Fragmento:
Nos quedaban, al menos en mi grupo, unos veinte supervivientes. Resistíamos a caballo entre la desesperanza y la rutina: turnos de guardia, búsqueda de víveres en tiendas saqueadas, repetidos inventarios de balas y botiquines, y ese ensordecedor silencio matizado solo por los quejidos lejanos de muertos congelados al otro lado de Pennsylvania Avenue.
Duración: 12:55
13 de diciembre de 2020
Las baldosas de mármol del vestíbulo parecían aún más frías bajo la luz azul de una linterna militar. Fuera, la furia del invierno se había desatado la noche anterior: copos grandes y densos cubrían la ciudad, tapizando incluso los cuerpos apilados en los carros blindados varados frente al obelisco del Monumento a Washington. Era la segunda gran nevada desde la caída. Sabíamos que el frío entorpecía a los zombis, aliviando, aunque solo fuera por unas semanas, la presión implacable de los muertos en torno a los últimos refugios de supervivientes.
Washington D.C. ya no era el centro del mundo libre. El Capitolio humeaba a lo lejos, su cúpula negra contra el cielo gris, y la Casa Blanca –mi refugio, nuestro sarcófago– se alzaba rodeada de barricadas improvisadas y sacos de arena empapados de sangre. Los jardines helados brillaban bajo la luna. Una bandera medio arrancada colgaba de uno de los balcones presidenciales. Todo ello servía como recordatorio cruel del peso de la historia perdida: los discursos, las promesas, las tradiciones ahora sepultadas bajo la nieve y la carne pútrida.
Nos quedaban, al menos en mi grupo, unos veinte supervivientes. Resistíamos a caballo entre la desesperanza y la rutina: turnos de guardia, búsqueda de víveres en tiendas saqueadas, repetidos inventarios de balas y botiquines, y ese ensordecedor silencio matizado solo por los quejidos lejanos de muertos congelados al otro lado de Pennsylvania Avenue.
Fue Ruth quien me despertó esa mañana, sacudiéndome el hombro, con su voz agrietada por la sequedad y las noches en vela. “Sam, salieron dos por la ventana Oeste hace una hora. No han vuelto. ¿Quieres que vaya a buscarlos?”
Había aprendido a no contestar con prisa. Cada decisión pesaba como un pecado, y los errores solían ser fatales. “Deja que pase otra media hora. Si no regresan, saldremos juntos.”
Mientras ella asentía y se deslizaba por el pasillo, me quedé mirando mi propio reflejo distorsionado en un trozo astillado de espejo: la barba descuidada, los ojos hundidos y esa cicatriz negra en la mejilla, recuerdo de un tropiezo con un vallado hace casi un mes. Todo el peso del agotamiento condensado en la piel.
***
La Sala de Situación, tres pisos bajo tierra, había sido nuestro centro de mando desde el día en que, a principios de septiembre, los infectados lograron irrumpir en el Ala Norte y forzar nuestra retirada. Entre paneles de acero y mapas gastados, bajo la luz artificial de generadores que vagaban entre la vida y la muerte, trazábamos planes cada vez menos ambiciosos: entrar a buscar medicinas en Georgetown, hacer excursiones relámpago al hospital St. Patrick, escarbar en las depauperadas despensas de los hoteles cerca de Dupont Circle.
Allí encontré a Maya aquella mañana, acurrucada junto a una radio militar, intentando captar algún murmullo, alguna señal. Su rostro –apenas mayor de veinte años, con las ojeras marcándole el rostro como pintura tribal– mantenía la determinación incluso frente a la desesperanza. Al verme, sonrió sólo un poco.
“Silencio en todas las frecuencias. Desde el domingo no escucho ni transmisiones automáticas. Todo se ha detenido.”
Me senté a su lado. “Ellos también sienten el frío. Quizás se han replegado.”
“Nadie transmite. Ya no quedan militares cerca, supongo. Ni en Arlington ni en Bethesda. Nuestro círculo se cierra más cada día, Sam.”
Maya siempre iba directa al grano. Nadie más llevaba la cuenta exacta de las bajas, ni de las latas de comida, ni de los muertos innombrados que cada semana nos robaba la noche. Había aprendido, desde los primeros días del brote, que la compasión y la lucidez sumaban una combinación imposible.
Dudé antes de mencionar lo de Clint y Donna, los dos que habían salido por la ventana Oeste. “No han vuelto. Si no regresan pronto, saldremos a buscarles. El perímetro está… menos activo con el frío.”
Ella apretó los labios. Nadie quería decirlo en voz alta: a estas alturas, una salida nocturna era un juego de probabilidades, y éstas nunca estaban de nuestro lado. Pero la necesidad –medicinas que se nos acababan, velas, una radio de repuesto– solía pesar más que el miedo.
***
En la cocina –un brillo de humanidad en medio del desastre– Ruth y dos más calentaban un poco de arroz y una lata de judías sobre un hornillo de camping. El olor era mínimo, pero incluso así nos dábamos el lujo de provocar ese breve calor, riesgo incluido. Me acerqué a la ventana rota, tiritando al contacto del aire helado, y observé el jardín Sur: las huellas frescas de los nuestros y, más allá, los cuerpos congelados apelotonados contra la verja de hierro negro. Los zombis, en su letargo invernal, aparecían como esculturas grotescas, sus rostros atrapados en gestos de hambre y horror. Toda una galería oscura bañada en la luz azulada de la mañana.
La nieve amortiguaba el sonido pero hacía las pisadas especialmente peligrosas. Era el aliado y el enemigo. Ningún movimiento. Eso no tranquilizaba: había aprendido a temer, sobre todo, los silencios.
“¿Sam?” Ruth susurró a mi lado. “No quiero que nadie salga solo. ¿Cuándo vamos?”
Miré el reloj que llevaba desde antes del desastre. Una hora desde que Clint y Donna se marcharon. Asentí.
“Vamos ya. Maya, te quedas a cargo. Ruth, quiero a Mike y a Jared.”
Nos armamos rápido: doble capa de ropa, las bufandas sucias apretadas contra el rostro, guantes sin dedos, cada uno con un machete y la tradición del 9 mm en la cintura. Salimos envueltos en la humareda de nuestros propios alientos.
***
El exterior era una postal congelada del infierno. Los ventanales rotos de la Casa Blanca astillaban la luz matinal, y, al pisar, los cristales crujían bajo las botas. Avanzamos encorvados por la colina trasera, hacia los antiguos jardines ya irreconocibles: bancos hechos añicos, estatuas devoradas por la herrumbre y la sangre.
El último contacto con Clint y Donna fue un destello de linterna, según Ruth. Nos dividimos, manteniendo contacto visual. Me escabullí entre los pinos, con la mano en la culata. A lo lejos, una bandada de cuervos se alzaba desde los coches cubiertos.
Las huellas estaban claras: dos siluetas, paso rápido y después… el caos de más pisadas. Por instinto, aceleramos.
El primer cuerpo lo encontramos junto al quiosco. Donna. Cara abajo, un rastro largo de sangre de la boca al hombro, la nieve teñida. Al volcarla, comprobamos que la herida era reciente. Demasiado reciente. Sus ojos fijos, helados, aún abiertos. Ni rastro de Clint.
Ruth soltó un improperio, Mike se persignó a regañadientes. No había tiempo para lamentos: dos zombis –casi en letargo– avanzaban pesadamente a diez metros. Fuimos rápidos, sin dudar, y el machete de Ruth cayó con precisión quirúrgica sobre el cráneo del primero. El segundo, más joven, se resistió más. El olor era casi peor que la amenaza real.
Nada de Clint.
Seguimos el rastro. Huellas desordenadas, una zona de lucha y, más allá, marcas en la nieve que llevaban hasta la verja. El corazón de todos se apretó. Si había logrado cruzar, quizás estaba atrapado fuera. O peor, podría haber caído y renacido como uno de esos monstruos, vagando entre el hielo.
No quedaba tiempo. Tomamos lo imprescindible de Donna –munición, la radio, su cuchillo– y nos replegamos deprisa. Un tercer zombi había surgido en el sendero, apenas moviéndose. Su piel era casi translúcida por el frío. Bastó un golpe, pero me temblaron las manos después. No por miedo, sino porque sentí, por un instante, compasión por algo que una vez fue humano. ¿Cuándo empezamos a perder la cuenta de nuestra propia humanidad?
***
De regreso, el aire era aún más mordiente. La Casa Blanca se dibujaba más siniestra que nunca contra el horizonte, con los andamios oxidados sobresaliendo como esqueletos. Dentro, Maya se nos acercó corriendo, con un brillo inusual en los ojos.
“¡Recibí algo! Una transmisión. Apenas palabras. Parecía ruso… y luego inglés. Dicen que buscan supervivientes en las embajadas. Hay alguien allí. Dicen que han limpiado varias manzanas. Que tienen víveres.”
No sabíamos si creerlo. Lo último que necesitábamos era una emboscada, pero la esperanza –¿cuánto hacía que ese sentimiento se nos había vuelto ajeno?– tensó el aire. Ruth sonrió por primera vez en semanas. Mike empezó a murmurar un plan para cruzar hacia Embassy Row.
Esa noche fue la más larga. Jadeamos en los pasillos oscuros, perfeccionamos barricadas, doblamos ropa, preparamos mochilas de emergencia y escribimos mentalmente cartas sin destinatario, por si llegaba la hora final. Escuchamos la transmisión repetirse, intercalada por ruido blanco, como una promesa y una trampa al mismo tiempo.
La madrugada llegó con otro frente de aire helado. Sentados alrededor del hornillo, compartimos media lata de tomate y media botella de bourbon entre seis. Nadie dormía; nadie podía.
Ruth finalmente lo dijo. “Creo que deberíamos intentarlo. Morir aquí es seguro. Morir allá… tal vez no lo sea. Aunque sea una trampa, podríamos al menos comprobarlo.”
“Si no volvemos, que los demás no salgan. Quiero que lo juren antes de irnos.” Maya asintió.
Era el tipo de pacto al que uno acaba acostumbrándose en el fin del mundo: la esperanza siempre pesa menos que la certeza de la muerte, pero no actuarla es la condena más cruel. Todo era elegir el modo en que enfrentábamos el último acto.
***
Seleccionamos a cuatro: Ruth, Mike, Maya y yo. Quizás los más jóvenes y los menos tocados por la gripe y el cansancio. Tomamos nuestras mejores armas y, justo antes de amanecer, salimos sigilosos bajo otro manto de nieve.
El trayecto fue una odisea breve y terrorífica. Los ruidos del hielo al quebrarse bajo los pies parecían balas rebotando entre los edificios abandonados. Cruzamos la Avenida Pennsylvania, sorteando autos volcados y un autobús en llamas cuya hoguera era reciente. Descubrimos, a mitad de camino, que varios zombis yacían pegados a una pared; por el modo en que las balas les habían destrozado las cabezas, sabíamos que alguien más, armado y consciente, patrullaba la zona.
A la altura de la Embajada Rusa, dos señales luminosas se dispararon hacia el cielo. Un patrón. Ruth lo reconoció de sus días como guardia reservista: "amistoso, pero alerta". Nos detuvimos, ocultos tras un camión de reparto.
Y entonces lo oímos: risas humanas, un atisbo de música distorsionada, el aroma claro de pan tostado. Por un segundo, creímos estar soñando.
Emergimos con las manos abiertas, mostrando los rostros, la radio en alto. Nos encañonaron de inmediato, pero tras comprobar quiénes éramos y de dónde veníamos, los soldados nos dejaron pasar. No rusos, en realidad: un grupo mixto, antiguos infantes de marina, unos pocos canadienses, un par de hombres de respuesta médica y dos mujeres afroamericanas con uniformes de hospital. Nos abrazamos. Lloramos y reímos a la vez.
Estaban instalados en la planta baja de la Embajada Británica. Tenían alimentos, una pequeña antena parabólica y baterías solares. Habían salvado a más de veinte personas en las últimas semanas y estaban planeando una evacuación hacia el sur, hacia Richmond, donde, según decían, quedaban grupos organizados y campos de cultivo ya inmunes a las hordas invernales. Allí, existía la esperanza de algo más que sobrevivir.
Esa noche dormimos juntos, apiñados frente a una estufa improvisada. Algunos rezaron, otros callaron, y yo, por primera vez en mucho tiempo, recordé la voz de mi hermana, perdida en Seattle, que había dejado de llamar hace ya un año. “Si sobrevives, no dejes de buscar un porqué”.
Tal vez Washington era ya solo un mausoleo, pero para nosotros, en esa helada madrugada de diciembre, se iluminó una chispa. No la certeza de la victoria, sino la oportunidad de seguir resistiendo. La humanidad, en ruinas, seguía respirando, aunque fuera con heridas profundas, y, mientras el invierno mantenía a raya a la horda allí afuera, en los pequeños gestos, revivía un pedazo de aquel viejo mundo.
Quizás el último eco de la Casa Blanca siguiera resonando por un tiempo más –no en las paredes ni en los símbolos, sino en el latido terco de los que nos negábamos a morir.
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