1 de Julio de 2023.
La noche había devorado Orlando, y lo único que parpadeaba en la distancia era el reflejo de un fuego de campamento sobre la cúpula oxidada de lo que, en otro tiempo, fue el pabellón principal del Epcot Center. Dicen que, hace muchos años, hasta las estrellas se veían mejor aquí, junto a los lagos artificiales de Disney, antes de que los gritos y el silencio reemplazaran los fuegos artificiales y las risas de los turistas. Hoy, Orlando era una ciudad fantasma, un mosaico de comunidades atrincheradas, parques temáticos saqueados y peligros que se desplazaban con la misma naturalidad que las nieblas matutinas sobre el Lago Eola.
El grupo de Lena se había asentado en el centro de convenciones. No era su primera opción: habían intentado resistir en Lake Nona, demasiado expuesta a saqueadores, y después en Winter Park, hasta que los zombis, atraídos por algún ruido, irrumpieron una noche y arrasaron fortificaciones improvisadas hechas con restos de vallas publicitarias. Aquí, en la mole vacía y reverberante del centro de convenciones, la vida tenía un sentido de prisión interrumpida por ráfagas de esperanza. Se turnaban para patrullar las entradas, revisaban trampas, y mantenían la colección de cuchillos, linternas solares y viejos walkie-talkies como si fueran oro.
Aquel día —un 1 de julio sofocante y húmedo, típico del verano de la Florida, aunque ya nadie lo notaba como antes— Lena volvía junto con Marco y Ángela de una expedición a lo que alguna vez fue el Florida Mall. Habían encontrado poco: dos latas de vegetales en una trastienda saqueada, una caja de botiquín de primeros auxilios con vendajes amarillos por el tiempo, y, quizás lo más valioso de todo, un paquete de semillas de calabaza sin abrir, que Marco guardaba en su bolsita de cuello como el tesoro que era.
Al acercarse a la entrada trasera del centro de convenciones, Ángela se detuvo, atenta. Lena imitó su gesto e inspiró, el sudor recorriéndole la mejilla hasta rozar sus labios resecos. El silencio era distinto: un zumbido de expectativa, como si los ecos del pasado se agolpasen en las paredes.
"¿Viste eso?" susurró Ángela, señalando la entrada principal.
"Algo se mueve", dijo Marco en voz muy baja.
Al principio creyeron que era un deambulante, alguno de esos zombis tan viejos que ya apenas podían arrastrarse. Pero no tardaron en distinguirlo: era un chico joven, no mayor de veinte años, delgado, vestido con mochila y una camiseta de Hogwarts descolorida. Iba caminando despacio, un brazo en alto, como si pidiera misericordia.
Lena se adelantó a los chicos, cuchillo en mano pero visible, saliendo a su encuentro. El muchacho la vio y se detuvo a unos quince metros.
"¡Oye! ¡No busco líos, vengo solo!", gritó con voz rota.
"¿Qué quieres?", le interrogó ella, mientras Ángela y Marco flanqueaban en silencio y revisaban que no hubiese emboscada.
"Vengo de International Drive —dijo el chico, con acento apagado—, llevaba días caminando, ya no hay nada por allí, solo cuerpos y ratas. Escuché en la radio hace semanas que había supervivientes en el centro."
La mención de la radio hizo que se relajasen, pero apenas un poco. Nadie confiaba realmente en los recién llegados: desde que bandas organizadas viajaban por los restos de la ciudad secuestrando gente para trabajos forzados, la paranoia era a veces peor que el hambre.
Lena bajó el cuchillo. "¿Tienes algo a cambio? ¿Algo para ofrecer?"
El chico dudó, bajó la mirada, y sacó una navaja suiza oxidada de su mochila.
"No mucho, pero soy bueno con las manos. Puedo reparar cosas. Era aprendiz en un taller, antes. Arreglo radios, generadores, lo que sea. Solo necesito un techo y… algo que comer."
Había una humanidad tan simple y desesperada en su voz que, pese a los riesgos, lo dejaron pasar tras revisarlo a fondo y hacerle prueba de mordeduras. Lena lo presentó a los demás: Will, su nombre, que llevó a su camastro al lado de los generadores reconstruidos.
Las noches en el centro de convenciones eran un equilibrio entre rutinas y la tensa posibilidad de desastre. Orlando estaba plagada de zonas muertas: al norte, los edificios fantasmales del downtown eran los dominios de bandas armadas y zombis apenas móviles pero en número suficiente para despedazar a cualquier incauto. Hacia el sur, el territorio de Disney World era ahora un fortín de murallas improvisadas, poblado por un grupo rival con el que sólo existía tregua fría. Su bandera —unos Mickey Mouse pintados en negro con aerosol sobre paneles de madera— se veían desde lo lejos.
Para evitar conflictos, los desplazamientos eran sigilosos. Se usaban rutas secundarias —meandros entre hoteles derruidos, pasos por campos de golf cubiertos de maleza— para cruzarse con el menor número de problemas no-muertos y humanos posibles. El verdadero peligro estaba en los humanos: no era raro que una expedición desapareciese y luego se oyeran historias de esclavitud o muerte.
Esa noche, tras la comida —queso enlatado, arroz hervido, algo de carne seca que sabían no podía durar mucho— Will tomó una radio descompuesta y, durante horas, la destripó pieza a pieza, limpiando conectores y revisando cables, mientras los demás conversaban, aferrándose a lo que quedaba de humanidad.
“¿Por qué Orlando?” preguntó a Marco una vez terminada la cena. Marco encogió los hombros. “En su momento, creíamos que, si el mundo estaba terminando, al menos moriríamos cerca de los sitios felices. Íbamos a Disney en caravana, los zombis aún no llegaban tan lejos. El parque cerró antes de la gran caída y, cuando quisimos volver a nuestras casas… ya no había carretera ni seguridad. Así que aquí nos quedamos.”
“Yo trabajé en Universal”, confesó Ángela. “Montaba en las atracciones para probar seguridad. Cuando todo empeoró, algunos intentamos fortificarnos en el castillo de Harry Potter. Aguantó hasta que se acabó la comida. El resto… han debido unirse a alguna banda. Si han vivido.”
En ese momento, la radio chasqueó. Will ajustó el dial y, tras segundos de chirrido blanco, una voz crepitó por el altavoz.
“…norte de Kissimmee… noche despejada… caravana en ruta hacia old Celebration, eviten senderos cerca del Seven Dwarfs Mine Train, peligro alto…”
La electricidad recorrió el grupo. Hacía meses que solo oían silencio o estática; ese mensaje era oro puro. Una caravana de comerciantes, acaso, cruzando la franja sur del condado, caballos o bicicletas reforzados y, más importante aún, otros sobrevivientes, otra chispa de civilización.
Toda la noche deliberaron. Algunos decían que la caravana podía ser una trampa: había quienes ponían emboscadas, fingían transmisiones para robar comida y equipamiento. Otros creían que era mejor negociar con ellos antes que terminar saqueando a sus vecinos. La precariedad del botín diario era el argumento más fuerte: no podrían sobrevivir muchos meses más solo con saqueos locales.
De madrugada, Lena propuso formar una pequeña delegación de intercambio y reunirse en las afueras del parque Magic Kingdom, en el estacionamiento principal, zona considerada “tierra neutral” a falta de jurisdicciones reales.
Dos días después, cruzando pastizales húmedos, Lena y Will —el más joven, útil con radios y pequeño para moverse rápido— llegaron al parque. La silueta repintada del castillo de Cenicienta sobresalía como una ruina de cuentos góticos. Las fuentes, antaño llenas de niños corriendo y selfies, estaban pudriéndose bajo la maleza. Restos de huesos y zapatos mugrientos flotaban en el agua estancada. A lo lejos, dos figuras ondeaban una sábana blanca.
La caravana era modesta: tres adultos armados, dos adolescentes, un niño y una yegua tan flaca como la esperanza. La líder, de nombre Erika, portaba una escopeta y saludó con el recelo de quien ha visto demasiado.
Tras el intercambio de saludos y preguntas, negociaron. Harina, sal y una pequeña botella de antibióticos: el trueque por diez pilas alcalinas, dos mapas jalonados de rutas seguras y una bolsa pequeña de semillas. Lo sellaron en silencio, con la obligación tácita de no revelar sus respectivas bases al resto de Orlando.
Ese día, antes de despedirse, Erika compartió un rumor: una comunidad del otro lado de Universal, cerca de Dr. Phillips, había reunido suficiente gente para armar un mercado mensual, protegidos por “soldados”, donde el trueque no dependía solo de la fuerza, sino de acuerdos y señales visuales en las azoteas que alertaban de las hordas.
Lena y Will regresaron al centro de convenciones envueltos por el crepúsculo rosado de Florida, los pies embarrados, respirando profundo por primera vez en meses. Quizá, pensó Lena, aquello era lo más cercano a la esperanza en mucho tiempo.
Por la noche, cuando el grupo se reunió para compartir el botín y planear nuevas rutas, alguien —Rafa, poeta antes de la plaga, vigilante y amargo desde entonces— pidió silencio y leyó en voz baja un antiguo folletín turístico del Orlando de antes. Habló de “la tierra donde los sueños se hacen realidad”, frase que sonaba casi blasfema, ridícula, pero también reconfortante.
Después, cuando todos se acostaron sobre viejos colchones y lonas, Lena vio a Will retocando la radio con las piezas nuevas ganadas en el trueque. Lo observó con ternura, ese muchacho que reconstruía tecnología deshecha igual que ellos reconstruían sus vidas maltratadas.
En Orlando ya nadie soñaba con volver al pasado. Pero la posibilidad de escuchar, aunque fuese una vez a la semana, una voz humana entre la estática, les bastaba para convencerse de que sí valía la pena seguir resistiendo bajo el silencio del castillo de Cenicienta, entre las torres devastadas del reino mágico.
Al día siguiente, Marco y Ángela discutieron animadamente sobre abrir una ruta hacia el sur, imaginando lo que podía ser encontrar ese “mercado protegido” y negociar para asegurar comida el próximo mes. Lena, mientras tanto, anotó en el diario colectivo una pequeña frase con tiza blanca junto al mapa de rutas: “No estamos solos. Mantener la radio viva.”
Allá fuera, el mundo podrido, los zombis pululando como sombras, los humanos aún más peligrosos que ellos. Pero en el corazón maltrecho de Orlando, los sobrevivientes tejían poco a poco comunidad, sentido y, muy de a ratos, hasta una suerte de futuro.
Esa noche, 1 de julio de 2023, antes de dormir, Will logró captar una segunda emisión. Era sólo un niño recitando el abecedario. Pero sonó, por un instante, como magia. Como si las luces, en cualquier momento, fueran a encenderse de nuevo y el viejo mundo, aunque fuera por un segundo, pudiera volver.
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