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Portada del relato El aliento de los sobrevivientes
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Fragmento:


A medida que Ágata y Marçal cruzaban la avenida Jaime III, veían los nuevos carteles en las fachadas: “El mercado abrirá al mediodía”, “trueque: trigo por herramientas”, “se buscan semillas resistentes”. En el suelo, una cuadrilla de niños retiraba piedras y reparaba boquetes en el pavimento, entonando una canción cuyo ritmo había aprendido de padres y tíos cuando los apagones comenzaron. Junto al conservatorio, un grupo de voluntarios ensayaba canciones tradicionales. La música, en ese mundo, no era solo alegría, era también código: avisos, alertas, historias y memoria.

Duración: 11:39

El aliento de los sobrevivientes
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Texto de ajuste de pausa.

15 de septiembre de 2028

La luz del amanecer golpeó los restos de la catedral de Palma, donde la torreta improvisada en la escalinata de la Seu seguía en pie. Antiguamente un lugar de silencio y recogimiento, ahora era el corazón del sistema de vigilancia de la ciudad, coronado por una sirena manual, un catalejo acoplado a una vieja guitarra fracturada y carteles con los avisos más recientes. Empezaba otro día en la Palma amurallada, “Mallorca Nova” la llamaban los recién llegados. A veinte metros de altura, Ágata giraba el cuerpo con nerviosismo, atenta a las primeras sombras que trepaban desde los callejones y huertos recuperados. Cumplió dieciséis años en verano y, como decían por allí, “la juventud se le acabó antes de tiempo”.

A sus pies, el casco antiguo era ahora una mezcla de refugio medieval, improvisado y con las cicatrices de la larga pesadilla. Los anteriores diez años estaban grabados en cada piedra, cada bar convertido en granero, cada hotel transformado en clínica o escuela. Los edificios alrededor del Parc de la Mar, alejados de los viejos circuitos turísticos y de las interminables terrazas de antaño, eran hoy granjas urbanas: una hilera de olivos, cebollas, trigo bajo mantas de plástico, unos almendros raquíticos que aún sobrevivían.

Ágata tenía la encomienda más importante del día: vigilar el acceso norte, la rambla que subía hacia el interior, y donde los vigías advirtieron que en las ultimas jornadas se habían avistado movimientos extraños: una caravana de centenares de personas venía bordeando la costa y los caminos rurales, una caravana armada, según decían los mensajeros rápidos.

La ciudad estaba tranquila a esa hora. Las pisadas de los guardias que reemplazaron a Ágata se hacían eco en la escalinata. Abajo, Marçal, un hombre enjuto con barba hirsuta, le hizo una seña desde la calle: "¡Vamos a desayunar! Hoy toca turno doble en el muro este". Ágata asintió, le devolvió el catalejo y bajó a paso ligero, echándole un último vistazo al mar. Seguía en calma, con sus barcas parcheadas que patrullaban la bahía, algo que desde hace meses no ocurría apenas: finalmente, el comercio y el contacto humano recuperaban la esperanza, aunque lentamente, y el rumor del Mediterráneo seguía recordando a la comunidad lo que unas décadas atrás fue su vida.

La fortaleza de Palma, tras cinco años de esfuerzo conjunto, lograba mantener una cintura de seguridad relativamente amplia. Cuando el virus llegó, nadie imaginó que la isla, tan aislada y tan dependiente de aviones y cruceros, se convertiría en una plaza fuerte. El brote en la primavera del 2020 arrasó muchas zonas, pero aquí la resistencia duró más de lo esperado. Cuando la ley marcial falló y las comunicaciones globales cayeron, quienes sobrevivieron se unieron en torno a la catedral, al castillo de Bellver y a los almacenes de alimentos de la zona portuaria.

A medida que Ágata y Marçal cruzaban la avenida Jaime III, veían los nuevos carteles en las fachadas: “El mercado abrirá al mediodía”, “trueque: trigo por herramientas”, “se buscan semillas resistentes”. En el suelo, una cuadrilla de niños retiraba piedras y reparaba boquetes en el pavimento, entonando una canción cuyo ritmo había aprendido de padres y tíos cuando los apagones comenzaron. Junto al conservatorio, un grupo de voluntarios ensayaba canciones tradicionales. La música, en ese mundo, no era solo alegría, era también código: avisos, alertas, historias y memoria.

En el mercado, bajo lonas improvisadas, el bullicio crecía. Era día especial: la caravana del interior traía sal, nueces, algo de aceite y, lo más codiciado, noticias. El trueque era minucioso; el pan de cebada y las almendras tostadas pasaban de mano en mano con la solemnidad del oro antiguo. Ágata observó a su madre, blanca como la harina y con el cabello recogido, negociar por un pomo de miel con un hombre cubierto de polvo. Por los pasillos circulaba la palabra de moda: “Los zombis ya no son amenaza, pero hay que temer a los vivos”. La horda más cercana fue avistada al otro lado de Llucmajor, pero los expertos en caza y rastreo decían que, salvo accidentes, las ciudades amuralladas ya podían dormir sin temor constante.

No obstante, el verdadero peligro era otro. Tres días atrás, dos grupos de saqueadores intentaron robar un almacén de semillas en Binissalem. Tuvieron que repelerlos a tiros improvisados, armas que fabricaron a partir de viejas escopetas de caza, pólvora artesanal, y una violencia que ni los abuelos recordaban. En septiembre de 2028, la humanidad sobrevivía, sí, pero la confianza era aún una materia prima escasa.

Ágata y Marçal trabajaron en los muros bajo un sol implacable, sustituyendo paneles destruidos por las ventiscas del invierno. Lo hacían junto a otros voluntarios, algunos de la propia Palma, otros de pueblos que se refugiaron tras la caída de Inca y Artà dos años atrás. Desde el parapeto se divisaba el verde irreal de las terrazas de la ciudad vieja, un puñado de animales—ovejas, dos caballos, algunas mulas—y los nerviosos movimientos de los exploradores más jóvenes.

Fue pasadas las once cuando un jinete emergió del camino de Sóller, ondeando un trapo rojo. Nadie gritó: la señal indicaba que venía la comitiva de la caravana, identificados, sin signos de enfermedad o agresión. Inmediatamente, manos entrenadas giraron las sirenas; una pausa larga, luego tres toques cortos. Esa era la clave para “todo bajo control”. Unas treinta figuras humanas, la mayoría a pie, otras en carros improvisados, entraron en el perímetro exterior por las murallas antiguas, saludados por las lanzas levantadas de los centinelas. No había sonrisas abiertas, pero sí el asomo de esperanza.

Camilo, el capitán de las caravanas, tenía la voz ronca y la piel tostada como la tierra seca. Traía, además de sal y nueces, unos fascículos extraídos de una imprenta antigua, viejas revistas que usaban como moneda complementaria o material didáctico en las escuelas comunitarias. “Venimos desde Manacor”, contó, “han limpiado media docena de masías de los últimos infectados. La mayor parte ya están como momias, inútiles, solo quedan los peligrosos en las ruinas de Felanitx”.

Marçal, visiblemente aliviado, preguntó en voz baja: “¿Han aparecido saqueadores?” Camilo negó. “No ahora, no por el sur. Pero arriba en Tramuntana nos dijeron que un grupo armado rondaba por las cimas”. El intercambio fue rápido; bolsas de cereal cambiaron de dueños, rollos de cobre, herramientas y frascos de antibióticos mudaron de mano como si fueran reliquias sagradas y, sobre todo, informes de rutas seguras. La información, si bien no era inmaculada, era el bien más valioso.

A mediodía, la caravana se dirigió al mercado central en la plaza Mayor, protegido por una empalizada doble y centinelas armados. Ágata y su madre coincidieron allí, recolectando los víveres reservados para las jornadas de trabajo comunitario. En la plaza se alzaba un tablón donde un hombre alto y calvo, de expresión severa, leía las novedades del día con voz potente: “El mercado durará hasta el atardecer. La ruta hacia Lluc se mantiene despejada. Se prohíbe acceder a los túneles de la estación por riesgo de colapso.”

Fue entonces cuando una mujer joven, Sonia, compañera de Ágata desde la niñez, la tomó del brazo y la arrastró hacia el callejón de Sant Miquel. “Fíjate”, susurró. Decenas de niños jugaban a atrapar zombis de barro, imitando los rituales de los cazadores, mientras un par de adolescentes pintaba un mural en la pared, una escena ingenua: el mar azul, unas barcas, y montañas sin zombis. Era, a simple vista, la representación del mundo que aspiraban a reconstruir.

—¿Crees que algún día esto que vivimos será solo un recuerdo? —preguntó Sonia, mirando el mural.

Ágata le sonrió sin soltar la lanza. —Quizás. Mi madre dice que los humanos siempre cuentan historias para olvidar los miedos.

Un crujido lejano interrumpió la conversación. En el lado opuesto de la plaza, dos figurantes de la guardia empujaban a un hombre encapuchado. “Lo pillaron robando munición”, gritó otro centinela. Tenía la mirada vacía y los nudillos ensangrentados.

Marçal y los mayores organizaron un juicio relámpago. El acusado explicó, con la voz temblorosa, que debía llevar la pólvora a su asentamiento, al norte de la isla. La ley improvisada era dura: el robo, en tiempos donde todos luchaban por sobrevivir, ponía en riesgo a la comunidad entera. Tras una breve deliberación, la asamblea lo condenó al exilio. Le dieron agua, pan y la promesa de que nadie lo mataría si se marchaba al norte antes del anochecer.

Ágata no podía evitar sentirse incómoda. Esa escena se había repetido muchas veces en los últimos meses, pero ahora le resultaba más cruel. Allí, en las entrañas de su ciudad reconstruida, la humanidad buscaba justicia pero a menudo caía en la supervivencia a ciegas.

El atardecer llegaba con olor a carbón y pan recién horneado. Los niños, en el momento de la oración colectiva, subieron a lo que antes fue el escenario de la playa de Can Pere Antoni y dijeron una frase ritual: “Hoy agradecemos el trigo, las paredes altas y el sol. Mañana... lo que venga.” Parecía simple, pero era un anclaje para la esperanza.

En lo alto de la fortaleza, Ágata regresó a su puesto, con el catalejo en el cinturón. Observó cómo el sol caía sobre la bahía y los faroles de viento iluminaban las sendas a los refugios subterráneos. Por primera vez en semanas, el mar estaba lo suficientemente tranquilo como para permitirse un suspiro. Su madre le llevó un trozo de pan, se sentó a su lado y habló en voz baja, casi como si temiera que las viejas paredes la escucharan.

—Antes del desastre, nunca mirábamos el cielo. Todo era prisa. Ahora… ahora solo nos queda esperar los amaneceres y contar las noches. ¿Sabes qué soñé anoche? Que el virus se iba, como la fiebre. Y todos podríamos volver a correr por la playa, sin miedo.

Ágata la miró un instante. Quería decirle: “Eso ya nunca va a pasar.” Pero también sabía que, de alguna forma, la esperanza era la última defensa de los hombres y mujeres de Mallorca Nova.

Y así, mientras la ciudad se recogía, mientras unos se arropaban junto al fuego y otros patrullaban en silencio, la vida seguía. El eco de tambores, la música lejana de una guitarra, el aroma tenue del vino artesanal en las fiestas clandestinas, las risas de los niños, las conversaciones en la penumbra, todo ello tejía la red invisible que, más allá de los muros y las lanzas, mantenía unido el corazón de Palma.

En ese septiembre de 2028, la guerra con los zombis era un triste recuerdo y, aunque el futuro era incierto y el peligro nunca cesaba, las gentes de la isla aprendían, día a día, a reconstruir no solo sus murallas, sino sus sueños. Palma se convertía poco a poco en la promesa de una nueva vida, edificada sobre las ruinas de todas las anteriores. Porque, como decían en cada mercado de trueque: “Mientras haya canciones, habrá futuro”.

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