28 de septiembre de 2020.
La mañana en Washington D.C. amaneció plomiza, húmeda y cargada de presagios grises. El aire, a finales de septiembre, solía oler a hojas caídas y a la promesa distante del otoño, pero ese año, lo único que impregnaba el ambiente era la ceniza, el miedo y la podredumbre persistente de la muerte. A lo lejos, las sirenas, alguna vez tan familiares, ahora lanzaban lamentos esporádicos, apenas recordatorios de una civilidad que se escurría como agua entre las manos de la humanidad.
Todo cambió tan rápido. Quizá demasiado. Desde la primera vez que el mundo vio cuerpos tambaleantes por la Quinta Avenida de Nueva York y los informativos mostraban médicos atacados en Madrid, la realidad dejó de sentirse férrea. Pero era aquí, en D.C., donde la gente aún se obstinaba en creer que el orden –ese antiguo dios americano– podría resistir a la ruina global. Al menos hasta aquella noche. Aquella noche en la que todo colapsó.
Ahora, casi nadie podía decir con certeza dónde estaba el poder. La CNN, entrecortada por interferencias, solo había transmitido pánico y fragmentos de discursos antes de que la pantalla quedara en negro. Se rumoraba que el presidente seguía refugiado en el búnker, la mayoría suponía que el propio presidente ya no era más que un eco, un nombre, o quizás, algo mucho peor que un recuerdo. Lo mismo decían de los líderes militares y jefes de inteligencia; unos desaparecidos, otros directamente devorados en los pasillos del Pentágono. No quedaba nadie para llamar comandante en jefe.
Yo era Johnson, Agente Especial del Servicio Secreto, y ese amanecer traía una misión que desearía nunca haber recibido: “Evacuar a la Dra. Emilia Reyes del Hospital George Washington y conducirla a la Casa Blanca.” Eso aún decía nuestra cadena de órdenes, encriptada y transmitida por radio militar. Nos quedábamos con la sombra de una autoridad, moviéndonos entre escombros y cascarones de vehículos blindados que ya no respondían a nadie.
Washington, incluso cuando el mundo está en ruinas, es distinta. Los monumentos que alguna vez significaron esperanza ahora se veían como ruinas de una era perdida. El Lincoln Memorial era una trinchera improvisada, la mano del mármol cubriéndose el rostro no por la eternidad sino por la vergüenza de un fracaso.
La Dra. Reyes estaba donde decían: la última planta del hospital, un reducto entre barricadas de camillas y cortinas ensangrentadas. Era bajita, de pelo negro recogido y unos ojos enormes tras las gafas empañadas. Cuando crucé la puerta, me apuntó con una silla, temblorosa y determinada. A mi espalda, dos médicos y un guardia. Todos apretaban cualquier cosa que sirviera como arma.
"Servicio Secreto. Dra. Reyes, venimos a evacuarla. Traemos vehículo afuera," dije, mostrando mi placa. Ella vaciló. Miró a los sobrevivientes que la rodeaban, luego a mis dos compañeros y finalmente a mí. Se enderezó.
“Lo que hago aquí es importante. Tengo muestras. Estoy cerca de comprender la mutación, quizás incluso una cura”, musitó, secándose el sudor con la manga.
“El presidente nos lo ordenó. Necesita su investigación. O lo que quede del presidente”, respondí con voz grave, tratando de ocultar mi propia incertidumbre.
El trayecto al vehículo fue atravesar un campo minado. Por los pasillos apagados, el hedor era casi palpable, mezclando sangre, desinfectante y algo más, una acidez animal. De las habitaciones abiertas salían sonidos deshumanizados. Golpes, gruñidos bajos. Varias veces tuvimos que frenar, dudar, cubrirnos tras carritos de suministros mientras los infectados, ya completamente fuera de sí, se arrojaban al galope ciego contra las puertas, abriéndose la carne y explotando la madera. Solo recuerdo la mirilla del arma en mi mano, mis propios reflejos entrenados en años de prácticas, y la voz interior: “No, no son personas. No son.” Pero siempre lo seguían siendo. Tenían la ropa de pacientes, las manos de una enfermera, las maneras rotas de algún civil caído en la locura.
Al final, llegamos a la ambulancia militar, una mole verde-oliva embadurnada de barro, con el símbolo de la bandera ya desvaído. Monté a la doctora con los otros dos sobrevivientes restantes —ninguno era de mi grupo, los que vinieron conmigo ya no estaban.
El viaje a la Casa Blanca fue un descenso al infierno sobre ruedas. Las calles, antes motivo de orgullo para cualquier estadounidense, estaban sembradas de automóviles cruzados, barricadas improvisadas, cadáveres —algunos aún moviéndose, otros hinchados por el calor y la podredumbre— y fogatas de humo grasiento y espeso. Por la Avenida Pennsylvania todo era silencio después del caos, como si la ciudad entera esperase el veredicto del apocalipsis.
El agente Brown, mi conductor, iba tenso. Sus nudillos eran blancos, los ojos fijos adelante. De vez en cuando murmuraba oraciones a su hija, a su dios, a cualquiera que pudiera responderle. Yo recordaba a mi propia familia refugiada en Richmond... si aún seguían vivos. A veces pienso que envidio a los que se volvieron infectados; su mundo se limitó a un hambre insaciable, mientras nosotros cargábamos el peso del remordimiento y la memoria.
Al aproximarnos a la puerta norte, varias sombras se movieron en la maleza. No eran zombis esta vez. Eran bandoleros. Ex-militares, viejos policías, ciudadanos convertidos en depredadores. En D.C. el peligro era doble: si no eras devorado, podías ser despiezado.
“¡No disparen! ¡Somos el Servicio Secreto!” grité, desenfundando el arma. Unos segundos de tensión. Después, una ráfaga corta. Brown cayó. Lo vi abrir la boca, imponer silencio y desvanecerse antes de que pudiera alcanzarlo. Apreté el gatillo dos veces. Los bandidos retrocedieron; uno vociferó insultos, pero pronto huyeron ante la llegada de los infectados por el estruendo de las balas.
Arrastré a la doctora y a los otros hacia la verja. El último obstáculo —los cadáveres colgaban allí, como advertencias macabras, y la sangre aún fresca caía en goterones lentos sobre los adoquines. Los cadáveres, algunos enganchados por alambre de púas colocado por la Guardia Nacional, daban la impresión de que incluso la muerte luchaba por dejar su marca en el territorio del poder.
Dentro de la Casa Blanca, las cosas eran diferentes. Todavía quedaba luz —generadores de biodiésel, sistemas redundantes que sostenían un último y frágil oasis tecnológico en medio de la catástrofe. Solo quedaban unas docenas de personas. La mayoría soldados, algunos científicos, otros políticos irreconocibles, sus corbatas desgarradas y las camisas ensangrentadas.
Me condujeron hasta el búnker subterráneo. Allí, según supe después, estuvo el presidente el día anterior. Ahora había una grabación, un mensaje grabado en video: “Si están viendo esto, significa que el gobierno constitucional de los Estados Unidos ha llegado a su fin operacional. Sigan luchando. No permitan que la nación muera, ni siquiera en ruinas.” Después de eso, solo estática.
La doctora Reyes fue llevada a una sala de laboratorio improvisada, custodiada por dos marines con ojos de niño y manos temblorosas. Sus muestras —bolsas selladas con secreciones, imprimaciones, jeringas etiquetadas— se convirtieron en el nuevo Santo Grial. Estaba sola con su deber: estudiar la mutación genética, dilucidar las causas de la agresividad, hallar cómo frenar lo que ya era más que una pandemia. Yo permanecí a su lado, mi misión renovada: proteger lo último de cordura en ese bastión asediado.
Afuera, los rumores crecían. Un operativo de rescate intentaba llegar desde Virginia con víveres. Una columna de refugiados avanzaba desde Baltimore, trayendo consigo hordas de infectados que los seguían como perros salvajes. El Capitolio había caído dos noches antes; la policía del Congreso había luchado hasta el final, pero la multitud, compuesta de infectados y desesperados, rompió todas las líneas de defensa. El Mall Nacional era una extensión de caos, un campo de batalla entre facciones que buscaban fortuna entre la desolación y los no-muertos.
La radio solo emitía instrucciones simples: “No intenten cruzar el río bajo ninguna circunstancia. Refuercen barricadas exteriores. Eliminad cualquier individuo sospechoso. Mantengan la fe.” La fe, en ese contexto, era una palabra gastada. Lo único que mantenía unida la Casa Blanca era la inercia, la costumbre de obedecer protocolos convertidos en rituales.
Durante días, la doctora Reyes trabajó. Yo patrullé, cubrí turnos en las ventanas blindadas, ayudé a los ingenieros a revisar los generadores, combatí la esperanza con cinismo y el agotamiento con café rancio. Desde una de las azoteas, veía las columnas humeantes de la ciudad, el reflejo de incendios en el Potomac, y las filas de figuras tambaleantes cruzando la Explanada Nacional, como si marcharan a un desfile sin sentido, guiadas solo por el hambre.
Un amanecer, mientras las primeras luces iluminaban las agujas del Washington Monumento, escuché pasos cerca del ala oeste. Eran dos soldados, arrastrando a una niña pequeña, la ropa desgarrada y la mirada perdida. “Estaba sola en el jardín sur. Dijeron que su madre fue mordida”, susurró uno. La niña no lloraba. Solo se apretaba un peluche mugriento, un oso con la oreja arrancada, y su mirada era la de alguien que ya había visto más de lo que un ser humano puede tolerar.
La doctora Reyes la vio entrar y se acercó, doblándose hasta su altura. “¿Te duele algo? ¿Puedo ayudarte?”, le preguntó. La niña negó con la cabeza. Yo desvié la mirada, porque únicamente podía ver a mi propia hija, que quizás habría hecho lo mismo si hubiese estado aquí.
Por la radio, otra vez mensajes desvencijados: “Moscu… Pekín… se desconoce… ataque interno… repito… líderes desaparecidos…” El mundo se comprimía en una pinza de horror, y en su centro, la Casa Blanca era un fortín rodeado por la tempestad.
La noche siguiente empezó el verdadero asedio. Alguien —quizás los mismos bandidos— atrajo a una horda hacia la verja norte, haciendo sonar alarmas pregrabadas con megáfonos desde el otro lado. Decenas, quizás cientos, de infectados, se dieron cita. Golpearon la verja, treparon unos sobre otros, caían y se levantaban entre gritos y rugidos. El estrépito fue acompañado del tableteo frenético de las ametralladoras .50 sobre las garitas. Yo disparé hasta que la culata me dolió el hombro, viendo caer monstruos cuyas caras, a veces, parecían conocidas.
Amaneció con la hierba manchada de rojo y negro. Los cuerpos se amontonaban entre los setos. El aire hedía a pólvora quemada y carne podrida. En las horas siguientes, todos nos movimos como autómatas: revisando los daños, limpiando armas, reforzando puertas, mirando de reojo a los supervivientes.
Las siguientes jornadas fueron una sucesión de repeticiones angustiosas. Seis veces asaltaron los muros, incluso más veces los grupos humanos intentaron engañarnos, mezclados entre los muertos para entrar al recinto y saquear la última reserva del orden. La doctora Reyes trabajaba sin descanso; yo me volví su sombra.
Hacia finales de septiembre, la doctora hizo avances. Anunció al consejo de los “últimos oficiales” que creía haber encontrado, al menos, una manera de ralentizar el proceso en las víctimas mordidas, si se aplicaba rápido. Era solo una promesa, frágil, pero era más de lo que teníamos. Esa noche hubo un silencio reverencial en el búnker; unos rezaron, otros brindaron con las últimas gotas de whisky confiscado del despacho oval.
No teníamos certezas, ni siquiera una autoridad que realmente mandara. Pero, entre las ruinas derruidas de la capital, con la sangre oxidándose en los muros y las esperanzas en tinieblas, sobrevivíamos. La Casa Blanca dejó de ser la “casa del pueblo”; ahora era solo el último refugio de quienes, a pesar de todo, se obstinaban en no rendirse. Yo vi a la doctora Reyes dormirse de agotamiento sobre su microscopio; vi a soldados despertar de pesadillas, empapados de sudor y lágrimas; vi a la niña con su oso mirar por la ventana, esperando –quizá– un mundo mejor al otro lado del infierno.
En las noches, al recorrer los pasillos donde antes se tejían las decisiones de un imperio, ahora solo quedaban ecos. Ecos de lo que fuimos. Sombras desplazándose sobre alfombras inmaculadas, fantasmas de un poder que ya no significaba nada. Pero en ese vacío, entre la muerte y el miedo, un puñado de sobrevivientes seguía luchando por el derecho a imaginar un futuro. Aunque fuera, por ahora, solo un sueño entre las ruinas.
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