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Fragmento:


Tuve que preparar mi equipo en la oscuridad del amanecer, cuando los zombis aún seguían rezagados por la neblina del río LA. Claudio, nuestro jefe de seguridad, me miró con una mezcla de incredulidad y compasión: “Si no regresas para el domingo, borraré tu nombre de la lista. Ya sabes”. Asentí. Todos sabíamos lo que significaba cruzar esas calles: ni los propios vivos son de fiar, y aunque los muertos andantes ya son menos veloces, sus números –y el olor, ese fétido hedor que delata su presencia en cada túnel– los hacen igual de letales.

Duración: 10:58

Ecos de una ciudad rota
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Texto de ajuste de pausa.

14 de noviembre de 2024

Al final, Los Angeles había dejado de ser una ciudad. Ya no era metrópolis –ni siquiera una suma de barrios–, sino un conjunto de ruinas delimitadas por muros de chatarra y enclaves humanos que apenas mantenían a raya lo imposible. Lo que alguna vez fue el lugar de los “sueños californianos” era ahora una maraña de solares abandonados, autopistas quebradas donde el asfalto había recibido más sangre que gasolina, y edificios espectrales cuya silueta aún desafiaba a un cielo prisionero de cenizas.

Me llamo Mateo García. Soy uno de los cronistas del refugio de Encino, al pie de las colinas donde antes vivían actores y productores. La verdad: apenas soy un periodista mediocre que antes escribía sobre cultura indie o alguna banda de moda; ahora trato de guardar registro de lo que sucede. Hay quien dice que los relatos sobrevivirán más que nosotros y que algún día, en un siglo o dos, alguien querrá entender cómo fue la caída.

Me habían encomendado una tarea casi suicida: salir más allá de los muros que protegían nuestro bloque fortificado y atravesar la vieja autopista 101 hasta llegar a la antigua zona de Koreatown. Allí, según los rumores que traían las caravanas del sur, habían visto una fortificación reciente, una comunidad de unas doscientas personas con electricidad regular y, dicen, una radio de onda corta que transmitía cada medianoche. ¿Serían amistosos? ¿O los matones con insignias improvisadas que plagaban la región? Nadie en Encino lo sabía.

Tuve que preparar mi equipo en la oscuridad del amanecer, cuando los zombis aún seguían rezagados por la neblina del río LA. Claudio, nuestro jefe de seguridad, me miró con una mezcla de incredulidad y compasión: “Si no regresas para el domingo, borraré tu nombre de la lista. Ya sabes”. Asentí. Todos sabíamos lo que significaba cruzar esas calles: ni los propios vivos son de fiar, y aunque los muertos andantes ya son menos veloces, sus números –y el olor, ese fétido hedor que delata su presencia en cada túnel– los hacen igual de letales.

Llevo mis notas, una radio portátil, dos revólveres pequeños y un cuchillo demasiado gastado para lucirse en una historia de cine. Llevo también objetos de truque: bolsas de sal, un puñado de semillas de tomate, parches de penicilina y una estampa de la Virgen de Guadalupe forrada en cinta adhesiva. La última, me la dio mi madre antes de que enfermara. No sé si es fe o nostalgia.

El trayecto hacia el sur me obliga a cruzar el canal del río, que ahora es un cementerio de autos y se usa para lanzar cuerpos quemados o sabotear hordas errantes. Hay puentes fortificados con sacos y barriles; algunos con banderas de grupos nómadas pintadas a mano: el león rojo, la serpiente azul... Los nombres han perdido sentido, solo importan los que disparan primero y preguntan después.

Koreatown es inquietante desde lejos. El eco de sirenas oxidadas aún se oye por las noches. Sus calles, antes atestadas de locales y pequeños mercados, están sembradas ahora de barricadas y un puñado de luces funcionando a trompicones. Cuando me aproximo entre las sombras, dos hombres con chaquetas de cuero a rayas y rostros quemados por el sol me interceptan. Me piden contraseña.

“Vengo de Encino. Traigo intercambio y noticias”, digo. Me miran con ojos de sabueso hambriento, pero al mostrarles la radio y la penicilina, me dejan pasar. Uno de ellos silba. “No intentes ser un héroe, cronista. Aquí las preguntas cuestan caro”.

La comunidad está formada por tres edificios medianos unidos con tablones y remaches, generadores escondidos en los sótanos, un depósito de agua pluvial y algunos huertos improvisados en lo que solía ser un estacionamiento de supermercado. La gente viste harapos elegantes: los restos de la ropa de años pasados, combinados con cuero, parches y bufandas de lana tejida a mano. Los niños que aún sobreviven corren durante el día, pero desaparecen al atardecer.

Me reciben en una sala que antes fue tienda de electrónicos. Hay posters rasgados de K-pop, placas coreanas y, en el centro, un hombre mayor de mirada acerada. Se llama Ju-Sung y, según me cuentan, fue teniente del ejército surcoreano antes de la caída. Ahora dirige el enclave con dureza y sentido pragmático. Le paso la radio de onda corta; ya tienen una, solo que la mía viene con un par de baterías que les interesan más.

“¿Qué buscan en Encino?” pregunta, sin rodeos.

“Colaboración. Compartir rutas seguras. Intercambiar manuales de armas y quizás semillas.”

Su risa es breve. “¿Armas? ¿Tienen pólvora fabricada? ¿Cuánta comida?” Sabe muy bien que esas cosas valen vidas.

Intento explicarle que Encino ha establecido contacto con dos asentamientos del Valle: Van Nuys y Northridge. Que juntos, podríamos crear una línea de caravanas seguras por la 101 y la 5, si coordinamos alertas de hordas y bandas armadas. Ju-Sung asiente, pero advierte: “La última vez que confiamos, veinte murieron en una emboscada. Hoy la amenaza no son tanto los muertos, sino los vivos.”

Pido permiso para pasar la noche en su refugio. Me advierte que aquí, cada forastero está vigilado. Me asignan un catre en lo que fue la trastienda de una panadería coreana, hoy convertida en dormitorio colectivo y zona de trueque. Las bolsas de arroz se cambian por cartuchos, y las medicinas son tan caras como el oro.

Esa noche, tras cumplir ese ritual silencioso de enterrar a los muertos recientes en los terrenos baldíos (aunque ya no se sabe si eso sirve de algo; “si revientan, que lo hagan bajo tierra”, dicen), me siento junto a una joven que afila un machete. Se llama Samanta. Nació en Los Angeles, hija de mexicanos, antes que toda esta pesadilla comenzara. “Extraño el mar”, me dice, “y a mi hermano, que era surfer. ¿Sabes si Santa Monica sigue existiendo?”

“No he oído de nadie que haya llegado tan lejos este año”, respondo con pesar. “Solo patrullas rápidas al puerto de Long Beach, buscando medicinas o combustible entre los tanques oxidados”.

Samanta me cuenta su batalla diaria: “Aquí, la mayoría ya no sueña con salvar el mundo. Lo que queremos es una buena cosecha y no tener zombis en la cerca”. Me enseña una libreta raída dónde anota recetas, fechas para sembrar, y un dibujo torpe de la playa. “Hay que recordarlo todo, aunque duela”, dice.

Oímos disparos a lo lejos, hacia el centro de la ciudad. Nadie se inmuta. “Gente de las bandas, seguro. Aquí aprendimos a distinguir entre los tiros para asustar y los de ejecución. Los de hoy son solo advertencia”. Por la radio, alguien transmite un mensaje incomprensible, en español y luego en coreano: números, nombres de calles, frases cortadas. “Es el código de las caravanas; si los oyes pedir ayuda, es porque han caído en emboscada policial o entre salvajes”, añade Samanta, devolviendo el machete a su cinto.

Deambulo por los pasillos del refugio al amanecer. La vida es dura pero tenaz. Dos ancianas bordan pañuelos con motivos de mariposas; dicen que es para recordar los días tranquilos y también un talismán para los niños. Los adolescentes, entrenados por Ju-Sung, practican con las lanzas y tubos de metal que fungen como armas. Una niña me muestra un carrito de juguete restaurado con ruedas de patineta: “Cuando sea grande, quiero salir de aquí en auto, como en las historias de mi mamá”. No sé qué decirle.

Recibo permiso para explorar una zona limítrofe: la calle Olympic, donde aún quedan restos de la antigua vida. Hay pancartas descoloridas de eventos ya imposibles: conciertos, partidos de los Lakers, festivales de comida. La estación del metro está inundada y llena de cadáveres atascados entre vagones, demasiado descompuestos incluso para atraer a los zombis activos. Alguien ha pintado en el muro externo: “NO PASAR – NUEVA VIDA”. Me quedo mirando esa frase. ¿Qué significa “nueva vida” después de tanto terror? ¿Resistir? ¿Soñar con algo mejor?

Al sexto día decido regresar a Encino, llevando un puñado de notas –el acuerdo tácito de abrir rutas de intercambio una vez a la semana, compartir noticias sobre hordas, y una copia del plan para construir muros reforzados con vigas recuperadas de un viejo cine. En la despedida, Ju-Sung añade: “Manda un mensaje antes de venir la próxima vez. Que no se pierda más sangre por culpa de malos entendidos”.

Samanta me regala la libreta con las recetas, a cambio de semillas de albahaca. “Para que no se te olvide cómo era el mundo antes”, dice, y me abraza. Es el primer abrazo que recibo fuera del refugio en meses. Camino de regreso bajo un sol marchito, con el miedo y la nostalgia unidos como compañeros de viaje.

El cruce por el canal del río es más peligroso a la vuelta; una horda pequeña avanza torpemente hacia el norte, atraída por algún ruido lejano. Veo a lo lejos figuras con uniformes policiales, probablemente sobrevivientes convertidos en merodeadores. Me escondo en las ruinas de una ambulancia vieja y espero durante horas, revisando los dibujos de Samanta, los nombres de plantas y las anotaciones en coreano. Afuera, el sol quiebra las nubes y por primera vez en días, el aire huele menos a muerte.

Llego a Encino dos días después. Me reciben con desconfianza, apuntando con armas improvisadas. Reconocen mi silbido: tres cortos, uno largo. Claudio me abraza, sorprendido. Sobrevivir sigue siendo noticia. Presento mi informe ante el consejo: “Koreatown existe, y están dispuestos a negociar si les damos garantías. Tienen una cosecha de rábanos casi lista y un invento raro para filtrar agua sucia. Piden que no les traicionemos y, a cambio, acceso a herramientas y algo de medicina.”

Esa noche, en el refugio, escribo los últimos párrafos de mi crónica con la mano temblorosa. “La ciudad aún respira, aunque ahogada bajo capas de miedo y recuerdos. Los humanos, extraviados pero tercos, siguen buscando la forma de reconstruir algo en medio de ruinas. Afuera, Los Angeles es una bestia, pero adentro, aún quedan gestos de compasión y deseos de memoria. Seguimos aquí. Al norte, al sur, en cada muro, la esperanza es más tozuda que la muerte misma”.

Sobre mi catre, hojeo la libreta de Samanta. Pienso que aunque la humanidad se haya reducido a unos pocos, mientras haya quien escriba, borde, o simplemente escuche la radio en la penumbra, la ciudad todavía tiene un pulso. Nadie puede saber si viviremos una era mejor, pero de algún modo, entre la pólvora y las lágrimas, la vida –nueva, rota, tenaz– se empeña en volver.

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