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Portada del relato Ecos sobre Elm Street
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Fragmento:


Avanzó inclinado, espalda contra la verja, pisando bajo para no hacer ruido en los charcos helados. Al pasar por lo que fue una barbería, vio tres sombras acurrucadas junto al ventanal roto. No se movieron. Los reconoció como infectados: piel azulada, ojos fijos, mandíbula colgante. Había aprendido a distinguir entre los zombis activos y los congelados. Algunos se quedaban casi inmóviles por el frío, pero un ruido o una luz podía reactivarlos.

Duración: 13:00

Ecos sobre Elm Street
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Texto de ajuste de pausa.

15 de diciembre de 2020

La nieve caía despacio sobre Dallas aquella mañana, tiñendo la ciudad de blanco y silencio. El aire, normalmente pulsante y eléctrico a esa altura del año, ahora se sentía más espeso, como si la ciudad misma contuviera la respiración. Dallas llevaba meses arrodillándose ante dos enemigos implacables: el invierno y los devoradores. Desde el decaimiento de la gestión gubernamental y la caída de las redes eléctricas e Internet en agosto, la gente se refugiaba donde podía, y lo que antes era una urbe vibrante se había convertido en un mosaico de callejones desiertos, coches abandonados y casas tapiadas.

En el sótano de una escuela primaria en Oak Cliff, Mario Sánchez acomodaba su chaqueta raída, frotándose las manos para espantar el entumecimiento. Él era uno de los treinta y tres sobrevivientes que ocupaban el edificio desde octubre, cuando el último grupo de zombis había irrumpido en la panadería donde vivía su hermana. Dallas, con sus grandes avenidas y autopistas, había facilitado grandes movimientos de masas de infectados, y las zonas residenciales, con tantos autos y garajes, se habían convertido en trampas mortales para quienes intentaban huir.

El grupo, una colección de exvecinos, desconocidos y algún bombero, había elegido la escuela por sus puertas reforzadas y la cocina funcional. El sótano, sin ventanas, permitía silencio absoluto: las criaturas respondían al sonido, y cualquier alboroto podía atraer una horda a la reja diminuta que daba al recinto de generación eléctrica. Desde hace dos semanas, la falta de alimentos era aguda. La mayoría de las reservas: galletas rancias, arroz a medio cocer, alguna lata rescatada de despensas saqueadas, habían desaparecido.

Mario revisaba, junto a Judy, una enfermera de Parkland que había logrado sobrevivir a la caída del hospital, el censo diario: 6 niños, 5 ancianos, 22 adultos, dos heridos, ninguno infectado, al menos por el momento. El hijo de Judy, Thomas, tosía fuerte en la esquina junto a su madre. Temía que fuera gripe, o tal vez solo frío. La ventilación era pésima.

—Cuando salga el sol, tengo que ir —dijo Mario a Judy—. El supermercado en Hampton todavía podría tener algo. O tal vez alguna farmacia.

Judy asintió. Sabía del peligro, pero también de la necesidad. Los saqueos se habían multiplicado desde noviembre, sobre todo tras desaparecer los equipos policiales organizados. Solo de noche, cuando los zombis parecían en letargo por la baja temperatura, se atrevían a cruzar algunas calles. Pero el frío también debilitaba a los vivos. Rara vez veían a alguien que no portara al menos un arma improvisada: bates de béisbol con clavos, cuchillos de cocina, herramientas de jardinería convertidas en lanzas.

Aquella madrugada, la temperatura cayó a menos uno. El generador de la escuela había dejado de funcionar días antes. Apenas quedaban velas. Mario revisó su mochila: una barra de acero, una linterna de baterías con carga limitada y una pistola 9mm con solo tres balas. Calculó el trayecto: dos cuadras al norte, evitando la avenida principal. Sabía del frío; temía aún más el acecho de los humanos desesperados. En noviembre, dos mujeres del grupo habían sido asaltadas mientras recolectaban agua cerca de un parque. Los saqueadores no tenían piedad: robaban comida, ropa y a veces mataban sin razón, encendiendo fogatas sólo para ver las llamas y, tal vez, sentirse vivos por un instante.

Cuando la luz gris del amanecer se filtró entre las nubes bajas, Mario salió. El viento soplaba desde el Trinity, cortante y húmedo, arrastrando jirones de basura sobre el asfalto cuarteado. Los grandes rótulos de los anunciantes —Coke, Chevy, una inmobiliaria venida a menos— permanecían en pie como gigantes al borde del desplome, magníficos en su ruina.

Avanzó inclinado, espalda contra la verja, pisando bajo para no hacer ruido en los charcos helados. Al pasar por lo que fue una barbería, vio tres sombras acurrucadas junto al ventanal roto. No se movieron. Los reconoció como infectados: piel azulada, ojos fijos, mandíbula colgante. Había aprendido a distinguir entre los zombis activos y los congelados. Algunos se quedaban casi inmóviles por el frío, pero un ruido o una luz podía reactivarlos.

El supermercado de Hampton era un bloque bajo, luces rotas y la marca de un incendio en la entrada. Revisó rápidamente: no había ruidos cerca, salvo el eco de alguna corriente de aire. Saltó la valla, se agachó al pasar entre las alas negras de un portón torcido y entró. Lo primero que notó fue el olor—fermento, sangre seca, basura húmeda—y el crujir lejano de algún estante desprendiéndose.

Rebuscó en los pasillos. Encontró una bolsa de cereal aplastado, dos latas de judías y, milagro, una caja de barritas energéticas. Sonrió pese al miedo. En la farmacia encontró vendas, un frasco de paracetamol y una caja vacía de antibióticos. Se detuvo a escuchar: afuera, algo golpeaba los cristales del frente. El instinto lo hizo retroceder hacia el almacén, buscando un escondite. Desde allí, oyó un golpe seco, luego voces humanas:

—¡Vamos, rápido! —alguien gritó.

Mario se asomó un segundo y vio a cuatro hombres armados con palancas, algunas mochilas vacías al hombro. Reconoció la chaqueta amarilla de uno; lo había visto días antes espiando la escuela. Escondió el miedo y apretó fuerte la pistola. En ese momento, hubo un estampido: uno de los saqueadores fue derribado por algo que saltó sobre él desde la penumbra del fondo. Los otros tres comenzaron a golpear lo que fuera que les atacaba —un zombi, ágil pese al frío.

Mario, agachado entre sacos de cebolla podrida, supo que era su oportunidad. Salió de su escondite en dirección opuesta, gateando entre los anaqueles caídos hasta la oficina del gerente, donde una ventana pequeña daba a la calle trasera. La abrió con esfuerzo, rasgándose el antebrazo con un alambre oxidado. Saltó. No escuchó si los saqueadores sobrevivieron, solo el grito apagado y el gemido característico de los infectados. Nunca volvió la vista atrás.

Volvió a la escuela al anochecer, jadeando, los dedos entumecidos, la frente empapada de sudor frío. Judy lo esperaba bajo el viejo mural infantil del pasillo, con un grupo de niños medio dormidos. Mario le entregó las latas y las barritas. Ella sonrió con los ojos al borde del llanto.

Aquella noche, compartieron sopa caliente y miedo. Los compresores del generador no habían vuelto a funcionar y las velas se reducían a gotas. El frío se apoderaba de los huesos, pero por primera vez en semanas, los niños comieron algo dulce.

Mario se sentó junto a la ventana enrejada del primer piso, contemplando la ciudad a oscuras. En el horizonte, la Reunion Tower se alzaba como una sombra siniestra, solo visible por el brillo de la nieve a su alrededor. Le pareció que, por un momento, la ciudad respiraba, agazapada, esperando algo. Tal vez el deshielo. Tal vez la esperanza.

Durante la guardia nocturna, escuchó disparos lejanos. Probablemente otro grupo en problemas. O tal vez solo un ajuste de cuentas, leyó en los ojos de Judy cuando ella se acercó con mantas prestadas.

—¿Crees que podamos aguantar hasta enero? —le preguntó en voz baja.

—No hay opción —respondió Mario, aferrándose a la barra de acero—. Es esto o nada.

Las noches siguientes fueron un carrusel de temores y pequeños triunfos. Un grupo de tres jóvenes llegó pidiendo refugio: una de ellas, embarazada, apenas podía caminar. Los aceptaron, a pesar de las reservas, porque la soledad mataba más rápido incluso que el frío. En el patio de recreo, algunos adultos improvisaron barricadas con pupitres y carros de mantenimiento. Los niños jugaban al escondite, aunque el miedo nunca desaparecía de su pequeño universo.

El 21 de diciembre, un viejo profesor de historia, Mr. Collins, murió de hipotermia. No hubo ceremonia, pero al menos pudieron enterrarlo en el huerto trasero, bajo la mirada atenta de todos. Cada muerte era una alerta. “El frío ayuda contra los monstruos”, pensaba Mario, “pero nos está matando poco a poco, igual que a ellos”.

En la última semana del año, las noticias llegaban en susurros. Un hombre logró captar una transmisión de radio: en el centro de la ciudad, junto a City Hall, algunos supervivientes habían encendido una gran fogata, una señal para quienes todavía resistían. Apenas quedaban balas; nadie se atrevía a ir. A la vez, supieron que en Garland y Mesquite, pequeños grupos habían logrado encender generadores eléctricos y distribuir algo de comida.

La esperanza era precaria, pero era esperanza al fin. Judy organizó pequeñas clases para los niños, usando hojas de cuaderno casi ilegibles y restos de crayones. Mario y un joven exmilitar patrullaban la periferia cerca del amanecer, caza de ratas, palomas o cualquier cosa viva que pudiera completar la dieta menguante.

Fuera, la ciudad parecía petrificada por el frío. Los zombis, lentos y dispersos, apenas lograban arrastrarse. Bastaba evitarlos, avanzar sin ruido, y recordar los hábitos nuevos: no alumbrar de noche, no cantar, no dejar rastros. El recuerdo del “antes” era ahora una leyenda infantil, algo que los más pequeños escuchaban como cuentos de hadas: la televisión, los parques temáticos, los partidos de los Cowboys.

El día de Navidad arribó con una nevada más feroz. A falta de pasteles y árboles decorados, improvisaron una celebración con lo poco que tenían. Mario encontró, en el bolsillo interior de su abrigo, un pequeño adorno que su hermana le había dado hacía años: un ángel de madera. Lo colocó sobre la mesa común, entre las latas vacías y los vasos reciclados de yogurt, como símbolo de que, quizás, el año siguiente traería algo más que pura supervivencia. Los niños lo rodearon, algunos rezaron, otros guardaron silencio. El frío seguía mordiendo, pero por un instante, la luz de una vela alumbró el refugio bajo tierra y pareció suficiente.

La última semana de diciembre estuvo marcada por la escasez. Una familia intentó marcharse rumbo a Arlington, pero no regresó. Nunca supieron si cayeron ante una horda de zombis o fueron víctimas del hambre y la desesperación. Otros llegaron desde Lancaster y el barrio Bishop Arts, trayendo noticias de un grupo en el zoológico de Dallas defendiendo sus reservas de carne y un pequeño pozo de agua contaminada.

El 29, a media mañana, Mario y Judy subieron por primera vez en semanas a la azotea. El aire olía a humo y nieve. A lo lejos, por la autopista, distinguieron una caravana lenta de figuras humanas, cubiertas hasta la cabeza, rodeadas de perros y caballos flacos. Parecía un éxodo, pero no iban huyendo, solo se desplazaban en busca de algo mejor. “No sobreviviremos solos”, murmuró Judy.

Y así, hacia el final de ese diciembre, el rumor de una alianza comenzó a crecer. Los radios militares emitieron una señal, apenas audible, en la que se invitaba a todos los grupos de supervivientes a presentarse en el antiguo campo de fútbol de Fair Park: proponían intercambiar comida, ropa y noticias. Seguro era una trampa para algunos, pero para la mayoría, una chispa tras largos meses de oscuridad.

El 31, la temperatura subió apenas dos grados. Bajo una niebla densa, Mario, Judy, Thomas y otros seis adultos salieron armados con todo lo que encontraron, rumbo al este. Sabían que podrían no regresar, pero la alternativa era peor: morir congelados, aislados y con miedo, o arriesgarse a tender la mano, aún entre las ruinas y los monstruos.

Dallas, sumida en su largo invierno, parecía dormida, pero bajo el hielo y la muerte, algo buscaba renacer. Cada soplo de aire, cada grieta en el asfalto, cada luz encendida en una ventana derruida, eran mensajes para quienes aún resistían: la vida, aunque pequeña y rota, podía abrirse camino, aun en un mundo de devastación. Esa noche, cuando la última vela se apagó en el refugio de Oak Cliff, Mario comprendió que la esperanza era lo único que seguía ardiendo bajo la nieve, esperando su momento para brillar otra vez sobre la ciudad quebrada, bajo el impasible cielo de Texas.

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