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Guerra mundial Z: Una historia oral de la guerra Zombi
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Portada del relato El último invierno de Gran Vía
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Fragmento:


Ella negó con la cabeza, el pelo oscuro sujeto en una coleta deshecha.

Duración: 13:15

El último invierno de Gran Vía
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Texto de ajuste de pausa.

17 de diciembre de 2022

La nieve había caído sobre Madrid durante la noche, cubriendo los automóviles abandonados y las bocas de metro selladas en una capa blanquecina e irregular. Desde la azotea reforzada del antiguo edificio de Correos de Cibeles, Javier oteaba el horizonte: los esqueletos de la ciudad se extendían bajo un cielo gris como si fueran los restos de una gran bestia caída. A su lado, la radio de onda corta chisporroteaba, vomitando fragmentos de estática y, ocasionalmente, la voz rota de alguna emisora de emergencia del norte, siempre hablando de lo mismo: comida, rutas, peligros, magia negra de la religión enloquecida y, por supuesto, los brotes de muertos errantes que aún vagaban por las calles sin rumbo ni memoria.

Dos años y nueve meses separaban a Javier de la vida anterior, marcada por la rutina del metro, el ruido de la ciudad y el abismo abierto de los viernes en Malasaña. Casi nada quedaba de todo eso. En el invierno de 2022, la supervivencia era un acto de colección; se acumulaban minutos y raciones con la misma urgencia con la que se contaban los compañeros vivos. En la decimotercera comunidad fortificada de Madrid —ellos se hacían llamar Los Hijos del Retiro— ver la mañana era una victoria sobre la noche, y la noche era, siempre, provisoria.

Bajó las escaleras de piedra con la escopeta cruzada a la espalda. Marta, la ingeniera de ojos hundidos y manos ágiles, se cansaba de recordarle que la escopeta ya no servía para mucho más que asustar a los vivos: la pólvora se racionaba como si fuera oro pulverizado. Todo el mundo estaba alerta; sobrevivir requería vigilancia, y la gente era tan peligrosa como los muertos. Los rumores de una caravana armada proveniente de Toledo recorrían las calles como corrientes subterráneas, susurrados entre los bloques de edificios por los mensajeros nocturnos.

En la antigua oficina de telégrafos, convertida ahora en salón comunal, varios supervivientes atizaban la hoguera central. El calor era tenue, pues la leña escaseaba tanto como el combustible, y apenas llegaba a calentar el frío que entraba por los ventanales empañados de la plaza. Marta estaba sentada en una mesa improvisada, dibujando mapas en la madera con las uñas y la paciencia de quien necesita saber por dónde huir si todo se derrumba. Javier se acercó, apoyando la escopeta junto a la mesa.

—¿Noticias? —susurró, casi avergonzado de interrumpir el ritual de trazar rutas y líneas imaginarias.

Ella negó con la cabeza, el pelo oscuro sujeto en una coleta deshecha.

—Nada nuevo. La última caravana del sur no ha llegado, y dicen que los de Lavapiés han sellado sus accesos. Temen otro brote... o un ataque de los nómadas —respondió, sin apartar los ojos de su trabajo.

Javier asintió. Sabía lo que eso significaba: Madrid era cada vez más pequeña, la ciudad encogiéndose alrededor del Retiro y la Almudena, como si la vida tuviera miedo de expandirse. El mundo era una cartografía de linternas encendidas en la oscuridad, cada una resistiendo a su manera.

Había sonado una alarma horas antes, un eco de sirena militar que raspaba los nervios de quienes habían aprendido a temer lo desconocido, por pequeño que fuera. Samuel, el encargado de la seguridad en el edificio, se les acercó por la espalda, deslizándose con el sigilo de quien lleva dos años patrullando de noche.

—Encontramos huellas en la Calle de Alcalá, cerca de la gasolinera. No parecen zombis, al menos no del tipo habitual —informó, sacudiéndose los restos de escarcha que colgaban de su chaqueta. Era un hombre de pocas palabras y muchas cicatrices.

Marta pateó el banco con frustración.

—¿Hombres armados? —preguntó.

Samuel dudó, pero asintió.

—Al menos uno usa botas de militar. Las huellas se mezclan con marcas recientes de neumáticos, no muy pesados. Puede ser una caravana pequeña, o saqueadores.

Eso solo podía significar dos cosas: peligro o oportunidad. Los saqueadores no paraban en las comunidades fortificadas a menos que quisieran el control, pero una caravana portaba noticias, medicinas y, si había suerte, algo de esperanza.

* * *

El plan maduró en minutos. Necesitaban enviar un grupo a explorar los alrededores, pero moverse en Madrid no era una tarea sencilla ni siquiera para quienes conocían los subterráneos y refugios mejor que el reverso de su propia mente. Javier se unió al grupo de reconocimiento junto con Marta, Samuel y Lucía, una joven que solía ser bióloga y ahora se encargaba de las trampas del perímetro.

Atravesaron la Plaza de Cibeles bajo la nevada persistente, empuñando armas improvisadas, atentos al eco de los pasos propios y ajenos. La escarcha tapaba la sangre seca de las semanas pasadas, residuos de alguna incursión fallida para saquear los comercios cerrados. Los edificios parecían velados, testigos mudos de la carnicería y la lucha cotidiana.

Caminando hacia la Calle de Alcalá, vieron lo que Samuel había anticipado: huellas frescas en la nieve, marcas de arrastrar, y dos juegos de pisadas humanas, uno más grande y definido. Al fondo, un coche aparcado de forma torpe junto a la acera, con uno de los faros aún destellando débilmente. Marta levantó un puño, indicando a todos que se agacharan. Desde la sombra de un quiosco semidestruido, observaron en silencio.

Una figura se movía en el interior del coche, registrando la guantera. Demasiado fluida para ser un zombi. Lucía enfiló una ballesta casera y Samuel ladeó la escopeta, gesto puramente intimidatorio, pues sabían que el disparo atraerían a los infectados cercanos si el viento se metía en la dirección equivocada.

Javier se adelantó, bajando el arma y alzando ambas manos.

—¡Alto! ¿Eres humano? —gritó al tiempo que su corazón tamborileaba en su pecho.

El desconocido salió con lentitud, mostrando las palmas de las manos. Era un hombre mayor, barba blanca, chaleco militar sobre un anorak sucio. No llevaba armamento visible, salvo un cuchillo atado en la pierna.

—No disparen. Solo busco refugio y gasolina —dijo con una voz cascada.

La tensión se podía masticar en el aire.

—¿Vas solo? —preguntó Samuel en un susurro ronco.

El viejo negó.

—Mi hija está herida, en la tienda de la esquina. No tengo armas. Por Dios, no disparen —suplicó de nuevo.

El grupo intercambió miradas rápidas. Podía ser una emboscada. Marta, sin embargo, asintió.

—Javier, acompáñalo. Lucía y yo cubrimos —decidió, sin dar pie a discusión.

El interior de la tienda de ropa deportiva estaba en penumbra. Entre estantes caídos y montones de ropa, una mujer joven yacía en el suelo con un vendaje improvisado en el muslo. Tenía fiebre. Javier se agachó para comprobar el pulso mientras el viejo se arrodillaba junto a su hija.

—¿Mordida? —inquirió Javier, sin ocultar la sospecha.

El hombre negó con desesperación.

—Herida de bala. Hace tres días en la carretera, nos atacaron. No es la infección, lo juro. Solo necesito yodo, vendas, algo de comida.

La radio de Lucía sonó en ese momento por el comunicador: otro grupo informaba de movimiento cerca de Gran Vía. Demasiado cerca para que la coincidencia fuera casualidad. Marta se asomó por la puerta, con los ojos entrecerrados, calculando probabilidades como si fueran ecuaciones de supervivencia.

—No podemos quedarnos aquí —dijo. —Vuelva a Cibeles. Tenemos médico voluntario. Pero si tu hija muestra síntomas, no dudaremos.

* * *

El regreso al centro fue tenso, aún más cuando un grito lejano, animal y gutural, atravesó la costra de nieve. Casi al mismo tiempo, cuatro figuras encapuchadas emergieron de una portería junto a la farmacia de Alcalá. Llevaban pistolas y bates con clavos oxidados. No eran zombis. Eran humanos, y peor aún, desesperados.

—¡Quietos! ¡No disparéis! —gritaron, apuntando con manos temblorosas.

Samuel bajó la escopeta lentamente. Marta se interpuso con los brazos abiertos.

—No buscamos pelea. Llevamos una herida, necesitamos pasar —negoció, consciente de que en el Madrid de 2022, la diplomacia era el último recurso antes del caos.

El más viejo de los encapuchados miró al grupo por encima del hombro.

—¿Tenéis comida? ¿Medicinas? No os haremos daño si cooperáis.

Javier sintió la rabia y el temor deslizarse desde la garganta hasta el estómago, pero recordó lo que había visto en los meses anteriores: hambre, miedo, la descomposición humana tan grande como la de los no muertos. Mostró la mochila, dejando ver dos latas y vendas sucias.

—Solo lo justo. Compartimos si dejáis pasar —ofreció.

Uno de los encapuchados hizo ademán de avanzar, pero el viejo exmilitar intercedió.

—Hay más comunidades en la zona. Si nos matáis, vendrán a por vosotros. Juro que aquí nadie roba sin pagar el precio —amenazó, con un tono que venía de años de supervivencia y disciplina.

El silencio se extendió. Finalmente, el viejo encapuchado asintió.

—Pasad. Pero no volváis por esta calle.

* * *

La meta era llegar al edificio reforzado. Varias ventanas, forradas de tablones, anunciaban la presencia de los fortines humanos. Una vez dentro, Medicina improvisada, manos quemadas por el frío y palabras escasas: Marta, la doctora Francisca y los demás trabajaron en el muslo sangrante de la muchacha, que deliraba por fiebre.

—Si la herida se infecta, no aguanta el invierno —susurró Francisca, rascándose la frente.

Javier se sentó junto al ventanuco para vigilar la calle. Afuera, la nevada arreciaba. Los hijos del Retiro sabían que el invierno era enemigo: menos movimiento de zombis, sí, pero también menos recursos y más muertes por frío. Había que tomar decisiones.

A medianoche, la hija del viejo despertó con el ceño fruncido, pidiendo agua. La fiebre cedía un poco. Marta la ayudó a beber, sin apartar la vista del vendaje.

—¿Qué hacíais en Madrid? —preguntó.

El viejo miró a su hija y respondió por ambos.

—Buscábamos unirse a una comunidad. En Toledo las cosas han empeorado... demasiadas bandas armadas, nadie respeta pactos. Dicen que aquí hay orden, o algo parecido, aunque sea a golpes.

Marta asintió. Sabía que no podía negar la verdad: Madrid era un mosaico de fortalezas, pequeños reinos de madera y acero, con alianzas siempre precarias. No había ley excepto la que uno podía imponer.

En el amanecer, los centinelas informaron de movimiento zombi en el extremo de la Plaza de España. Diez, tal vez quince, arrastrándose entre los coches varados. Nada que no pudieran vigilar, nada que no hubieran enfrentado decenas de veces.

* * *

Esa tarde, la comunidad del Retiro se reunió en la sala del antiguo telégrafo. Había llegado la hora de decidir: abrirse a los forasteros y acoger a la hija herida (y a tantos como pudieran llegar), o endurecerse, cerrar las puertas y apostar por la autosuficiencia inhumana.

Hubo discusiones, voces alzadas, argumentos sobre el futuro y el pasado. Al final, fue Samuel quien habló, de pie frente al brasero moribundo.

—Sobrevivimos por la gente, no por los muros. Pero no somos santos. A quien traicione, lo echaremos. A quien ayude, aquí será familia. Elegid.

Se votó, unas manos levantadas, otras reacias. Se aceptó a la hija y al padre, pero se reforzaron las normas: vigilancia, cooperación, castigo para los egoístas. El mundo era duro, pero la comunidad prometía ser más dura aún. Nadie se atrevía a llorar por los tiempos antiguos, donde bastaba con llamar a la policía o marcar el ciento doce.

Javier subió de nuevo a la azotea al caer el sol. En la distancia, el horizonte de Madrid seguía lanzando columnas de humo, fogatas de otras comunidades, señales mudas de existencia. Imaginó la ciudad rebrotando a partir de esas islas humanas, reconstruyéndose a golpe de trueque, coraje y desconfianza.

Quizá, pensaba, aún era posible armar algo parecido a una vida entre los muertos. Quizá los hijos del Retiro —esa comunidad que adoptaba huérfanos, fugitivos y desesperados— acabarían siendo el germen de una nueva ciudad.

La radio volvió a chisporrotear, y entre la estática, una voz desconocida anunció:

—Survivientes en Moncloa, respondan. Repetimos, survivors en Moncloa. Buscamos contacto, prometemos paz.

Javier sonrió con un gesto cansado. Apagó la radio por unos minutos, decidió quedarse mirando Madrid bajo la nevada. A pesar de todo, el mundo seguía amaneciendo, y la esperanza, aunque débil, tenía el color de las luces que titilaban al fondo, entre los árboles desnudos del antiguo parque.

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