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Fragmento:


Cuando volvemos del relevo nos esperan en la plaza algunos niños con los ojos abiertos como platos, recogiendo cestas de pan duro y los restos del trueque de anoche. Cada semana, desde hace casi un año, varios asentamientos han acordado avisarnos de amenazas con un código de banderas por las torres de la Catedral. Hoy, las banderas están bajas, sin señal. Es un buen día para salir al extrarradio a buscar leña, pensarán los agricultores que intentan cultivar los huertos en el Parque Genovés. Algunos días volvemos con suerte: un bidón de aceite, un saco de patatas, a veces hasta pescados secos traídos de Chiclana si es que alguien se atreve a cruzar la bahía.

Duración: 10:41

El último grito en Puertas de Tierra
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Texto de ajuste de pausa.

18 de noviembre de 2026

Apenas hay tiempo para escribir estas líneas, y sin embargo, hay algo en la quietud que persiste cada noche en Cádiz, cuando el rumor del mar choca con los escombros y las fogatas rompen la oscuridad, que me impide dejar caer este lápiz gastado. Me aferro a este diario como si hacerlo fuera una suerte de recordatorio de que, pese a todo, sigo humano. Es 18 de noviembre de 2026. Afuera, entre las piedras viejas y las murallas quebradas, el mundo respira bajo nuevas reglas, pero aún guarda el eco de la ciudad que fue alguna vez.

He pasado la mayor parte de mi vida en Cádiz y, por raro que parezca, incluso en estos tiempos he aprendido a amarla de otra manera. Queda poco de lo que era, sí: la Catedral sigue alzándose sobre la plaza como un faro, aunque los azulejos caídos sigan marcando el suelo y las campanas sólo suenan cuando alguien, en las alturas, quiere avisar de alguna desgracia cercana. Puerto Chico es sólo un nombre de un sitio adonde no se acerca nadie que aprecie la vida. El Mercado Central, antes bullicioso, es ahora un fortín improvisado con sus puestos convertidos en barricadas. Pero la brisa, esa brisa salada y persistente, no ha dejado de llegar. En este infierno de podredumbre y miedo, esa brisa es lo más parecido a la esperanza.

Hoy, como cada mañana desde hace dos años largos, la rutina comienza antes del alba. El consejo de la comunidad ha establecido que debemos hacer las rondas en parejas, así que me tocó salir con Ramiro. La luna aún visible sobre la Caleta, las olas rompiendo con fuerza extraña, como si intentasen recordarnos que fuera de estas murallas el mundo sigue su curso indiferente. Ramiro es pescador de toda la vida, su piel curtida y sus ojos azules nunca se acostumbran del todo al hedor ni a la visión de los cuerpos envilecidos que de cuando en cuando aparecen en las playas. Caminamos en silencio con los fusiles improvisados al hombro, atentos a los sonidos: no sólo los de los infectados, esos rezagos de la antigua plaga que aún pululan en las callejuelas o deambulan por la playa. Ahora debemos temer tanto o más a los vivos, a los saqueadores que llevan meses desplazándose por la península, cazando comunidades pequeñas, robando, matando sin piedad.

Llegamos a la entrada vieja de la Puerta de Tierra. El monumento sigue ahí con sus símbolos gastados, su arcos resquebrajados, y la triple barricada de madera que nosotros mismos reforzamos hace unas semanas. El amanecer fue lento, rojo, pesado como sangre vieja. Subimos a una de las torretas improvisadas; desde esa altura puede verse buena parte del casco antiguo y, a la distancia, la vieja estación de tren, cubierta de maleza y barricadas saqueadas hace siglos, o al menos eso parece. Ramiro tararea una saeta, leve, solo para romper el silencio. No hay zombis hoy en la muralla, ni señales de los merodeadores. El frío pega fuerte, pero el mar nos recuerda su presencia constante, como si todavía fuésemos sus hijos.

Cuando volvemos del relevo nos esperan en la plaza algunos niños con los ojos abiertos como platos, recogiendo cestas de pan duro y los restos del trueque de anoche. Cada semana, desde hace casi un año, varios asentamientos han acordado avisarnos de amenazas con un código de banderas por las torres de la Catedral. Hoy, las banderas están bajas, sin señal. Es un buen día para salir al extrarradio a buscar leña, pensarán los agricultores que intentan cultivar los huertos en el Parque Genovés. Algunos días volvemos con suerte: un bidón de aceite, un saco de patatas, a veces hasta pescados secos traídos de Chiclana si es que alguien se atreve a cruzar la bahía.

En el consejo se celebra una pequeña reunión después del desayuno escaso que he compartido con mi vecina Magdalena y sus dos niños. Ella sigue pensando en su esposo, desaparecido hace un año mientras escoltaba una de las caravanas que nunca regresó de San Fernando. Hace unos meses, los rumores decían que toda esa zona había caído en manos de una de las facciones paramilitares, gente armada que esclaviza a quienes captura y apenas deja testigos. Nunca regresó nadie.

La reunión, presidida por don Alonso, antiguo profesor de historia y líder por consenso -o por inercia-, enumera los asuntos urgentes. Escasez de medicinas –cloro, antibióticos, vendas–, bajo nivel de combustible para los generadores, la falta de sal para las conservas. La cosecha de berenjenas en uno de los patios ha salido mal: el moho avanza incluso en estos inviernos suaves de la costa. Una noticia positiva, sin embargo: unos exploradores que regresaron anoche desde El Puerto reportan que las hordas de zombis al parecer se desplazan ahora en menor número y, a menudo, más despacio. Muchos están tan deteriorados que ya no se sostienen en pie. Es un pequeño alivio, aunque nadie lo dice en voz alta; demasiado pronto para cantar victoria.

Terminada la asamblea, salgo rumbo a La Viña. El barrio sobrevive como puede, mucha azotea tapiada, mucha puerta arrancada. De vez en cuando cruzo con algún vecino que, como yo, carga hachas o garfios para el despiece de madera vieja. Al borde del espigón, cerca de la vieja Caleta, me detengo. Hay algo en las barcas abandonadas, semienterradas, cubiertas de algas, que me recuerda a las historias de mis abuelos. Cádiz, la ciudad que siempre resistió asedios, ahora convertida en asedio interminable. Aquí el sonido del mar tapa el resto: los gritos de los que pelean por comida, los sollozos de quienes han perdido demasiado, el susurro siempre presente de las criaturas errantes.

Me uno a los grupos de jóvenes encargados de recolectar leña en el antiguo parque de astilleros. Es peligroso, porque aunque la hierba ha crecido y la chatarra lo cubre casi todo, ahí encontramos a menudo cadáveres frescos, a veces de zombis, a veces de humanos. Hoy, por fortuna, recogemos suficiente madera y regresamos sin novedad. La seguridad nunca es total y menos de noche.

Al mediodía exprimo los minutos de relativa paz para escribir este diario desde la azotea del antiguo hospital Puerta del Mar, ahora convertida en una especie de faro. Desde aquí las vistas recorren toda la línea de mar, las playas doradas, los bloques de pisos agrietados y la Catedral recortada contra el cielo. Hay algo irónico en que muchos de los que sobreviven en Cádiz jamás imaginaron cultivar patatas en terrazas o tener que trenzar sogas con redes viejas de pesca. Pero es eso o el hambre.

El almuerzo se reduce a lo de siempre: pan, un poco de pescado en salazón, algo de hiervas que aún crecen en los patios. Magdalena, a mi lado, me cuenta que han llegado rumores de Tarifa: al parecer, una caravana logró cruzar con éxito hasta Algeciras escoltada por una pequeña milicia. Hablan de que en Marbella hay una comunidad que está levantando molinos y pequeñas presas para generar electricidad. Sería un avance incalculable poder comerciar con ellos, cambiar material eléctrico por medicinas, herramientas, lo que sea. Otros dicen que en Sevilla se está recuperando la imprenta de la Universidad para producir manuales de supervivencia y libros para la infancia. No puedo evitar imaginarme a los niños de Cádiz, abriendo los ojos ante páginas impresas, acaso leyendo por primera vez en su vida. Cuánto daría por ver ese día.

Por la tarde regreso al Mercado Central para el turno en la vigilancia. No es solo cuestión de observar la calle: hay que mantener a raya a los desesperados, vigilar el intercambio con forasteros y, sobre todo, preparar las alarmas. Las campanas de la Catedral, a falta de tecnología, son nuestro sistema de defensa más fiel. Dos campanadas largas si hay zombis, tres si son humanos, una sola si detectan fuego o explosiones cerca. De vez en cuando llegan exploradores en la hora del crepúsculo, exhaustos, con ropas hechas jirones y, a veces, historias terribles. Hoy toca a Javier contar lo que ha visto: tres zombis atrapados en un patio de la calle Ancha, ya inofensivos por la descomposición. Una casa saqueada cerca del muelle, rastros de sangre por el suelo. Nadie pregunta más.

Caída la noche, la ciudad cambia de piel. Los guardianes se relevan cada dos horas, siempre dos por esquina en los puntos calientes. Gente silente, ojos entrenados. He aprendido a distinguir el rumor de pasos normales del arrastrar de pies podridos de un infectado. El miedo nunca pasa del todo, pero se doman sus bordes gracias a la costumbre. A veces me despierto en mitad de la noche con el recuerdo del primer ataque, hace ya más de seis años, cuando aún no entendíamos qué pasaba. El sonido seco de los gritos, los pasos tambaleantes por la Plaza de las Flores, el olor espantoso… Aquellos fueron días de verdadero pánico; hoy, paradoxalmente, el terror es más sordo, pero también más hondo, más resignado.

No hay velas para todos, así que, mientras apunto estas últimas líneas bajo la luz titilante de una lámpara de aceite, agradezco a solas tener un cuaderno y la voluntad de seguir escribiendo. He visto caer a mucha gente en estos años: algunos de hambre, otros de locura, otros por las fauces de los zombis o por las balas de los hombres. Pero también he visto nacer nuevos niños, algunos tan jóvenes que jamás han visto una pantalla o una ciudad encendida, cuyas primeras palabras conocen más de barricadas que de parques infantiles. ¿Qué mundo será el suyo?

Esta noche, como tantas otras, vuelvo a soñar con el rumor del mar mezclado con canciones antiguas. Imagino que, dentro de cien años, si alguien sobrevive y encuentra mi cuaderno, podrá entendernos: no fuimos solo víctimas de una plaga o de la brutalidad humana, sino que intentamos, por encima de todo, seguir siendo comunidad. Guardamos la memoria de los que se fueron, cuidamos a los que quedan, y cuando el viento sopla fuerte entre ruinas y fortines, no olvidamos jamás que, mientras quede una brizna de sal en el aire, Cádiz estará viva.

Mañana quizás salgamos en grupo hasta la Punta para verificar los campos de cultivo. Dicen que la tierra empieza a responder, que la cosecha próxima podría ser suficiente para todos. Con suerte, los rumores de nuevos ataques no llegarán hasta aquí. Seguiremos tocando las campanas, levantando barricadas, enseñando a los niños a leer y escribir en los muros despintados. Quién sabe, quizá la ciudad resista otros mil años.

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