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Portada del relato El último atardecer sobre Gibralfaro
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Fragmento:


Esa era la dinámica: vivos y muertos, dos tipos de amenaza, aunque últimamente la balanza se inclinaba poco a poco hacia los humanos. Los zombis sólo eran cosa seria cuando aparecía un brote nuevo: por algún motivo, los infectados frescos aún surgían en las zonas más oscuras de la urbe, probablemente viajeros solitarios extraviados o habitantes encerrados durante años. Nadie se atrevía ya a buscar en el cementerio, donde los rumores decían que la plaga seguía activa en los cuerpos frescos de los que aún intentaron en vano dejarse morir en paz y dignidad.

Duración: 12:04

El último atardecer sobre Gibralfaro
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Texto de ajuste de pausa.

18 de julio de 2027

El sol comenzaba a ocultarse tras la silueta recortada de la Alcazaba, lanzando un resplandor anaranjado sobre las colinas. Desde el mirador de Gibralfaro, Francisco ajustaba el catalejo de latón —cincelado y restaurado hacía escasos meses por el taller de la plaza de la Merced—, buscando entre las sombras de la ciudad baja los movimientos que ahora regían cada jornada. Bajo él, Málaga parecía a la vez la de siempre y un animal herido, con heridas de ventanas tapiadas y cicatrices de barricadas levantadas en mitad de avenidas por donde antaño paseaban turistas y coches descapotables.

Fran, como todos lo llamaban, no tenía más de treinta y cinco años, pero los últimos siete se le habían sumado en la mirada. Su barba crecía matizada de blanco, cortesía tanto del estrés como de la falta de cuchillas nuevas. Él era uno de los vigías de la comunidad de la Alcazaba-Gibralfaro, un asentamiento que desde hacía dos años prosperaba en torno al complejo fortificado, allí donde siglos atrás musulmanes, cristianos, franceses y milicias de tiempos más recientes habían luchado y resistido invasiones. "No importa cuántas veces cambien los enemigos", pensaba mientras divisaba el horizonte, "siempre volvemos a las piedras viejas".

Abajo, en las laderas ajardinadas de la Alcazaba, un murmullo de vida tejía la rutina. Padres y madres regaban hileras de acelgas y tomates en los antiguos parterres, los niños corrían entre las celosías con arcos improvisados a partir de ramas de naranjo, y la bandera blanca y azul —cosida con tela de sacos de harina— ondeaba desde uno de los torreones, señal de día tranquilo. Los vigías se comunicaban con señales de banderas y espejos, siguiendo códigos estrictos para evitar malentendidos fatales con otras comunidades de la antigua ciudad.

El verano de 2027 era caluroso y seco. Llovía poco, lo cual facilitaba la vigilancia pero dificultaba la agricultura. Sin embargo, el clima tenía otra consecuencia inesperada: los zombis, en su mayoría, se arrastraban con extremada lentitud y muchos ya no eran más que bolsas de huesos y andrajos caminando, perturbadoras pero menos letales. Unos pocos, más recientes, representaban aún un peligro real, como había aprendido la comunidad a costa de bajas nunca olvidadas.

Bajó del mirador para reunirse con Amira, la coordinadora de las patrullas diurnas. Ella era una mujer delgada, pelo recogido siempre en un moño apretado, con voz templada por años de liderazgo forzado. La encontró junto a la muralla, donde varios hombres y mujeres reparaban una ballesta de grandes proporciones apuntando a la plaza de la Merced, por si acaso algún grupo hostil regresaba. La Merced, ahora dominada por la hermandad rival de los “Toreros”, era un foco de tensión desde hacía meses; el último altercado había terminado en disparos y gritos, y el intercambio de harina por medicinas quedó interrumpido desde entonces.

—¿Alguna novedad, Amira? —preguntó Fran, acercándose con la mano en el cinturón, donde colgaba una de las escasas pistolas de fabricación casera que defendían la comunidad.

—Esta tarde han pasado unas cuarenta bestias —respondió la mujer, señalando la avenida Principal con un gesto vago de la barbilla—. Lentísimas. Casi todas del grupo de “los viejos”. Se deshacen antes de llegar a la plaza de toros. Pero también vimos a tres vivos saqueando la farmacia de la Victoria. Iban armados, parecían forasteros. No hemos cruzado palabras.

Esa era la dinámica: vivos y muertos, dos tipos de amenaza, aunque últimamente la balanza se inclinaba poco a poco hacia los humanos. Los zombis sólo eran cosa seria cuando aparecía un brote nuevo: por algún motivo, los infectados frescos aún surgían en las zonas más oscuras de la urbe, probablemente viajeros solitarios extraviados o habitantes encerrados durante años. Nadie se atrevía ya a buscar en el cementerio, donde los rumores decían que la plaga seguía activa en los cuerpos frescos de los que aún intentaron en vano dejarse morir en paz y dignidad.

Fran y Amira repasaron el informe de la jornada. Víveres, agua, munición. Pequeñas partidas volvían de los trueques con las aldeas de Cártama y Alhaurín, donde se intercambiaban, cada semana, sacos de cebada y harina por herramientas, medicinas y, en ocasiones, sal. El tren una vez más permanecía parado, aunque la cuadrilla del “Tío Salva” —un ferretero legendario— alardeaba de tener a punto una pequeña locomotora de vapor lista para reconectar El Palo con el centro, si los raíles volvían a ser seguros.

Aquella noche, como todas las noches, la vida se comprimía tras las murallas. Las hogueras iluminaban la plaza interior de la Alcazaba, donde bajo lonas cosidas de velas marineras cenaban en pequeños grupos. Rezaban unos, reían otros, discutían los líderes bajo la torre del homenaje. De vez en cuando, un destello de linterna señalizaba a lo lejos, señales de la comunidad hermana de Pedregalejo, fortificada en torno a otra colina.

El grupo de “los viejos” zombis, según el argot local, era ya una molestia más que un peligro. Solían aparecer mastodontes desmadejados que apenas levantaban polvo entre los adoquines. Los niños, siempre bajo custodia, los usaban para practicar puntería con hondas. Los adultos, sin embargo, no olvidaban que entre los montones de huesos famélicos podía siempre camuflarse algún infectado joven, errático y ágil.

En la quietud de la madrugada, Fran dormía en su camastro dentro de la Torre del Cristo, donde la humedad —curiosamente— era menos molesta gracias a las hogueras continuas y la aglomeración de cuerpos. Su hija Elena —ocho años, voz dulce, pelo enmarañado— compartía la litera de arriba. Soñaba la niña con playas azules y helados de fresa, tesoros irrepetibles para una generación que apenas sabía leer y escribir, pero que ya podía distinguir el clic seco de un mosquete improvisado.

Al alba, los vigías avistaron actividad en la desembocadura del Guadalmedina. Un grupo de unas veinte personas, desaliñadas, cruzaba ríos y manglares, arrastrando carromatos tirados por mulas poco acostumbradas a trabajar en la ciudad. No eran hostiles, pero la consigna era no fiarse nunca de nadie ajeno, porque, como decía Amira cada vez que una nueva caravana se aproximaba: “Más peligrosos los vivos por el hambre que los muertos por el virus”.

Bajo la vigilancia de un destacamento armado —arcos, hondas, un par de escopetas de avancarga—, la comitiva fue recibida en la explanada exterior. Todos se cubrían la nariz y la boca con bufandas de colores, no tanto por la plaga, ya poco contagiosa, sino por la pestilencia que aún flotaba en el aire.

El cabecilla de los recién llegados, un hombre robusto llamado Joaquín, ofreció trueque: sal, arcilla y cuero, a cambio de semillas y medicinas, sobre todo antibióticos. Fran se mantuvo a un lado, discreto pero atento. Negociar era un arte aprendido en la era de la escasez a base de traiciones y represalias. La transacción fue tensa pero pacífica; la comunidad de la Alcazaba tenía fama de justa, pero inflexible si los acuerdos se rompían.

Por la tarde, las mujeres ancianas tejían redes reutilizando sedales, bolsas viejas y persianas desmanteladas, mientras los músicos —pocos, pero pulgares de oro— sacaban notas a lo que antes fue una guitarra y ahora era más parche de lata que madera noble. La vida, a trompicones, buscaba su curso y, dentro de lo posible, algo parecido a la normalidad.

A eso de las cinco, un grupo de niños gritó, alertando a los mayores. Una nube de polvo avanzaba desde la avenida de Andalucía, levantada por una horda pequeña de zombis recientes, rápidos, hasta tres docenas. Alarmas. Amira, con un gesto, dirigió patrullas a las murallas. Fran corrió a la torre sur, donde la vieja ballesta ya estaba lista; cargó los virotes, mientras los demás preparaban cubos de aceite y piedras, restos de la era morisca.

Desde lo alto, apuntó y disparó. Los muertos caían, pero lo inquietante era ver, entre la masa descompuesta, a un par de sobrevivientes humanos corriendo, buscando refugio entre los pasadizos. Eran forasteros, sin duda, atrapados por la horda. ¿Salvados, o peligrosamente desesperados?

En menos de media hora contuvieron el asalto. Tres zombis lograron encaramarse a los muros, pero fueron repelidos. Uno de los humanos logró entrar tras lanzar una cuerda por la muralla; el otro fue abatido por la misma horda cuando intentó correr hacia calle Larios. El hombre que consiguió entrar era un joven de piel oscura, apenas veinte años, herido en la pierna. Lo despojaron de armas y pertenencias en la enfermería improvisada, donde Natalia, la médica, aplicó las primeras curas.

—Venía de Sevilla —balbuceó el joven, mientras caía en la fiebre del agotamiento—. Dicen que resisten allí, al oeste. Pero el río está tomado... vi cosas... no lo puedo contar.

Esa noche, el consejo de la comunidad se reunió bajo la última luz de la jornada. Había que decidir qué hacer con el recién llegado: curarlo, integrarlo, o, si sospechaban que portaba algo más que heridas, tomar precauciones extremas. No era sólo cuestión de desconfianza; la infección, aunque rara, acechaba en cada mordedura, arañazo o saliva seca de zombi reciente.

Entre discusiones, voces y silencios densos como el polvo sobre los libros ya ilegibles de la antigua biblioteca, Fran pensó en su hija, en la posibilidad de una fiebre no diagnosticada, en el posible futuro de una ciudad —y un mundo— que había logrado, a base de sangre y tiempo, relegar a los muertos andantes a una amenaza cada vez más secundaria y, sin embargo, jamás totalmente extinta.

Amira resumió el sentir del consejo con una frase aprendida de los mayores:

—Vivimos bajo murallas y bajo responsabilidades. Si perdemos la compasión, perdemos lo poco que nos queda de humanidad. Pero tampoco podemos jugar con el destino. Nos turnaremos a cuidar al forastero, vigilando síntomas y, si sobrevive, ganaremos un vecino. Si muere... ya sabéis qué hay que hacer.

El alba del día siguiente trajo un cielo despejado y promesas de más calor. Fran y su hija desayunaron gachas de maíz y aguacate —uno de los cultivos que milagrosamente prosperaban—, antes de salir a revisar las defensas. El joven sevillano dormía, febril, pero aún respiraba. Las patrullas estaban alerta, sin relajarse, aunque en los patios había algo parecido a la esperanza: por una vez, la amenaza se había contenido y la vida, pese a todo, seguía.

A lo lejos, junto al mar, el puerto agonizaba entre barcos herrumbrosos y grúas cubiertas de zarzas. Detrás, la catedral mantenía su torre en pie, vigía inerte de una era perdida. Málaga, ciudad de los muertos lentos, empezaba a recordar cómo era la vida cuando aún valía la pena construir para el mañana.

La Alcazaba, robusta y salvaje, resistía. Y dentro de sus murallas, niños y mayores aprendían, en cada jornada, que la verdadera supervivencia no era sólo esquivar la muerte, sino saber aún reconocer la dignidad —y la bondad— bajo el polvo del fin del mundo.

Así siguió aquel verano de 2027, bisagra en la historia de una Málaga que, como tantas otras, empezaba a soñar con el regreso de todo aquello que, sin saberlo, siempre había sido lo más valioso: la posibilidad de un futuro.

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