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Portada del relato El invierno tras las murallas
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Fragmento:


A través de la óptica artesanal de Sergio, distinguimos dos figuras tambaleándose junto al cauce artificial. Se acercan con un andar errático, pero reconocemos en el rostro de uno la marca del tiempo: piel apergaminada y ojos opacos. El otro, aún con rastros de lo que fue uniforme de limpieza, está reducido a susurros guturales. Sergio apunta con la ballesta solo por precaución, pero ninguno supone una amenaza real. Abajo, algunos desalojan los cuerpos cuando es necesario, quemándolos en los barracones de la antigua estación del Norte, cuya chimenea humea noche y día.

Duración: 10:46

El invierno tras las murallas
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Texto de ajuste de pausa.

15 de enero de 2027.

La escarcha corona los canales secos del Turia mientras la niebla de un enero resquebrajado por los años oculta las formas rotas de Valencia. Lejos han quedado los días en que la ciudad bullía de turistas caminando entre las cúpulas brillantes del Oceanogràfic y las luces de la Ciudad de las Artes y las Ciencias se reflejaban sin amenaza en las aguas cristalinas del antiguo río. Ahora, la Ciudadela, así la llaman, se erige como una anomalía de vida en medio de las ruinas. Un refugio donde los rostros curtidos vigilan lo poco que han podido reconstruir y los niños, que jamás vieron una Fallas, juegan entre sacos de arena y trincheras con asombrosa naturalidad.

El amanecer apenas es un boceto, más gris que dorado, pero ya hay movimiento tras las empalizadas. Desde que nos organizamos como milicia regular hace seis meses, una rutina férrea modula el día: relevos en puestos, vigilancia constante de las alcantarillas, inventarios interminables de alimentos. Me llamo Paula y tengo 32 años. Antes era enfermera y vivía en un piso luminoso en Patraix donde coleccionaba postales de todo el Mediterráneo. Ahora, mi mundo termina donde termina el alcance de las flechas y el cerco de chatarra oxidada.

Hoy toca patrullar con Sergio, un ex maestro de historia, y con Nuria, adolescente rápida y aguda en la que todos veíamos reflejos de hijos perdidos o no nacidos. Caminamos el circuito externo. Al pasar junto al Mercado Central, las paredes tapizadas de grafitis y el mármol quebrado, resuenan nuestros pasos entre las vitrinas vacías. No queda nada que comerciar aquí salvo recuerdos. El olor no ha cambiado: mezcla de moho, desinfectante y humo de leña, persistente como el lamento de la ciudad vieja.

El zumbido de una radio rasgada nos pone en alerta. Es el canal de la puerta norte: “Posible movimiento en el Pont de Fusta, repito, visibilidad reducida pero vemos figuras”. En otras ocasiones, ese aviso habría significado que una horda menor buscaba refugio en los túneles subterráneos, pero últimamente apenas nos encontramos con zombis. La mayoría son lentos, los más viejos apenas logran arrastrarse, y entre nosotros ya circula el dicho: “no son el enemigo principal, solo la advertencia fantasma del pasado”. Los verdaderos problemas duermen en camastros, sueñan con poder, y a veces regresan con sueños de conquista desde las tierras del interior.

Subimos las escaleras de lo que fue una biblioteca para otear desde las ventanas rotas. Las calles están cubiertas de huertas improvisadas: lechugas, alcachofas, naranjos raquíticos que milagrosamente siguen dando fruto pese al aire contaminado. Allí, las viejas falleras mayores hoy arrancan hierbas y vigilan el crecimiento de las cosechas como si leyeran augurios en cada brote.

A través de la óptica artesanal de Sergio, distinguimos dos figuras tambaleándose junto al cauce artificial. Se acercan con un andar errático, pero reconocemos en el rostro de uno la marca del tiempo: piel apergaminada y ojos opacos. El otro, aún con rastros de lo que fue uniforme de limpieza, está reducido a susurros guturales. Sergio apunta con la ballesta solo por precaución, pero ninguno supone una amenaza real. Abajo, algunos desalojan los cuerpos cuando es necesario, quemándolos en los barracones de la antigua estación del Norte, cuya chimenea humea noche y día.

Al volver a la zona habitable, cruzamos junto a la muralla improvisada con bloques y camiones destrozados que protege la Plaza del Ayuntamiento. Allí, el consejo ha formado una especie de pequeño parlamento: tres puestos rotatorios elegidos entre los supervivientes, la líder-médico, el responsable de la defensa interna y el jefe de suministros. El sistema está lejos de ser democracia, pero estabiliza la convivencia. La última oleada de familias de Carcaixent y los tres camiones de Castelló han alterado la frágil paz: enfrentamientos, robos nocturnos, ese miedo viscoso que precede a cualquier colapso social reaparecen cuando la comida escasea o alguien se enfrenta al poder del consejo.

Se habla de una ofensiva de saqueadores, una banda que desde Paterna ha extorsionado aldeas menores. Los rumores de que colaboran con otros grupos para tomar recursos por la fuerza hacen que las noches sean tensas. Desde la torre improvisada en el Miguelete, las centinelas relatan haber visto hogueras en la distancia, y la decisión es reforzar el dispositivo defensivo en la noche.

Nuria se ofrece a adelantar el turno de guardia, aunque el frío la hace temblar. Le acaricio la cabeza como si fuera mi propia hermana pequeña. “Tendremos visita pronto”, dice lacónica. Y no habla de zombis. Sabe, lo sabemos todos, que el peligro humano es ahora el más real. Los vivos pueden pensar, planificar, odiar y traicionar.

En la zona de talleres lo que antes era una pensión de estudiantes huele fuertemente a aceite y metal. Allí, grupos de veinteañeros, aprendices de herrero y electricistas, reconstruyen partes de radios o fabrican flechas y cuchillos. El comercio con otras comunidades menores se hace a través de emisarios armados que cruzan a caballo hacia Alzira o Sagunt, trayendo a veces semillas, otras medicinas vencidas que aún pueden aprovecharse.

En un rincón del círculo de viviendas, Daniel, uno de los pocos carpinteros, trabaja la madera extraída del mobiliario de hoteles desmantelados. Ha enseñado a cinco niños a tallar arcabuces rudimentarios, a buscar nódulos para fabricar cuerdas y a distinguir la madera sana de la podrida. A veces, nos sentamos en torno a una de sus hogueras y él cuenta historias que empiezan en “antes de todo esto”, historias de los partidos y los fuegos pirotécnicos, de las verbenas interminables y del mar inalcanzable. Los niños escuchan como si hablara de dragones y castillos, pero una joven, Elena, refunfuña siempre: “Eso ya no importa. Lo que importa es que no entren”.

Esa tarde, el consejo reúne a todos para establecer una estrategia defensiva. La sombra de los saqueadores obliga a aplicar de nuevo el toque de queda. Se redistribuyen armas, se reparten raciones suplementarias de arroz con unas miserables rodajas de naranja. Los viejos se sorprenden de que los más pequeños nunca hayan comido una paella auténtica; aún queda arroz, pero no conejo ni pollo, y el azafrán se usó hace años. Lo que a todos sorprende es la aparición de un pequeño escuadrón llegado de Torrent, encabezado por una mujer morena de manos callosas llamada María, quien trae noticias alarmantes: grupos bandoleros de la llanura se han unido bajo la bandera improvisada de un “caudillo”, un antiguo jefe de policía que promete orden y saqueo para los que lo sigan.

La votación es rápida: se refuerzan las entradas, se duplican los turnos de guardia y se activa el sistema de señales. Un juego de espejos, humo de hierbas secas y campanadas desde San Nicolás advierten a los asentamientos aliados de cualquier movimiento hostil. Valencia, o lo que queda de ella, pretende resistir y, si es necesario, luchar.

Esa noche, casi no duermo. Por la ventana se filtra el resplandor rojizo de las hogueras. Escucho en la oscuridad el réquiem de las ratas en los intersticios de la muralla y el silbido agudo del aire colándose a través de tablones. Recuerdo el rugido lejano de las mareas en la playa de la Malvarrosa, ahora perdida, y siento un peso en el pecho: la certeza de que jamás la volveré a ver como antes.

La alarma suena cerca del alba. Desde la puerta sur llega un mensajero jadeante: exploradores han detectado movimiento sospechoso, un grupo grande desplazándose hacia el oeste, siguiendo el puente de las Artes. Se activan las sirenas —meros altavoces colgados a las entradas— y la ciudad despierta en un vaivén automático de defensa.

Bajo la dirección del responsable de defensa (un ex teniente del ejército que hace las veces de general y juez), los habitantes se organizan en cuadrillas. Las mujeres mayores se encargan de los niños y de la enfermería improvisada en el antiguo mercado de Colón. Los hombres y mujeres jóvenes, armados con lanzas, ballestas y palos fortificados con metales, se colocan en las posiciones designadas.

Con la primera luz del día, veo aproximarse al grupo forastero. No parecen saqueadores. Van cargados, algunos empujando carros. Detrás, dos bueyes tiran de un arado. Hay mujeres y un anciano al frente. Cuando están a unos cincuenta metros, se detienen. La delegada del consejo, una mujer mayor de piel curtida y voz firme, baja de la muralla y sale a su encuentro. Hablan largo rato, gesticulan y, finalmente, el grupo es admitido bajo estrictas condiciones: cesión temporal de herramientas y comida a cambio de colaboración en los campos comunes.

No es la invasión que esperábamos. Es el último reducto de una aldea de la Ribera destruida por incendios forestales y hordas errantes. Ahora, son nuestros. Celebramos la llegada en silencio, compartiendo el poco pan y caldo que tenemos.

Los días siguientes, la comunidad se reorganiza: clases improvisadas en una biblioteca, con pizarras desalojadas de una facultad abandonada; talleres de fabricación de compost; crianza de gallinas en los sótanos de un antiguo parking. No hay televisión —hace años se rompieron los últimos generadores solares—, pero nadie la echa realmente de menos. El entretenimiento es contar historias, enseñar a los niños a leer los astros o entrenarles en la vigilancia de los límites.

Algunos, como Sergio, piensan que la clave está en educar: enseñan cartografía con mapas viejos y papel reciclado. Otros, como Nuria, han establecido una patrulla de exploración que extiende el control hasta la Albufera, donde el agua aún permite riego limitado y, a veces, es posible pescar.

Pero el mayor cambio es invisible. Por primera vez desde el cataclismo, ciertas cosas empiezan a parecer posibles. Alguien trae semillas olvidadas, germinan por fin hortalizas nuevas, y los más jóvenes —incluidos los hijos de los recién llegados— preguntan por la vida “después de esto”.

Un día frío y soleado de finales de enero, mientras reparo una cerca junto a Daniel, escucho el canto inesperado de un petirrojo. Daniel sonríe: “Es señal de buen augurio, o eso decían los abuelos”. Preferimos creerle. Llevamos la esperanza como se lleva una herida: abierta, a veces salada, pero necesaria para avanzar.

Al caer la noche, subo a la muralla y miro a mi alrededor. A lo lejos, sobre las ruinas de la estación del Cabanyal, una pequeña fogata titila entre la bruma, señal de que otros sobreviven, resisten o, al menos, persisten en la reconstrucción. La luna ilumina restos de una ciudad que ya no existe, pero bajo esa claridad fría, en la Ciudadela, todavía vivimos. La amenaza zombie ha menguado, pero la de otros humanos sigue ahí, más traicionera y compleja. Sin embargo, en este enero de 2027, entre cosechas precarias, niños que aprenden a escribir otra vez y el rumor de los supervivientes, comienza otra era: el invierno tras las murallas se siente, al fin, un poco menos oscuro.

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