Fragmento:
David había llegado a la ciudad desde Brooklyn, caminando entre barricadas destruidas, pasos en zapatillas empapadas y un miedo incapaz de gritarse. Apenas quedaba algo familiar en el allí. El paisaje de Nueva York se había transformado: Times Square, una ruina de rótulos sin luz donde las hordas arrastraban pies entre carros volcados y montones de ropa vacía. La Quinta Avenida, invadida por restos de barricadas y huesos desmembrados. El Puente de Brooklyn, envuelto en una niebla repentina, convertida en trampa mortal: cientos habían intentado cruzarlo, y ninguno volvió.
Duración: 11:13
12 de octubre de 2020.
La oscuridad caía sobre una Nueva York irreconocible, como lo hacía cada noche en la pesadilla interminable que ahora era la vida real. Los rascacielos, una vez custodiados por luces titilantes, eran siluetas mudas y rotas, agujas despuntando contra el cielo sepulcral. En las calles solo reinaba el eco del caos y el murmullo arrastrado de los que ya no vivían, pero tampoco se iban.
David llevaba seis noches durmiendo en el interior de una vieja lavandería autoparticular, junto a lo que quedaba de su grupo. Nadie hablaba mucho; hasta los susurros podían ser letales. El único sonido era el golpeteo sordo del viento forzando las cortinas de plástico, colgadas cualquier cosa de las puertas para tapar la luz de sus linternas. Del otro lado de ese delgado velo, el mundo vibraba con pasos erráticos, gemidos lejanos y de vez en cuando el grito breve de un desafortunado; una promesa de violencia inesperada y repentina.
Fuera era octubre y el aire tenía un filo afilado por el otoño, pero dentro del refugio la sangre corría más fría que nunca. El grupo permanecía inquieto. Algunos se turnaban para vigilar desde el segundo piso, asomados por entre persianas rotas, buscando siluetas torcidas o la señal furtiva de bandas humanas. La frontera entre el peligro de lo humano y lo inhumano se había difuminado; las bandas armadas y hambrientas pronto serían tan voraces y crueles como los infectados. David no sabía cuál le asustaba más.
Durante el día, el grupo intentaba reunir suministros. El supermercado de la esquina, saqueado y convertido en campo de batalla días atrás, fue el escenario de una pesadilla recurrente que atormentaba a David. Un sueño que se repitió la noche anterior, y la anterior… y la anterior; cada vez comenzaba igual y terminaba peor.
Soñaba siempre con estar en los estantes apestosos de la sección de conservas. Tomaba entre sus manos una lata de sopa fría, sentía las etiquetas rasgadas bajo los dedos. Al otro lado del pasillo estaban sus compañeros: Mónica, la enfermera de Queens; Reggie, el mecánico del Bronx; y Ajay, el estudiante indio, ahora experto en abrir cerraduras. Se encontraban a tan solo unos pasos, pero sus voces se escuchaban lejanas, distorsionadas, como a través de agua.
De pronto, sonaba la alarma del supermercado, un chirrido desesperado e irreal porque el sitio no tenía luz desde hacía meses. Sin embargo, en el sueño se encendía, como si en ese plano inexplicable la electricidad hubiera regresado solo para atraer a todas las sombras de la ciudad. Los estantes vibraban. Las latas rodaban y la sangre le hervía a David. Era el mismo horror: mirando hacia la puerta de entrada, veía la masa apretada de cuerpos, infectados y vivos, que se abalanzaba como una ola de carne podrida y desesperanza.
Ahí despertaba, empapado en sudor, temblando y parpadeando en la penumbra para orientarse, recomponiéndose la realidad: la lavandería, el ronquido tenue de sus compañeros, ese inconfundible olor a piel sucia y sangre seca.
Reggie fue el primero en percatarse de los sueños de David. Lo tomó por los hombros una mañana y le dijo, entre broma y alarma: "Tío, gritas tanto por las noches que hasta los muertos van a venir a callarte". David le sonrió, pero sus ojos tenían venas rojas como raíces sobre tierra marchita.
David había llegado a la ciudad desde Brooklyn, caminando entre barricadas destruidas, pasos en zapatillas empapadas y un miedo incapaz de gritarse. Apenas quedaba algo familiar en el allí. El paisaje de Nueva York se había transformado: Times Square, una ruina de rótulos sin luz donde las hordas arrastraban pies entre carros volcados y montones de ropa vacía. La Quinta Avenida, invadida por restos de barricadas y huesos desmembrados. El Puente de Brooklyn, envuelto en una niebla repentina, convertida en trampa mortal: cientos habían intentado cruzarlo, y ninguno volvió.
En octubre, la comunicación era ya solo un rumor perdido. Aquellos que todavía portaban radios militares sobrevivían intercambiando noticias breves, casi todas angustiosas. Según las últimas frecuencias interceptadas —un susurro desde algún cuartel inundado de Lower Manhattan—, las tropas federales habían desertado o luchaban por escapar. Algunos decían que todo el alto mando se había derrumbado. Nadie sabía nada de los políticos. Solo quedaban bandas. Tropas de nadie, lideradas por la desesperación.
En las pesadillas de David, el mundo era aún más confuso. El supermercado se mezclaba con lugares de su infancia, de su vida anterior: la cancha de baloncesto en Prospect Heights, la tienda de discos donde se escondía de adolescente. Pero ahora, en los sueños, todos esos espacios estaban poblados por gente sin rostro que le susurraba en un idioma que no reconocía. Al girar la cabeza, veía a sus compañeros, los mismos que compartían la lavandería, colgados de ganchos entre las lavadoras, con ojos vacíos, haciendo señas como si le culparan por dejarles morir.
Por las noches, David se obligaba a examinar las salidas del edificio, tantear las escaleras traseras, comprobar la barricada improvisada en la puerta principal. Una noche, mientras caminaba inquieto por el segundo piso, distinguió un destello naranja a través del cristal cubierto de hollín: un edificio cercano estaba ardiendo. La silueta de los infectados bailaba en la calle, fascinado por el fuego. Entre ellos, vislumbró a alguien —un niño pequeño, vivo— parado entre cuerpos, mirándole directamente. Le pareció tan real que bajó corriendo las escaleras, solo para encontrar la puerta principal bloqueada. Cuando regresó al segundo piso, no había ningún fuego; solo la procesión perpetua de los muertos. Se culpó. La ciudad y sus sueños comenzaban a desdibujarse.
En los sueños, el tiempo marchaba sin lógica. A veces, las noches eran interminables; otras, apenas parpadeaba y ya había pasado una semana. El más reciente fue el peor: despertó creyendo oír la voz de su madre, largamente muerta, llamándole desde el otro lado del vestíbulo, implorando, advirtiendo… "No abras la puerta, David. No abras nunca." Pero en el sueño él abría la puerta, y una marea de brazos enrojecidos lo arrastraba a la calle, donde el asfalto ardía y el cielo reía con dientes de neón. Era Nueva York, pero torcida: los semáforos parpadeaban colores imposibles, los edificios se fundían como cera y los muertos bailaban entre los taxis oxidados.
Durante el día, trataba de borrar esas imágenes ayudando a Mónica a clasificar los suministros, a Reggie a apilar muebles frente a las ventanas o a Ajay con las radios, pero en el fondo sentía que algo se descomponía en su mente. La vigilia era peor que los sueños. Ya no sabía si los susurros brotaban de la calle… o de su propia cabeza.
El ruido de la ciudad nunca desaparecía, no del todo. El constante clac-clac de pies arrastrados sobre el asfalto, los gritos a lo lejos, el zumbido persistente de la muerte cercana. La paranoia se contagiaba como enfermedad, y el grupo dormía cada vez menos. Nadie podía confiar en que la noche se mantendría tranquila. Todo podía cambiar en cuestión de segundos.
Una tarde fría, el grupo decidió moverse a otro refugio, temiendo que la lavandería fuera demasiado expuesta. Cargaron mochilas gastadas, latas de conserva, una radio y dos revólveres con seis balas entre ambos. David se despidió en silencio del sitio, convencido de que los sueños perseguirían a donde fuera. Cruzaron calles anchas llenas de escombros, edificios devorados por el fuego y el saqueo, y las aceras alfombradas de papeles, juguetes, fotografías; recuerdos desvanecidos de una ciudad que se negaba a morir.
Caminaron hacia el hospital NewYork-Presbyterian, esperando que las puertas de acero aún resistieran. Al acercarse, distinguieron siluetas rápidas en la penumbra: no muertos, sino humanos armados. Los cuerpos en la entrada, muchos marcados con "LADRÓN" o "TRAIDOR" pintado encima, avisaban que la entrada era peligrosa. El grupo retrocedió rápidamente, buscando refugio en una oficina postal derruida. El peligro humano era, sin duda, ya peor que la plaga.
Esa noche, la oficina postal se convirtió en el escenario del sueño. David se vio recluido junto a sus amigos, pero en lugar de infectados, los rodeaban decenas de niños uniformados, cantando canciones infantiles. Las canciones se volvían gritos cacofónicos, y los niños, uno a uno, caían al suelo, convulsionando, convirtiéndose en zombis ante sus ojos. David gritaba, y la realidad se plegaba sobre sí misma: la oficina postal se fundía con la cancha de baloncesto de su infancia y de nuevo, su madre le susurraba desde detrás de la reja: "No abras la puerta, David. No abras nunca."
El sonido de un disparo le despertó. Escuchó a alguien corriendo en la sala contigua. Reggie estaba, como él, empapado en sudor, jadeando. Ajay murmuraba oraciones en voz baja, Mónica abrazaba con fuerza una lámpara como si fuera su hija perdida.
"¿Alguien más los escuchó?" preguntó Reggie al silencio.
Todos asintieron.
"No sé qué es peor", murmuró Mónica. "El mundo que dejamos o este… mundo de sueños que nos persigue. Ni siquiera duermo para descansar. Duermo solo para seguir asustándome."
David comprendió entonces que no era el único cazado por pesadillas. Nada era descanso en un mundo roto donde la muerte era compañía y la mente, traicionera.
Afuera, la ciudad respiraba con dificultad entre el humo y la podredumbre. Broadway era un cementerio de taxis calcinados. La Bolsa de Valores, saqueada y cubierta por graffitis histéricos. Las campanas de alguna iglesia sonaban de cuando en cuando, tan fuera de lugar que se sentían como truenos en pleno eclipse.
La vida se había convertido en una vigilia sin final. Un ciclo de días y noches mutiladas, en el que los supervivientes —David, Reggie, Mónica, Ajay— luchaban no solo contra el hambre y los infectados, sino contra la invasión silenciosa de sus propios miedos, encarnados en sueños malévolos, en recuerdos traicionados y en la angustia de saber que, quizás, la esperanza era una enfermedad más, una condena dulcificada con la promesa de un futuro irreal.
Ese octubre, en la Nueva York vacía y agonizante, los sobrevivientes eran sonámbulos. Caminaban despiertos, pero en el fondo, sus almas se habían quedado atrapadas entre el sueño y la vigilia, entre el recuerdo y la pesadilla. Y nadie, ni en la lavandería, ni en la oficina postal, ni siquiera los que portaban las armas, sabía si algún día despertarían de esa noche extendida… o si Nueva York y sus sueños rotos serían el último refugio de sus pesadillas recurrentes.
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