Fragmento:
Aquel 23 de enero, Carlos caminaba con paso cansado entre los setos de la avenida del Mediterráneo. Llevaba la escopeta al hombro. El sol no quemaba, pero el frío de enero era inesperado, aún en esa costa famosa por su microclima. La chaqueta militar —que le quedaba grande— era un vestigio de una Benidorm tomada por un destacamento del ejército el verano anterior. Ahora la mayoría de los soldados se habían esfumado o estaban muertos, y la munición era suficiente solo para espantar, no para resistir. Había aprendido a contar cada cartucho como si fuese una pepita de oro, y sabía que la mayor amenaza rondaba en forma humana, no solo en los cuerpos putrefactos que de vez en cuando se dejaban caer cerca del Balcón del Mediterráneo.
Duración: 12:53
23 de enero de 2021
El sol caía oblicuo sobre Benidorm, y la luz azulada del Mediterráneo no era más que un reflejo distante, ajena a los tiempos en los que la playa de Levante rebosaba de turistas ruidosos y sombrillas de colores chillones. Ahora el rumor principal lo dictaba el aire, arrastrando consigo partículas de sal y miedo. Hacía ya meses que nadie se atrevía a mirar hacia los hoteles que, erguidos y desafiantes, delimitaban el perfil de la ciudad y guardaban en sus entrañas los restos de una vida extinta. Sin Internet, sin luz eléctrica salvo las tímidas fogatas que humeaban discretas a lo lejos, la avenida principal se había encogido: ya no tenía más función que conducir a los pocos refugios improvisados.
Aquel 23 de enero, Carlos caminaba con paso cansado entre los setos de la avenida del Mediterráneo. Llevaba la escopeta al hombro. El sol no quemaba, pero el frío de enero era inesperado, aún en esa costa famosa por su microclima. La chaqueta militar —que le quedaba grande— era un vestigio de una Benidorm tomada por un destacamento del ejército el verano anterior. Ahora la mayoría de los soldados se habían esfumado o estaban muertos, y la munición era suficiente solo para espantar, no para resistir. Había aprendido a contar cada cartucho como si fuese una pepita de oro, y sabía que la mayor amenaza rondaba en forma humana, no solo en los cuerpos putrefactos que de vez en cuando se dejaban caer cerca del Balcón del Mediterráneo.
Carlos tenía 36 años. Antes de todo esto, era camarero en uno de los bares de la Playa de Poniente. Conocía el negocio lo justo, lo suficiente para sobrevivir entre vasos, turistas y propinas. Pero estos últimos meses le habían enseñado más sobre el silencio, el temor y el instinto de grupo que cualquier temporada alta de turistas británicos.
Ese mediodía buscaba algo: tabaco de liar o algún resto de botiquín sin saquear. No era una idea inteligente moverse solo, pero los otros sobrevivientes del pequeño grupo con el que vivía estaban cansados y enfermos. Aurora, la farmacéutica, había caído en una fiebre sospechosa, y Marcos, el viejo jardinero, sufría de una tos tan profunda que por las noches los obligaba a mudarse de cuarto para evitar atraer a los zombis con el ruido.
La farmacia de la esquina llevaba semanas saqueada, pero Carlos tenía un sexto sentido para el detalle: a veces, una caja mal caída, una bandeja tirada detrás de la caja registradora, un bolso olvidado tras el mueble podían suponer la diferencia entre morirse de un resfriado o seguir esperando la primavera.
Antes de entrar, repasó la calle vacía. El Mercadona de la avenida estaba tapiado; solo los destellos de una ventana rota y el brillo de los cristales sobre el asfalto recordaban que fue asaltado hasta dejar la estantería desnuda. Subió la acera, despacio, apretando los dientes para no dejar escapar el vapor de su aliento. Sabía que cerca de allí, entre las sombras de los portales, solían aparecer de repente cuerpos andantes, escurridizos, que reaccionaban ante el mínimo estímulo. Ya no corrían como al principio, pero aún eran capaces de dejarte sin escapatoria en el interior de un local pequeño.
La puerta del establecimiento estaba medio abierta. Empujó con el pie. El sonido chirrió por todo el pasillo, y un frío seco le recorrió la espalda. El interior olía a agua estancada, producto químico y sangre seca. Se obligó a entrar rápido. Sin linterna, caminó guiándose por la luz que penetraba como un hilo desde fuera. Sacó una pequeña navaja de pescador: la escopeta era de un solo cañón; en un espacio cerrado, usarla era lastre más que ventaja.
No tardó en encontrar lo que buscaba: una caja de paracetamol medio pisoteada entre los expositores de cosmética, y, suerte inesperada, un blíster de antibióticos a punto de caducar bajo el mostrador. Movió un paquete de vendas, buscando entre los papeles. De repente, el roce de unas suelas sobre las baldosas le heló la sangre. Se quedó muy quieto. Los pasos eran humanos, demasiado leves; los zombis apenas arrastraban los pies y hacían un ruido de papel mojado más que de zapato. Aun así, no se movió.
Una silueta flaca, de pelo muy corto, apareció al contraluz de la entrada. Se trataba de una chica, de unos trece o catorce años, que le miró detrás de una bufanda mugrienta. Ambos se miraron en silencio. La joven, agarrando un destornillador viejo, no dijo nada.
–No voy a hacerte daño —susurró Carlos, mostrando las manos—. Solo busco medicinas. Si te parece bien, nos vamos cada uno por su lado.
La muchacha no respondió. Miró su botín, el blíster y el paquete, y luego escudriñó la calle. Finalmente, retrocedió un paso y desapareció, tan rápido como llegó. Carlos respiró hondo, agradeciendo en silencio el sentido común ajeno: en esos tiempos, el silencio era sinónimo de vida.
No quiso tentar la suerte más tiempo. Salió de la farmacia y tomó rumbo al este, dejando atrás la avenida principal. El silencio era cada vez más sepulcral cuanto más lejos de la playa avanzaba. La falta de coches doblados al sol, de risas y de los altavoces callejeros con ofertas de discotecas y cenas baratas, era casi como una mutilación de la ciudad.
Su refugio estaba en el noveno piso del edificio Gemelos 28. Habían bloqueado el portal con muebles y cadenas, y subían y bajaban por la escalera de incendios que daba al patio trasero. Por la noche, desde esa altura, Carlos podía ver hasta el Peñón de Ifach, un faro solitario en el horizonte. Era un consuelo, algo que le recordaba que más allá de Benidorm, la tierra seguía existiendo.
Al llegar, dio la contraseña —dos golpes, una espera de tres segundos, y otros dos golpes—. Dentro, Aurora estaba tendida en el sofá, cubierta de mantas, pero apenas parpadeó al verle entrar.
—He encontrado esto —charló en voz baja, enseñando el botín a Marcos, que asentía, agradecido—. Que Aurora lo tome, a ver si mejora.
La noche cayó rápido. El grupo era pequeño: además de Aurora y Marcos, aún resistía Elsa, una noruega que hacía años veraneaba allí y que se negó a marcharse (“Mejor aquí con los míos que de vuelta entre extraños", había dicho), y los hermanos Ortega, dos chicos de veinte años con más miedo que ideas. Con el paso del tiempo, la relación entre ellos era menos una amistad que una alianza basada en la necesidad: el trueque había reemplazado la solidaridad. Cada miembro del grupo aportaba lo que podía, y quien no servía corría el riesgo de quedarse fuera. Nadie hablaba mucho de eso, pero todos lo sabían.
En la azotea se reunieron al anochecer. Se turnaron para hacer guardia. Benidorm, en ese enero de 2021, era un dédalo de peligros invisibles. El mar, incluso de noche, mantenía su rumor, insensible al drama que se vivía a su orilla.
Mientras Elsa calentaba un puñado de arroz en el hornillo de camping, Carlos se permitió mirar la ciudad en silencio. Las torres de apartamentos eran gigantes mudos, con ventanas negras, algunas apenas decoradas por cortinas rotas que bailaban con el viento. En la calle, los zombis vagaban sin rumbo, menos que hace meses, pero aún lo bastante peligrosos como para que nadie se atreviera a poner un pie fuera sin estar seguro.
El tema de conversación, forzados a hablar bajo susurros entre bocado y bocado, era siempre el mismo: comida, agua, otros grupos, posibles rutas de escape. Alguien había pasado días antes cerca del cruce con la avenida Europa y había visto una camioneta de las que pertenecieron a la policía local. “Algunos la han reparado, se mueven al sur; probablemente vienen de Alicante o de algún pueblo de interior. No parecen amistosos, llevan armas”, advirtió Marcos. Nadie contestó. Nadie quería plantearse un encuentro: las bandas de saqueadores eran el miedo más tangible con el que convivían, más temido incluso que los muertos andantes.
Esa noche, Carlos cayó en un sueño agitado. Soñó con la playa llena de fantasmas que lo llamaban desde el espigón. Veía la plaza Triangular inundada de niños y turistas ululando sin poder hablar, brazos extendidos, arrastrando pies descarnados entre los restos de los chiringuitos. Se despertó empapado en sudor, tiritando. Aurora, insomne por la fiebre, le miró y le pidió agua en un español cansado.
“Un día todo esto será diferente”, dijo ella lanzando una mirada al horizonte nocturno. “Puede que ya no tengamos nada, pero hasta ahora hemos resistido.”
Habían aprendido a sobrevivir con tan poco ruido como fuera posible. Usaban agua de lluvia recogida en bidones. Las azoteas servían para tender ropa y secar pescado cuando lograban atraparlo. Cada mañana repasan los tejados con prismáticos, buscando señales de otras comunidades —un trapo rojo, una fogata diurna, un brillo sospechoso—. Han escuchado rumores de que en Mal Pas, cerca del castillo, una familia se atrincheró y logró hacer huertos en terrazas. Otros dicen que en El Albir, los viejos del lugar sobreviven gracias a gallinas y agua de pozo.
Lo que nunca se dice es que Benidorm, pese a haberse convertido en un mausoleo de lo que fue, aún guarda ecos de hospitalidad. Cada vez que encuentran un extraño —como la muchacha de la farmacia— hay un instante de duda, de posible alianza, de temor. Saben que ya no hay policía, ni socorristas, ni servicios de emergencia. El único orden es el que dictan las necesidades inmediatas: la salud, la comida, la defensa. Y los favores —pequeñas deudas que pueden salvar una vida o conducirla al abismo si se interpretan como amenaza.
Los días en Benidorm se dividen por la luz. De noche, la ciudad pertenece al miedo. De día, se permite el movimiento, pero siempre medido, siempre breve. El mar, ajeno, golpea las rocas y lanza a la orilla recuerdos del mundo anterior: latas de conservas oxidadas, zapatos confundidos entre algas, juguetes de plástico que flotan hasta la arena vacía. Carlos solía bajar, de vez en cuando, al tramo oeste donde el paseo marítimo se fundía con la montaña. Allí, entre matorrales y escombros, el agua era menos turbia y alguna vez encontró pulpos sobreviviendo en las grietas de las rocas. Comer pescado o marisco crudo era arriesgado, pero mejor que nada. Y no era el único: algunas noches, en la oscuridad, veía destellos de linternas lejanos. Si los veía, se alejaba. Aprendió pronto a no confiar en otros grupos.
A veces, los recuerdos lo golpeaban con fuerza inesperada. Recordaba la algarabía de los ingleses en la “zona guiri”, los desayunos continentales, los saltos de los adolescentes en la arena. Recordaba el neón y la música atronadora de los clubes nocturnos, ahora sumidos en la penumbra y el silencio. El único bullicio era el crujido de maderas y el rugido de los vientos de levante. El pasado era una leyenda, algo que, de tan cercano, dolía. Había días en que Carlos creía que le era imposible olvidar, y otros en que le sorprendía lo rápido que el ser humano podía acostumbrarse a vivir con miedo, inventarse nuevas rutinas sin esperar nada de ellas.
Así pasaban las semanas, entre la vigilancia constante y la negociación diaria para sobrevivir. Cada éxito, por mínimo que fuera —una lata hallada en un sótano, la derrota de una infección por los antibióticos salvados, el nacimiento de una esperanza al ver otro fuego encendido en la distancia— era recibido como un milagro. Carlos, como tantos otros sobrevivientes de Benidorm, guardaba una pequeña llave colgada al cuello. Era la del apartamento donde vivió con su mujer, perdida en los primeros días del colapso. Nunca supo si seguía viva —la última vez que la vio fue subiendo a un autobús para Alicante, cuando aún creían que habría evacuaciones—. Esa llave era lo único que le quedaba, con la escopeta, el miedo y un futuro tan incierto como el mar tras la barrera de cadáveres amontonados en los portales.
El invierno sería largo, pero la primavera llegaría, inevitablemente. Y cuando el azul del mar volviera a brillar en su plenitud, tal vez quedaría alguien para contarlo. Hasta entonces, en las azoteas, junto a las pocas fogatas clandestinas y los recuerdos, Benidorm seguiría resistiéndose al olvido, envuelta en un rumor de viento, sal y tiempo suspendido.
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