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Portada del relato Bajo la neblina: Crónicas del Exilio Angelino
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Fragmento:


En el único carril despejado del intercambiador de la 110 con la 10, un grupo de seis figuras avanzaba despacio, sorteando barricadas oxidadas de coches y cuerpos resecados por el sol. La más alta y fornida era Luciana, una mexicana de rostro cincelado, cuyos ojos quemaban memoria y rabia. A su lado marchaba Jake, un enfermero de pelo gris y barba hirsuta, quien llevaba un montón de vendas y jeringuillas colgadas del cinto. Cerrando la marcha, dos adolescentes armados con arcos improvisados y una afroamericana canosa, la Tía May, legendaria en el Valle por su destreza en el trueque y su lengua afilada.

Duración: 11:46

Bajo la neblina: Crónicas del Exilio Angelino
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Texto de ajuste de pausa.

12 de julio de 2023

El amanecer rompió pálido sobre Los Ángeles, tiñendo de gris la maraña de autopistas vacías y los esqueletos de rascacielos que, en otro tiempo, habían sido símbolo de una ciudad inagotable. Ya hacía mucho que la “Ciudad de los Ángeles” había perdido cualquier connotación celeste: aunque el calor del verano persistía, y entre las grietas todavía brotaban matas de yuca y amapolas urbanas, el aire olía a metal, polvo y muerte, porque el Viejo Mundo yacía enterrado bajo montañas de cadáveres y silencio.

En el único carril despejado del intercambiador de la 110 con la 10, un grupo de seis figuras avanzaba despacio, sorteando barricadas oxidadas de coches y cuerpos resecados por el sol. La más alta y fornida era Luciana, una mexicana de rostro cincelado, cuyos ojos quemaban memoria y rabia. A su lado marchaba Jake, un enfermero de pelo gris y barba hirsuta, quien llevaba un montón de vendas y jeringuillas colgadas del cinto. Cerrando la marcha, dos adolescentes armados con arcos improvisados y una afroamericana canosa, la Tía May, legendaria en el Valle por su destreza en el trueque y su lengua afilada.

—¿Ves algo? —susurró Luciana.

Jake levantó sus prismáticos. El Downtown parecía dormido, con un paraguas de nubarrones y neblina mezclándose entre las torres ennegrecidas. Del otro lado, al sureste, la vieja fábrica de Nabisco sobresalía como un castillo medieval, ventanas cegadas y muros reforzados con planchas de metal y grafitis antiguos de cuando aún existían los grafiteros.

—Solo un par de espantapájaros humanos. Sin movimiento en la azotea. Aunque eso ya no significa nada.

Luciana asintió. Tenían claro el objetivo, aunque el plan era frágil como el cristal: llegar hasta la Plaza Pershing, donde un contacto prometía intercambiar una caja de antibióticos y cuerda de escalada por veinte latas de frijoles, tres filtros de agua y cualquier cosa útil para amputar - todo lo cual portaban como si el peso mismo les diera la vida. La cordura en 2023 era una moneda rara: la violencia, lo único común.

—Vamos, sin detenerse —dijo Luciana—. Cuando falte poco para Broadway, nos cubrimos en el estacionamiento de la biblioteca. Allí veremos si hay movimiento.

El sol apenas trepaba entre el humo de incendios lejanos y los armazones de los trolebuses carbonizados. El grupo descendió por las rampas repletas de huesos - tan indistinguibles de humanos que a veces sólo el atuendo y los pies determinaban la especie. El hedor era menos intenso que tres meses atrás; los carroñeros habían hecho su faena y el verano aceleraba el trabajo de los gusanos. No quedaba ni la promesa de sepultura para los caídos. Nadie se detenía a mirar ni a rezar.

Cruzaron a la sombra húmeda del túnel de la autopista. Por allí, en los días de la "Plaga", las hordas de infectados habían cruzado por miles, devorando incluso los restos de sus víctimas anteriores. El único rastro eran marcas de uñas y manchas opacas a lo largo de los vanos del concreto, y algún zombi tan deteriorado que ni se levantaba cuando le pateaban el cráneo.

La primera alarma la dio la chica rubia, Jules, que en otra vida había soñado con ser youtuber de moda. Ahora era una máquina de olfatear peligro.

—Movimiento —susurró—. Arriba, a la derecha. Tres tipos.

—¿Vivos o muertos? —gruñó Jake.

—Vivos. Uno con rifle. Si fueran zombis ya los tendríamos encima.

Luciana hizo una señal. Todos a cubierto, acuclillados tras un Nissan calcinado. Los forasteros bajaban desde la terraza de un restaurante, con los rostros cubiertos por pañuelos sucios. Parecían tan delgados como los palos de las señales de tráfico.

Uno agitó un trapo blanco. Luciana levantó el suyo. La tregua, ese pacto tan frágil como un suspiro, era lo único que mantenía la relativa paz en las rutas de trueque. Era fácil morir por paranoias: más fácil aún no volver a casa si las negociaciones salían mal.

El trato fue breve. Intercambiaron conservas por munición. Un paquete pequeño de medicina por una navaja de cocina. Ni una palabra sobre el clima, sobre la vida “antes”, sobre los niños o las noticias del otro lado del río. Así era la norma: nada personal.

Siguieron por Olvera Street, donde el empedrado estaba cubierto de papeles de lotería y billetes de veinte, tan inútiles como semillas de limón. Abandonaron un carrito de supermercado al pie de un puesto de tacos. Hacía dos días, May había visto moverse algo entre los toldos, y nadie tenía ánimo para descubrir si era un zombi aún funcional o un saqueador.

Cuando llegaron a la Plaza Pershing, el aire era más denso. Ventanas parapetadas con colchones, bolsas de cemento almacenadas donde antes habían perros y patinadores, y, al fondo, una radio baliza improvisada justo donde alguna vez estuvo el escenario de los conciertos locales.

Del banco de cemento emergió un hombre ancho, con múltiples capas de ropa y un machete suelto en el cinto. Levantó dos dedos.

—¿Contraseña? —preguntó.

—Cuauhtémoc —respondió Luciana.

El tipo asintió. Así era el comercio desde hacía un año: señales, claves, miradas largas. No existían las segundas oportunidades para la imprudencia. Del banco sacó una caja, lacrada con cinta y con el logo difuso de un hospital del condado. Luciana contó las latas, pesó los frascos. Todo meticulosamente hecho.

El contacto le entregó además una hoja escrita a mano.

—Ronda próxima de trueque en media luna, jueves —dijo el hombre—. Pásalo.

Mientras organizaban la mochila, Jake notó primero la figura trasera. Un niño, tal vez diez u once años, asomó la cabeza desde detrás de una columna. Llevaba un rifle de aire comprimido, un farol grande y, envuelto en su brazo, un osito de peluche tan sucio como si hubiese sobrevivido tres apocalipsis.

—Oye, pequeña —le habló May con voz suave—. ¿Te perdiste?

La niña no respondió, solo apretó el oso. El contacto hizo una seña casi desesperada.

—No es mía. Apareció hoy en la madrugada. No ha hablado, pero no parece mordida.

Jake se agachó hasta quedar a su altura. Sacó lenta y cuidadosamente una barrita de chocolate. El silencio era tan grueso como el smog que alguna vez mató pájaros en la ciudad.

La niña extendió la mano, pero el crujido de algo a lo lejos —una llamada, un balazo, un tambor — les paralizó. Luciana alzó su escopeta. En la esquina, la sombra movediza de dos zombis cruzó la calzada, tambaleantes. Un tercero apareció, arrastrando un alambre atado a la pierna. Más atrás, ruidos entre la maleza sugerían más compañía.

—Hora de largarse. Ahora —murmuró Jules.

El hombre del contacto maldijo e intentó cerrar su puesto a desgana, pero Luciana le lanzó la caja de antibióticos:

—¡Toma, escóndete! —le gritó, mientras los adolescentes flanqueaban por ambos lados a la niña y ella agitaba la escopeta sobre su cabeza como si pudiera retroceder el miedo.

El grupo corrió por la malla rota del parque, directos al laberinto de la Sixth. Atrás, los sonidos de golpes, gruñidos y el rumor característico de carne podrida sobre el asfalto. Los perseguidores eran lentos, pero otros humanos —los paramilitares de la Banda de Los Coyotes— podían aparecer en cualquier momento e igualarlos en crueldad.

Descendieron por una calle lateral. La niña volvió a asomar el oso, menos asustada, y miró la medalla que Jake le colgó del cuello como si fuese brujería.

—No sueltes eso —le dijo con ternura—. Te traerá suerte.

De la mochila sacó otra barrita. La Tía May rodó los ojos.

—Ya ves lo que hacemos. Jugamos a la familia en medio de un infierno. Pero el infierno sigue ahí, esperando morderte el talón cuando menos lo piensas.

—¿Alternativas, May? —bufó Luciana.

—Vivir un día más. Proteger a los vivos. Recordar los nombres de los que amorimos, porque el único infierno peor que este es el olvido.

El grupo cruzó por el viejo puente de la Primera, entre restos de policías y ambulancias, hasta la estación abandonada de Union Station. Allí, en el vestíbulo, otras cinco familias recogían agua de lluvia y enjuagaban vendas para las siguientes jornadas. El aire olía a humedad y esperanza rota.

A la niña le dieron una manta y pan duro. Por primera vez desde mucho tiempo, sonrió. Luciana suspiró, preguntándose si la humanidad aún tenía retorno. Desde afuera, un lejano estruendo sacudía la ciudad: algún edificio cayendo, o una pequeña explosión en la refinería de Wilmington.

Pasaron la tarde recogiendo enseres, cosiendo ropa, marcando mapas. Había runas y señales codificadas en las paredes: las marcas de la Resistencia, de los Clanes del Río, de la Banda de los Angeles Caídos. Códigos para sobrevivir apenas, advertencias de trampas, armas, alimentos, o de zonas habitadas por hordas aún peligrosas.

Por la noche, el calor persistía, pero era interrumpido de vez en cuando por ráfagas de brisa sucia del Pacífico. Jake se sentó con la niña, enseñando viejos juegos de manos. Los niños nuevos, los nacidos después de la Plaga, apenas comprendían el mundo previo: para ellos, los zombis eran parte del paisaje, como las palmeras, los coyotes o los viejos murales en las paredes.

La ciudad emitía sonidos extraños a medianoche. Ecos lejanos de disparos, rugidos humanos, el aullido de algún perro que aún sobrevivía comiendo los cuerpos de los caídos. Luciana, insomne, patrullaba con la escopeta apoyada en los hombros.

Se preguntaba por cuánto tiempo más podrían seguir con el sistema de trueque, con la ciudad fragmentada en enclaves y demasiado odio acumulado para que la gente no se matara por un mendrugo de pan. Se preguntaba si la niña adoptada podría aprender a no temerle a la noche. Se preguntaba si existía algún rincón de Los Angeles donde el olor ya no fuera a muerte.

Pero, al mirar el improvisado campamento, la pila de mantas, la botella de agua limpia, la pequeña luz eléctrica que Tía May había reparado con cables extraídos de una vieja lavadora, sintió algo parecido a la resiliencia.

Ellos no eran héroes ni ángeles, solo sobrevivientes. Los custodios de una ciudad rota, que cada día reconstruían un mundo fragmentado con trueque, compasión, terror y un puñado de semillas guardadas para la próxima siembra.

Al amanecer, como cada día, los primeros en despertar limpiaron el polvo de las ventanas. Afuera, un río de neblina se colaba por el Downtown: promesa de otro día más en la ciudad del humo, los susurros y la esperanza empecinada. Nadie podía asegurar qué quedaría de ellos dentro de un mes, o un año. Pero mientras pudieran intercambiar historias, comida y cobijo, Los Angeles seguiría viva, aunque solo fuera a base de recuerdos y testadurez colectiva.

En la era de los huesos y el hambre, justo en la frontera entre el silencio de los muertos y la vida que se empecina en nacer, sobrevivir significaba resistir no solo a los zombis, sino a la tentación de abandonar toda esperanza. Porque en el nuevo mundo, al final, el último refugio era el otro.

Y aunque la noche nunca terminaba del todo, cuando la luz volvía filtrándose entre las palmeras secas y las columnas de concreto, los vivos —esos extraños ángeles de Los Angeles— salían, una vez más, a pelear su lugar bajo el sol.

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