapos de uno. Han matado ya en el pasado, pero nunca han intentado cruzar nuestros muros.
Un murmullo recorrió la plaza. En este tiempo, la presencia de forasteros armados era motivo suficiente de alarma. Los asaltos de los últimos meses habían menguado la población de Sevilla murallada de más de dos mil a poco menos de mil ochocientas personas. No todos habían sucumbido bajo dientes podridos, sino bajo cuchillos humanos. La ciudad, aunque amurallada y con una milicia más o menos entrenada, era como un fuerte asediado, tenso, vibrante y cansado.
—No podemos arriesgar el mercado de hoy —dijo la viuda, Cruz, sin titubear—. Es la última feria del mes. Si los comerciantes de Alcalá o Mairena se van, perderemos suministros para semanas.
—¿Y si vienen buscando venganza? —preguntó un joven, antiguo estudiante de económicas de la Universidad.
—Entonces haremos lo de siempre — dijo Cruz, señalando a los arqueros que custodiaban las almenas—. Mostramos nuestra fuerza y negociamos. Hoy nadie necesita una guerra.
El consejo se dispersó entre gestos de recelo. José Antonio, aún tenso, se dirigió al extremo norte del muro. Desde allí se divisaba la Cartuja, convertida en un mausoleo silente donde solo los cuervos tenían entrada garantizada. El río seguía su curso imperturbable, y a lo lejos las torres de la basílica de la Macarena se recortaban contra el cielo plomizo, desafiantes e intactas.
Sin pensar demasiado, regresó a la plaza, donde algunos niños jugaban con pelotas de trapo bajo la atenta mirada de dos maestras. Uno de ellos, Rubén, sobrino de José Antonio, se le acercó con una sonrisa.
—¿Hoy habrá música, tío?
José Antonio fingió una sonrisa. Cada feria de trueque era ocasión para celebrar algo de vida, aunque solo fuera el tañido de guitarras viejas o la voz rota de algún superviviente que recitaba coplas flamencas. Habían recuperado fragmentos de viejas canciones guardadas en libretas, y a falta de grabaciones, las cantaban como quien reza para mantener vivos los recuerdos.
—Si todo va bien —respondió, revolviéndole el pelo—. Pero acuérdate de no alejarte de la plaza, ¿de acuerdo? Si suena tres veces la campana, corres a casa de tu yaya y no preguntas.
Rubén asintió con la solemnidad de la infancia criada en catástrofe. Se alejó corriendo, escoltado por su hermana pequeña, que arrastraba una muñeca hecha con trapos y botones. José Antonio sintió una punzada de responsabilidad aguda. No era padre, pero en estos años todos se habían convertido en algo parecido para los hijos de otros.
El sol alcanzaba su cénit cuando llegaron los visitantes de La Algaba. Iban cubiertos con mantas raídas, pero los reconoció por las cicatrices y las armas: dos machetes y una vieja pistola cuya efectividad sería dudosa si no intimidara tanto. Portaban unas bolsas casi vacías y el aspecto derrotado de los que solo conocen la violencia.
El intercambio fue tenso. Traían pieles curtidas, algo de cuero, dos botellas de aguardiente casero y, lo más valioso, sal. Pedían por ellas semillas, medicina —especialmente penicilina— y una pequeña cantidad de pólvora negra. Los líderes del consejo regatearon con la destreza de quienes han negociado la vida y la muerte más veces de las que quisieran. Finalmente, la transacción se realizó bajo la supervisión atenta de los arqueros de la muralla. Los visitantes se esfumaron tan pronto obtuvieron lo que querían, dedicando una última mirada viscosa a la ciudad fortificada.
Por la tarde, la tensión se disipó poco a poco. Un grupo de músicos improvisados, entre los que estaba Margarita, la hija de la enfermera, afinó una guitarra y un par de flautas talladas de caña. Entonaron primero “Sevilla tiene un color especial” y después una soleá temblorosa que arrancó lágrimas incluso de los más duros.
José Antonio, con un cuenco de lentejas en la mano, se sentó a observar la plaza. Era un espectáculo extraño y vibrante. Algunos bailaban, pocos, porque el cansancio era grande, pero todos aplaudían y reían. La celebración, aunque modesta, les recordaba que seguían vivos, que aún eran gente capaz de sufrir y reír en la misma jornada.
Al caer la noche, encendieron lámparas de carburo y candiles de aceite. Los centinelas repasaron el sistema de señales: tres fogatas en la Giralda, banderas rojas en los puntos de posible entrada. Aun temiendo que la noche trajera otra amenaza, la ciudad se relajó lo justo como para permitirse un suspiro colectivo.
En una esquina del improvisado parvulario, las maestras leían en voz alta el único libro ilustrado que quedaba entero: una vieja edición de Platero y yo. Los ojos de los niños se abrían ante palabras que sonaban profundas y misteriosas, como si pertenecieran a otro idioma. José Antonio se unió al círculo, dejando caer la escopeta sobre las rodillas.
—¿Por qué ya no viajamos, tío? —preguntó Rubén, mientras la voz de la maestra se detenía un momento entre capítulos.
José Antonio miró al grupo de pequeños, todos atentos, esperando no una respuesta definitiva sino un atisbo de esperanza. Tomó aire.
—Viajaremos otra vez, Rubén. Cuando los caminos sean seguros. Cuando sepamos que no solo nos esperan dientes podridos o gente con las manos manchadas de sangre. Por ahora, aquí estamos bien. Aquí somos muchos, y juntos somos fuertes —respondió, sabiendo que la mentira era parcial, pero necesaria.
La maestra retomó la lectura, y la noche envolvió la plaza en un halo de paz frágil. Un remolino de viento arrastró el eco de los cantares y las risas por las calles vacías de Triana, por los puentes cerrados, por los arcos de la Macarena.
Solo en la madrugada se escuchó un disparo sordo a lo lejos, tal vez el fin de una disputa entre saqueadores, tal vez un ajuste de cuentas. Nadie acudió a comprobarlo. Aprendieron, con el tiempo, que la curiosidad mataba más a menudo que cualquier plaga.
José Antonio terminó su guardia en la almena este, mirando la luna recortada sobre la Torre Sevilla, aún intacta pero desierta. En el horizonte, una línea de humo delataba la existencia de un asentamiento más allá de lo que antes fue San Juan de Aznalfarache. Quizá, algún día, los caminos volverían a ser rutas de encuentro y no de peligro.
Por la mañana, despertó a la ciudad el tañido lento de la campana: una llamada a consejo extraordinario. Las noticias de la noche no tardaron en llegar. Los centinelas de la otra orilla habían visto movimiento de una pequeña horda cerca de la Isla Mágica. No eran muchos zombis, pero sí suficientes como para exigir un esfuerzo de contención.
El consejo se reunió bajo la sombra de un toldo. Había que decidir: salir y limpiar el sector, arriesgando vidas, o fortificar posiciones y esperar que la horda pasase de largo. Al final, decidieron lo segundo. Ahora, con el invierno cercana, los zombis solo se movían durante el día, y preferían los lugares cálidos y llenos de vida. Sevilla seguía demasiado viva para ser ignorada. Pero también sabían que no podían bajar la guardia ni confiarse.
Las jornadas siguientes se sucedieron sin grandes sobresaltos. Algunos perros, medio salvajes, patrullaban entre los campos de cultivo del extrarradio, ahuyentando a los carroñeros. Los nuevos molinos comenzaban a girar junto al río, produciendo energía suficiente como para hacer funcionar, una vez a la semana, una radio de baja potencia. Las transmisiones captadas discutían noticias de otros asentamientos: Córdoba, donde ya había una incipiente red de comercio de sal y trigo; Granada, con su fortaleza en la Alhambra; Málaga, aún infestada.
A veces, por la tarde, José Antonio ayudaba a los agricultores a reparar los canales de riego en los jardines del Alcázar, convertidos en huertos de emergencia. Allí las hortalizas brotaban entre naranjos y granados, y el olor a tierra húmeda parecía capaz de ahuyentar todos los males del mundo.
La ciudad envejecía al ritmo de las historias contadas junto al fuego. Algunos niños recibían clases rudimentarias en grupos reducidos. Aprendían a leer, a sumar, a plantar y a disparar un arco. No preguntaban por los teléfonos móviles ni por la electricidad; esas cosas eran tan añejas como las leyendas de la Hispalis romana que algunos ancianos narraban con sorna.
En la noche del 28 de noviembre, una tormenta eléctrica iluminó la Giralda como un faro antediluviano. En lo alto, un grupo de jóvenes, hijos de la generación de la peste, ondeó una bandera improvisada con los colores de Sevilla: blanco y rojo. José Antonio la observó, sintiendo por primera vez en años un orgullo insólito. Sobrevivían. Y en cada pequeño avance, en cada trueque que no acababa en sangre, en cada niño que aprendía una nueva palabra, Sevilla renacía, necia y flamenca, plantando cara a la noche perpetua que el mundo había sufrido.
A la distancia, el viento trajo el eco de un estribillo, débil pero claro: Sevilla resiste. Retumbó en las piedras, atravesó la neblina y llegó hasta el corazón de quienes, como José Antonio, ya no creían en milagros pero sí en la obstinación al sur de la esperanza.
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