Fragmento:
La comida escasea tanto como la esperanza. Pedro, el más viejo de nosotros, había sido bedel de la facultad y conoce algunos sitios ocultos dentro del edificio: un almacén de productos de limpieza y una estancia subterránea donde encontramos, hace días, cajas con botellas de agua y alguna que otra bolsa de patatas caducadas. Vivimos de eso, y de lo que logramos intercambiar con algún grupo lejano mediante la radio militar que Sergio encontró en la estación de Delicias. Desde hace unas semanas apenas captamos interferencias de otras voces. A veces un mensaje desesperado desde el norte (“¿Alguien me escucha? ¿Quedan vivos en Chamartín?”), otras veces simplemente ruidos, estática, o la voz de lo que suena como un niño, repitiendo oraciones una y otra vez. Nunca respondimos a ese último por miedo: sabemos que hay bandas que llaman así para atraer a los incautos.
Duración: 10:05
28 de Diciembre de 2020
Hoy es el día de los Inocentes. Hace solo unos años, Madrid estaría llena de bromistas, de falsas noticias en la radio, de risas en los corrillos de trabajo y de tapas en terrazas heladas. Hoy la ciudad es un cementerio gris, y cada broma, una trampa, un engaño que puede costar la vida.
Hace más frío que nunca recuerdo en Madrid. El invierno ha llegado brutal este año, como si la propia ciudad quisiera congelar el horror que habita en sus calles. Llevo cinco noches durmiendo en la antigua facultad de Medicina, cerca de Atocha. El edificio es frío, pero los muros gruesos y ventanas enrejadas nos han mantenido a salvo de los “caminantes”, como ha acabado llamándose a los zombis entre los que aún quedamos. El grupo se ha reducido otra vez: éramos once cuando llegamos a este refugio, ahora solo quedamos siete. Ayer, Javier y Paloma no volvieron tras salir en busca de medicinas al hospital Gregorio Marañón. Por la noche logramos distinguir sus gritos entre el ulular del viento. Nadie se atrevió a abrir la puerta.
Cada mañana, el primero en despertarse se encarga de comprobar las barricadas y la pequeña azotea. Hoy he sido yo. En Gran Vía solo quedaban las ruinas de algunas barricadas hechas con coches y mobiliario urbano; ahora desde la terraza veo más que nada coches quemados, ropa suelta o colgada de farolas y, de tanto en tanto, las hordas que vagan, lentas por el frío, en busca de carne viva. A veces se concentran en una esquina, atascándose, como si el invierno los confundiera aún más, pero con la primera ráfaga de olor humano se reactivan y los seguimos temiendo tanto como el primer día.
La comida escasea tanto como la esperanza. Pedro, el más viejo de nosotros, había sido bedel de la facultad y conoce algunos sitios ocultos dentro del edificio: un almacén de productos de limpieza y una estancia subterránea donde encontramos, hace días, cajas con botellas de agua y alguna que otra bolsa de patatas caducadas. Vivimos de eso, y de lo que logramos intercambiar con algún grupo lejano mediante la radio militar que Sergio encontró en la estación de Delicias. Desde hace unas semanas apenas captamos interferencias de otras voces. A veces un mensaje desesperado desde el norte (“¿Alguien me escucha? ¿Quedan vivos en Chamartín?”), otras veces simplemente ruidos, estática, o la voz de lo que suena como un niño, repitiendo oraciones una y otra vez. Nunca respondimos a ese último por miedo: sabemos que hay bandas que llaman así para atraer a los incautos.
A mediodía, Ana propuso salir un momento a la farmacia que vimos cerca de Lavapiés. Desde hace tiempo, evitar las calles se ha vuelto la principal estrategia; usamos pasajes, tejados, los viejos túneles del metro, aunque estos últimos son una lotería: hay tramos donde el olor a cadáver pútrido es insoportable y otros donde los caminantes parecen amontonarse, atrapados desde los primeros días del brote. Ana es valiente, pero está cada vez más delgada y nerviosa. Siento miedo por ella, y por mí también, al pensar en volver a la calle.
Preparamos todo: ropa gruesa, palos, cuchillos, la única pistola que tenemos, con cuatro balas. No salimos en grupo grande: las reglas ahora son claras. “Pequeños y rápidos”, decía Sergio, “en grupo llaman la atención”. Así que salimos solo Ana y yo. El camino era corto, pero cada cruce de calle se siente como si atravesáramos tierra de nadie, esperando en cualquier esquina la muerte.
Avenida Ciudad de Barcelona estaba desierta, pero los cristales rotos y los restos ensangrentados de una bicicleta tumbada en la acera nos mantuvieron en silencio. El tráfico fantasma y la niebla hacían parecer Madrid un tablero de ajedrez, donde somos peones avanzando casilla a casilla. Al llegar a la farmacia forzamos la puerta lateral, la misma a la que Sergio entró hace semanas, pero que luego se cerró de golpe ante el pánico de los primeros días. Dentro, el olor a medicinas mezclado con podredumbre nos heló aún más. No hicimos caso a los cadáveres tras el mostrador; es extraño cómo el horror se vuelve rutina cuando convives con él tanto tiempo.
Encontramos un par de botellas de alcohol, un antibiótico expirado, algunas vendas, y un paquete de caramelos. Los caramelos los guardé en el bolsillo interior, pensando en dárselos a Marta, la niña pequeña que encontramos hace tres semanas vagando sola en Lavapiés. Desde que llegó apenas habla, solo pregunta por su madre cada noche, y se asusta con cualquier ruido. Volvimos lo más rápido posible, recorriendo las calles secundarias, manteniéndonos pegados a las paredes. En el cruce con la calle Atocha tuvimos que escondernos: dos caminantes avanzaban arrastrando los pies, balanceándose como marionetas. Uno de ellos iba vestido de médico, la bata aún salpicada de sangre y con una mascarilla colgando de una oreja. Me pregunté cómo sería su vida antes de esto. Miré a Ana y sentí que la ciudad, muriendo, está llena de miles de historias que nunca sabremos.
De vuelta en la facultad, el ambiente era aún más frío, pero la llegada de medicamentos nos animó. Pedro encendió la estufa improvisada durante unos minutos, cuidando cada gota de gasolina. Elena, siempre atenta, repartió té caliente (el último sobre lo disolvió con agua templada, y el sabor ni siquiera se parece al té). Marta se animó un poco con los caramelos, incluso esbozó una tímida sonrisa. Fue lo mejor del día.
Al caer la tarde, discutimos si deberíamos intentar contactar con el grupo de refugiados de la estación de Chamartín, que oímos una vez hace dos semanas. Pedro insistía en que es mejor no atraer la atención, pero Sergio replicaba que, poco a poco, no podemos vivir solo nosotros, que se necesita más gente para sobrevivir el invierno, para compartir recursos, para intentar un repunte de vida en medio de esta muerte andante. No llegamos a un acuerdo.
Es extraño seguir escribiendo, conservar algo del pasado. Encontré esta libreta en un aula abandonada, entre antiguos exámenes de Anatomía. Me lo propuse como una terapia: si algún día alguien sobrevive a este infierno, encontrará estas páginas y sabrá que fuimos más que cadáveres ambulantes, que luchamos por no olvidar. Que Madrid, incluso destruida, aún tenía rincones de belleza silenciosa.
Por la noche, el frío se intensifica. Oímos ruidos constantes, el crujir de la nieve al compactarse bajo los pies de los caminantes, o, a veces, de otros humanos que acechan con la esperanza de descubrir refugios para saquearlos. Esta noche, Elena no logra dejar de temblar. La fiebre se le ha subido tras un corte infectado en la pierna. Le dimos el antibiótico caducado; no sabemos si servirá. Ana la cuida como si fuera su hermana. Las dos perdieron a sus familias en los primeros meses. A veces las oigo llorar, juntas, como si solo así el dolor se sobrelleva mejor.
Intenté distraerlas contándoles una historia de mi infancia: la vez que subí al Faro de Moncloa y creí que podría ver toda España desde allí. Marta escuchaba atenta, los ojos fijos y brillantes. Me preguntó si volveríamos algún día a ver Madrid iluminada por Navidad. Nadie respondió. A veces, el silencio pesa más que cualquier respuesta.
En las últimas horas de la noche, Sergio trajo noticias: vio una columna de humo lejos, por la zona de la Casa de Campo. Puede ser otra comunidad de refugiados, o quizás una trampa. Nada es seguro. El miedo se mete bajo la piel, como el frío, pero aún así algunos insisten en salir a explorar. Yo no quiero, no después de lo de Javier y Paloma. Aun así, sé que tarde o temprano tendremos que hacer algo: aquí nos vamos apagando poco a poco, Madrid nos mata de hambre y aislamiento, más lento pero igual de seguro que los caminantes.
Me asomo a la ventana y miro la ciudad. Incluso ahora, bajo el manto gris y los ecos de la desgracia, Madrid es bella. La nieve cuaja en los tejados inclinados, las luces lejanas de lo que fue la Puerta de Alcalá recuerdan un tiempo de fiestas, campanadas y alegría. Oigo de lejos el zumbido de un motor: puede ser un generador, quizás una furgoneta a la que aún le queda gasolina. Espero que no vengan hacia aquí. Uno aprende a desear el olvido, el anonimato.
Anoto la lista de provisiones en la última página de la libreta: quedan tres botellas de agua, dos latas de judías, cuatro barritas de cereales, media bolsa de arroz. Medicamentos, casi ninguno. Gasolina, el depósito a menos de la mitad. Munición, cuatro balas, dos cuchillos, varios palos. Mañana haremos recuento otra vez.
Me cuesta dormir. El frío y el miedo comparten la misma cama conmigo. Ana me preguntó, antes de apagar la linterna, si creo que alguien nos vendrá a rescatar algún día. Le mentí: dije que sí, que cuando acabe el invierno algunos gobiernos enviarían ayuda. Ella sonrió, forzada, pero entendió. Aquí todos aprendimos a mentir para sobrevivir.
Intento recordar la última vez que reí de verdad. Creo que fue el día que encontramos a Marta. Nos pareció milagroso que una niña aún estuviera viva entre tanto horror. Ella representa lo poco que tenemos de futuro, lo poco que logra evitar que la desesperanza acabe por consumirlo todo. Me gustaría prometerle un mundo mejor, pero no sé si puedo.
Termino el día escribiéndote, libreta. No sé quién leerá esto, si es que alguien lo hace. Solo sé que, por hoy, seguimos vivos en Madrid. La ciudad resiste, maltrecha, mutilada, pero no vencida del todo. Como nosotros mismos.
Quizás mañana sea uno menos en nuestro grupo, o quizás el día en que logremos reunirnos con otros. La certeza es única: hoy, juntos, hemos sobrevivido. Madrid aún no es solo una leyenda. No, todavía no.
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