Fragmento:
Martí iba al frente, cuchillo en mano, con la mirada siempre en movimiento. Jimena, a su lado, cargaba el botiquín y el fusil heredado de algún militar francés. Los chicos, Adán y Margalida, portaban mochilas vacías para el botín. Los forasteros, Santi y Roman, llevaban las lanzas caseras y el único revólver del grupo. Yo me ocupaba de la radio, rezando porque la batería resistiera lo suficiente.
Duración: 10:16
15 de noviembre de 2027
El rumor llegó por radio primero, la señal tan débil como el hilo de esperanza que todos en el castillo manteníamos. Decían que, finalmente, la vía hacia Sóller estaba limpia, que un convoy rebelde había conseguido empujar a una horda entera de vuelta hacia el casco antiguo de Palma y sellar a los que no podían moverse bajo casi un metro de escombros y acero. Algunos, los más crédulos, lloraron de alivio. Los que teníamos más tiempo sobreviviendo aquí, en la vieja fortaleza de Bellver, simplemente apuntamos a nuestras tareas y recontamos las balas.
Palma en 2027 no era la ciudad de los atardeceres dorados ni de la postal turística. Era una fortaleza herida, acuchillada una y otra vez por la marea de zombis que, durante ocho años, había subido y bajado con las estaciones, empapando hasta el último rincón con el miedo seco de los que ya solo sabían sobrevivir. Pero ahora, algo diferente flotaba en el aire frío de noviembre. Palma aún respiraba, y cada bocanada era una mezcla de humo de leña, desinfectante casero y frescor marino. Humanos y rumor de esperanza, ambos, se mezclaban en la brisa.
Vivo en Bellver desde 2024. Después de que la Catedral de la Seu cayera, invadida primero de turistas convertidos y luego de saqueadores humanos, los restos de la Guardia Urbana, algunos sanitarios y una docena de familias nos refugiamos aquí. El castillo, circular y alzado, domina la ciudad en una colina boscosa. Los muros antiguos, reforzados con planchas modernas y restos de coches blindados, resistieron más de una noche de pánico y varias ráfagas de disparos. Construimos una empalizada de vigas, tejimos redes de alarma en cada camino y aprendimos a dormir con una oreja en el aire.
El invierno había llegado pronto, y aquella noche, las hogueras al borde de los patios internos calentaban mucho menos que otras veces. Había menos leña, pero también menos miedo. Habíamos sobrevivido otro año. O eso pensábamos.
Esa noche se planeó la expedición a la bahía, la más ambiciosa en casi tres años. Bajaría al puerto un equipo de siete personas: yo, Martí, —que antes era bombero—, Jimena, la doctora uruguaya que llegó en un carguero arrastrado por la corriente, dos chavales mallorquines que nunca habían conocido la ciudad sin peligro, y un par de "forasters" con más cicatrices que historias compartidas. Íbamos a cruzar la línea de los viejos hoteles para buscar gasolina y armas en el arsenal que la Guardia Civil había abandonado justo antes del gran derrumbe de 2022.
Antes, las misiones eran de pura recogida. Entrábamos y salíamos por los túneles antiguos que bordean el Passeig Marítim, esquivando cuerpos, a veces matando alguno de los que aún conservaban la fuerza suficiente para atacar. Ahora era diferente; la mayoría de los zombis de las calles eran lentos, casi cadáveres con memoria. Una carne resbaladiza, un eco de lo que fueron. Pero en los sótanos y las sombras, la muerte seguía acechando. Sabíamos que los recién convertidos eran otro asunto: rápidos, furiosos, invisibles hasta que sentías su aliento podrido en la nuca.
A las seis de la mañana del 16 salimos. El aire estaba cargado de sal y madera quemada; descendimos la costa, siguiendo la vieja carretera Carretera de Génova, esquivando las casas colgantes silenciosas y huertos abandonados, ahora salvajes. Nuestro refugio era la antena radiofónica sobre Es Jonquet, un punto de observación clave, desde donde los vigías divisaban el puerto, las torres incendiadas del Paseo Mallorca y el esqueleto negro de la Catedral.
Martí iba al frente, cuchillo en mano, con la mirada siempre en movimiento. Jimena, a su lado, cargaba el botiquín y el fusil heredado de algún militar francés. Los chicos, Adán y Margalida, portaban mochilas vacías para el botín. Los forasteros, Santi y Roman, llevaban las lanzas caseras y el único revólver del grupo. Yo me ocupaba de la radio, rezando porque la batería resistiera lo suficiente.
Llegar al puerto fue como cruzar al otro lado del espejo. Las olas habían cortado la conexión entre las estribaciones del castillo y las ruinas costeras, y cada paso nos devolvía a una ciudad devorada por el agua y el abandono. Decenas de embarcaciones volcadas yacían en el agua, algunas cubiertas, otras abiertas como bocas llenas de algas. Se rumoreaba que bajo el dique de poniente aún revivían algunos cadáveres, atados a las corrientes como títeres rotos. Allí nos esperaba el almacén.
Entramos por el flanco sur. El hedor a diesel derramado se mezclaba con la podredumbre de las redes y los peces podridos. Una bandada de gaviotas gritó al vernos, pero no había voz humana en todo el muelle. Solo el rumor constante de las olas y el silbido del viento a través de las ventanas rotas.
Jimena fue la primera en descubrir la pila de cuerpos. Eran tres pescadores, o lo que quedaba de ellos, con las ropas almidonadas por el salitre y la sangre vieja. Debían llevar semanas allí. Martí señaló el oeste con la cabeza y gruñó:
—Rápido. No me gusta cómo huele.
Yo asentí, los dos chicos temblaban entre la tensión y el frío. Santi se inclinó junto a las cajas, abriendo con la palanca la primera y dejando escapar un suspiro.
—¡Munición! Munición, coño. Si esto no es un milagro, no sé qué lo es.
Había cajas militares apiladas junto a bidones de gasolina medio llenos. La mayoría estaban oxidadas por fuera, pero al abrirlas encontramos balas recubiertas y granadas de mano. Aquel botín era suficiente para armar medio castillo durante semanas.
—Vamos, rápido, —urgió Jimena—. El aire está cambiando. Hay alguien más por aquí.
Había aprendido a fiarme de la intuición de la doctora. Empaquetamos balas y bidones en las mochilas, y emprendimos el regreso con el doble de cuidado.
No fue hasta la entrada del Passeig Marítim, junto a las ruinas del Palacio de Congresos, cuando todo cambió para peor. Dos disparos resonaron a lo lejos, seguidos de un grito. Martí se detuvo en seco. Frente a nosotros, pequeñas figuras se recortaban sobre el asfalto rajado.
—¡Ah, mierda! Paramilitares. No zombis.
Eran seis, armados con fusiles y machetes. Se movían de cubierto en cubierto, con sigilo, robados de mil patrullas. Sus rostros estaban cubiertos con pañuelos sucios. Uno llevaba un walkie, otro una cuerda gruesa.
“¡Manos arriba! Dejad todo en el suelo, hijos de puta, y tal vez os dejamos iros”, gritó el líder.
Santi miró a Jimena, pero ninguno movió un músculo. Las seguridades de nuestras armas repiquetearon como campanas.
Era un choque inevitable, una danza que Palma había visto repetir tantas veces. Dos segundos de duda, y el plomo cortó el aire. Martí y yo disparamos juntos, Santi gritó y avanzó, cuchillo en alto. Adán recibió un disparo en la pierna y cayó, sangrando entre las balas. Jimena arrastró a Margalida tras unas columnas caídas y cubrió nuestra retirada con ráfagas cortas.
No sé exactamente cuánto duró el tiroteo. El eco rebotó entre las paredes fragmentadas del mar y el acantilado. Cuando el humo se disipó, conté a dos paramilitares en el suelo, y a Santi, herido de muerte, susurrando algo incomprensible para sus adentros.
Recuperamos lo que pudimos: balas, las mochilas, y a Adán, medio inconsciente. Dejamos atrás el botín que no podíamos cargar y a los muertos que no podíamos enterrar. Palma, pensaba yo mientras subíamos la colina otra vez, nunca concede más vida de la que exige como pago.
En Bellver, la llegada fue un desfile de fantasmas. Cada herida, cada pérdida, pesaba más que el frío que apretaba los huesos. La noticia del convoy de Sóller nos recibió antes que nuestras propias sombras: sí, la ruta se había abierto, pero no por mucho tiempo. Los supervivientes se amontonaban en la puerta, algunos para ayudar, otros para huir con risas ahogadas y miedo en los ojos.
La doctora Jimena cosió a Adán bajo el calor de un brasero portátil, tarareando una canción infantil de su país. Martí arrastró los bidones de gasolina hasta el almacén y se sentó un momento en el suelo, mirando a la nada.
—¿Qué sigue? —pregunté, sin reconocer mi propia voz.
—Prepararse, —contestó. Él siempre respondía igual—. Esto nunca termina.
Esa noche, antes de dormir, subí a lo alto de la torre. Palma se extendía oscura y rota, pero aquí y allá, pequeños destellos de fuego —hogueras de otros supervivientes o tal vez señales de otros grupos— punteaban el horizonte. El mar, imperturbable, lamía bancos de arena y esqueletos de barcos.
Pensé en el futuro. La cronología de Palma era la de todo el mundo: ascensos, caídas, reconstrucción a golpes. La epidemia había desgarrado lo que era, pero no había logrado borrar del todo la memoria de los que quedábamos. Ahora podíamos comerciar, armar nuestras propias milicias, e incluso hablar, en voz baja, de plantar viñas en las colinas y abrir escuelas para los niños que por primera vez jugaban en el patio sin mirar cada dos minutos por encima del hombro.
Estaba lejos de la utopía. Palma era un mosaico de cicatrices y esperanzas rotas, donde la muerte nunca estaba a más de unas cuadras de distancia. Pero también era el lugar donde, por primera vez en años, se empezaban a escuchar historias de infancia y no solo de supervivencia.
Esa noche, en la torre alta del castillo, mientras el viento me azotaba la cara y la luz lejana de un nuevo fuego brillaba junto a la Seu, entendí: sobrevivir no era aguantar el envite, sino tejer poco a poco, entre cenizas y ruinas, algo que pudiera, algún día, llamarse vida.
A lo lejos, en algún lugar del puerto, una bengala roja cruzó el cielo nocturno. Era una señal de socorro, o tal vez una invitación, una promesa. Somos ceniza, pensé. Pero seguimos ardiendo.
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